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Leé las primeras páginas de «Noches blancas», de Fiódor Dostoyevski

Por Fiódor Dostoyevski / Viernes 14 de setiembre de 2018
Ilustración de Nicolai Troshinsky

Compartimos las primeras páginas de «Noches blancas», una obra de Fiódor Dostoyevski, publicada originariamente en 1848 y presentada en una edición de Nórdica Libros, con ilustraciones de Nicolai Troshinsky.

Fiódor Dostoyevski nació en Moscú, en 1821 y murió en San Petersburgo, en 1881. Novelista ruso. Educado por su padre, un médico de carácter despótico y brutal, encontró protección y cariño en su madre, que murió prematuramente. Al quedar viudo, el padre se entregó al alcohol, y envió finalmente a su hijo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo, lo que no impidió que el joven Dostoyevski se apasionara por la literatura y empezara a desarrollar sus cualidades de escritor. En 1849 fue condenado a muerte por su colaboración con determinados grupos liberales y revolucionarios. Tras un largo tiempo en Tver, recibió autorización para regresar a San Petersburgo, donde no encontró a ninguno de sus antiguos amigos, ni eco alguno de su fama. Su obra, aunque escrita en el siglo XIX, refleja también al hombre y la sociedad contemporánea.


PRIMERA NOCHE

 

 

Era una noche maravillosa, una noche de esas que puede que solo se den cuando somos jóvenes, querido lector. El cielo estaba tan estrellado, estaba tan claro que, al mirarlo, involuntariamente uno tenía que preguntarse: ¿Será posible que bajo este cielo pueda vivir gente con todo tipo de caprichos y enfados? Esta es también una pregunta de jóvenes, querido lector, de muy jóvenes aunque, ¡ojalá el Señor la enviara más a vuestra alma! Hablando de señores caprichosos y con todo tipo de enfados, no puedo por menos que recordar mi comportamiento ejemplar de ese día. Ya por la mañana temprano me había empezado a atormentar una extraña congoja. De repente, me pareció que todos me abandonaban, a mí, que soy un solitario, y que todos me daban la espalda. Aquí, claro, cualquiera tendría derecho a preguntar: ¿Quiénes son todos? Porque llevo ocho años viviendo en San Petersburgo y no he sabido entablar ni una sola amistad. Pero ¿para qué quiero yo esa amistad? Aun sin ella, me conozco todo Petersburgo. Y por eso me pareció que todos me abandonaban cuando la ciudad entera se ponía en pie para, acto seguido, irse a la dacha. Me dio miedo quedarme solo, y tres días enteros anduve vagando apesadumbrado por la ciudad sin lograr entender qué me ocurría. Ya fuera a Nevski, ya fuera a un jardín, o incluso si paseaba por la orilla, no había ni una sola persona de las que acostumbraba a ver el resto del año en esos mismos lugares a una hora determinada. Por supuesto, ellos a mí no me conocen, pero yo a ellos sí. Y, además, bien: casi me he aprendido su fisonomía, me deleito cuando están alegres y me aflijo cuando su ánimo se nubla. Casi he trabado amistad con un viejecito al que me encuentro en Fontanka todos los días a la misma hora. Su fisonomía es tan majestuosa, tan soñadora… Siempre va murmurando y moviendo la mano izquierda, en la derecha lleva un bastón largo y nudoso de puño dorado. Él ha reparado en mí y muestra sincero interés. Si se diera el caso de que yo no estuviera a la hora acostumbrada en Fontanka, estoy seguro de que sentiría añoranza. Y es que a veces nos falta poco para saludarnos, sobre todo cuando los dos estamos de buen humor. Hace poco, después de dos días sin habernos visto, al encontrarnos el tercero ya íbamos a llevarnos la mano al sombrero, pero afortunadamente recapacitamos a tiempo, bajamos la mano y, con simpatía, pasamos el uno junto al otro. También las casas me son conocidas. Cuando camino, todas parecen correr por la calle delante de mí, todas sus ventanas me miran y casi me hablan: «Muy buenas, ¿qué tal está? Yo bien, gracias a Dios, pero en el mes de mayo me añadirán un piso». O: «¿Qué tal está? Resulta que mañana vienen a hacerme unos arreglos». O: «Por poco no salgo ardiendo, me asusté». Entre ellas tengo favoritas, amigas íntimas; una tiene intención de que este verano le trate un arquitecto. Pasaré a propósito todos los días para que no la curen de cualquier forma, ¡protégela, Señor! Y nunca olvidaré la historia de una casita muy linda, color rosa claro. Era una casa de piedra muy bonita, me miraba tan afablemente, miraba a sus torpes vecinas con tanto orgullo que mi corazón se alegraba cuando tenía ocasión de pasar junto a ella. Y, de repente, la semana pasada voy paseando por la calle y fue mirar a mi amiga y oír un grito lastimero: «¡Van a pintarme de amarillo!». ¡Canallas! ¡Bárbaros! No se apiadaron de nada, ni de las columnas ni de las cornisas, y mi amiga amarilleció como un canario. Por poco no se me altera la bilis por este incidente y hasta hoy no he sido capaz de visitar mi desfigurada casita, a la que cubrieron con el color del Imperio del dragón.

Y ahora, lector, comprende de qué manera me conozco todo San Petersburgo.

Ya he dicho que estuve tres días atormentado por la inquietud mientras no adiviné su causa. En la calle me sentía mal —este no está, ese tampoco, ¿dónde se habrá metido el otro?—, pero en casa tampoco era yo. Dos noches estuve buscando respuestas —¿qué es lo que falta en mi rincón? ¿Por qué me molesta quedarme aquí?— y observaba perplejo las paredes verdes, enhollinadas, el techo repleto de telarañas que Matriona criaba con gran acierto, revisaba una y otra vez todos mis muebles, examinaba cada silla: ¿no estaría aquí mi desgracia? —y es que basta con que una silla no esté como debiera, como ayer, para que yo ya no sea yo—, miraba por la ventana, y todo en vano… ¡No me sentía ni una pizca mejor! Incluso se me ocurrió llamar a Matriona y, como si fuera un padre, echarle una bronca por las telarañas y por el desaliño en general. Pero ella solo me miró sorprendida y se marchó sin haber dicho ni palabra, así que las telarañas siguen hoy felizmente colgadas. Por fin esta mañana adiviné lo que ocurría. ¡Oh! Pero… ¡si se libran de mí para ir a la dacha! Discúlpeme por esta frase trivial, pero no estaba yo para estilos elevados…, y es que todo lo que podía existir en Petersburgo o se había trasladado a la dacha o iba de camino. Porque todo señor respetable de apariencia seria que hubiera contratado un cochero al momento se transformaba, para mí, en un respetable padre de familia que, después de sus obligaciones habituales, se encamina ligero a las entrañas de su familia, a la dacha. Porque cada transeúnte tenía ahora un aspecto completamente especial que por poco no decía a todo aquel que se encontraba: «Señores, nosotros estamos aquí de paso, dentro de dos días nos vamos a la dacha». Si se abría una ventana en la que primero tamborileaban unos dedos finos, blancos como el azúcar, y luego se asomaba la cabecita de una linda muchacha que llamaba al vendedor ambulante de tiestos y flores, enseguida me figuraba que esas flores se habían comprado porque sí, es decir, que no eran en absoluto para disfrutar de la primavera y de las flores en un piso sofocante de la ciudad, sino que muy pronto todos se irían a la dacha y se llevarían las flores. Es más, ya había hecho tales progresos en este género nuevo, especial, de descubrimientos que podía indicar a simple vista y sin equivocarme quién vivía en qué dacha. Los habitantes de las islas Kámenny y Aptékarsky y los del camino de Petergof se distinguían por su estudiada finura en las maneras, por su elegante ropa de verano y por los coches espléndidos en los que llegaban a la ciudad. Los vecinos de Párgolovo y más allá «inspiraban» desde el primer momento con su cordura y seriedad; el habitual de la isla Krestovski se distinguía por su aspecto impasiblemente alegre. Solía encontrarme una larga procesión de carreteros que marchaban perezosos, rienda en mano, junto a carros cargados de montañas de toda clase de muebles, mesas, sillas, camas turcas y no turcas y demás bártulos domésticos, y arriba del todo, en la cumbre del carro, se aposentaba a ratos una cocinera frágil, que guardaba los bienes de los señores como a las niñas de sus ojos. Veía barcas cargadas de pesadas vajillas y cacharros de cocina que se deslizaban por el Nevá o por Fontanka hasta el río Chórnaia o hasta las islas —carros y barcas se multiplicaban por diez, por cien ante mí; parecía que todo se ponía en pie y se marchaba: formando caravanas todo se trasladaba a la dacha; parecía que todo Petersburgo amenazara con regresar al desierto, así que al final me sentí avergonzado, agraviado y triste. Definitivamente yo no tenía sitio ni razones para ir a una dacha. Estaba dispuesto a partir en cada carro, a marcharme con cada señor de apariencia respetable que hubiera contratado un cochero, pero nadie, ni uno solo me invitó, como si se hubieran olvidado de mí, como si, en realidad, ¡yo fuera un extraño para ellos!

Había caminado largo y tendido, así que ya me había dado tiempo a olvidarme de donde estaba, tal como acostumbraba, cuando de pronto me vi en el control de entrada a la ciudad. Al momento me sentí alegre y crucé la barrera, anduve entre campos y praderas sembrados sin prestar atención al cansancio, pero percibiendo tanto todo mi organismo que cierto peso desapareció de mi alma. Los viajeros me miraban con tanta cordialidad que por poco no les saludaba resueltamente, todos estaban contentos, todos sin excepción fumaban cigarros. Yo también estaba contento como nunca lo había estado. De repente me pareció estar en Italia —con tanta fuerza me había golpeado la naturaleza, a mí, un ciudadano medio enfermo a punto de asfixiarse dentro de los muros de la ciudad.

Hay algo indeciblemente conmovedor en la naturaleza de nuestro Petersburgo cuando llega la primavera y, de pronto, muestra todo su poder, todas las fuerzas con las que le ha agraciado el cielo, se guarnece con vegetación, se emperejila, las flores se visten de tonalidades… De alguna manera me recuerda involuntariamente a esa muchacha marchita y delicada a la que a veces mira con pena, a veces con cierto amor compasivo, otras simplemente no repara en ella, pero que en un instante y como de improviso se vuelve indecible y maravillosamente bella, y usted, atónito, sin querer se pregunta: ¿Qué fuerza ha hecho brillar con tal luz esos ojos tristes, pensativos? ¿Qué hizo subir la sangre a esas mejillas pálidas, delgadas? ¿Qué bañó con pasión esos tiernos rasgos? ¿Por qué se hinchó ese pecho? ¿Qué despertó tan repentinamente la fuerza, la vida y la belleza en el rostro de la pobre muchacha e hizo que brillara con una sonrisa, que reviviera con una risa tan resplandeciente, chispeante? Mira a su alrededor, busca, intuye… Pero el instante pasa y quizá mañana mismo vea la misma mirada pensativa y distraída de antes, el mismo rostro pálido, la misma sumisión y timidez en los movimientos y puede que incluso arrepentimiento, incluso huellas de cierta melancolía opresiva y de enojo por la momentánea distracción… Y a usted le dará pena que esa belleza momentánea se haya marchitado tan rápida, tan irrevocablemente, que haya brillado frente a usted tan engañosa e inútilmente, le dará pena no haber tenido siquiera tiempo para quererla…

Con todo ¡mi noche fue mejor que el día! Esto es lo que ocurrió:

Regresé a la ciudad muy tarde, ya habían dado las diez cuando empezaba a acercarme a casa. El camino seguía la orilla del canal, donde no se ve ni un alma a esas horas. La verdad es que vivo en una zona bastante retirada de la ciudad. Caminaba y cantaba porque, cuando me siento feliz, es inevitable que tararee algo, igual que cualquier hombre feliz que no tiene ni amigos ni buenos conocidos y que en los momentos alegres no tiene con quien compartir su alegría. Y entonces me sucedió la aventura más inesperada.

Apartada, había una mujer apoyada en la barandilla del canal. Acodada en la reja, parecía observar con mucha atención el agua turbia del canal. Llevaba un encantador sombrero amarillo y una mantilla negra y coqueta. «Es joven, y seguro que morena», pensé yo. A lo que parece, ella no había oído mis pasos, ni siquiera se inmutó cuando pasé por su lado conteniendo la respiración y el corazón latiéndome con fuerza. «¡Qué extraño! —pensé—, debe de estar muy absorta en sus pensamientos», y entonces me quedé clavado. Me había parecido oír un sollozo ahogado. Así era, no me había equivocado: la joven estaba llorando y su pena aumentaba a cada momento. ¡Dios mío! Tenía el corazón en un puño. Y, por muy tímido que fuera con las mujeres, era una situación que… Retrocedí, caminé hacia ella y sin duda alguna hubiera dicho: «¡Señorita!», de no haber sabido que esta exclamación se había dicho ya miles de veces en todas las novelas rusas sobre la aristocracia. Fue lo único que me detuvo. Mientras yo andaba buscando una palabra, la joven salió de su ensimismamiento, giró la cabeza, me descubrió, bajó la vista y se escabulló de mí siguiendo la orilla. Habría salido tras ella, pero se dio cuenta y se apartó de la orilla, cruzó la calle y echó a andar por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. Mi corazón trepidaba igual que el de un pajarito atrapado. Y entonces un incidente vino en mi ayuda.

En el otro lado de la acera, cerca de mi desconocida, apareció de pronto un señor de frac, de edad sobria, pero no se puede decir que anduviera con sobriedad. Se tambaleaba a cada paso y caminaba apoyándose con cuidado en la pared. La muchacha caminaba como una flecha, presurosa y discretamente, como suelen andar las muchachas que no quieren que alguien se ofrezca a acompañarlas a casa por la noche y, por supuesto, el señor tambaleante nunca la habría alcanzado si mi destino no le hubiera aconsejado que recurriera a métodos artificiales. De pronto, sin decir ni una palabra, mi señor sale disparado con todas sus fuerzas, corre intentando dar alcance a mi desconocida. Ella camina como el viento, pero el señor oscilante se acerca, la alcanza, la muchacha grita y yo… yo bendigo al destino por el excelente palo nudoso que en ese momento apareció en mi mano derecha. Al momento estaba en la otra acera, al momento el señor no invitado comprendió qué ocurría, su imaginación encontró una razón irrefutable, guardó silencio, se apartó y solo cuando ya estábamos muy lejos me lanzó sus protestas en términos bastante enérgicos. Pero apenas nos llegaron sus palabras.

foto: http://www.troshinsky.com/

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