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Leé los dos primeros capítulos de «Los escarabajos», de Macarena Moraña (Argentina)

Por Macarena Moraña / Viernes 15 de junio de 2018

Una historia de iniciación adolescente con la que es imposible no identificarse. Una historia para empatizar, escrita por la argentina Macarena Moraña y publicada por la editorial Alto Pogo.

Macarena Moraña nació en Buenos Aires en 1977. Estudió teatro y guion. Coordina talleres de lectura y escritura. Es columnista literaria de Radio Sur, Radio Madre y forma parte del proyecto virtual Mundo Cronopio de literatura infantil. Sus cuentos se incluyen en la antología de la Editorial Nuevo Ser y del Centro de Estudios Poéticos del Ministerio de Cultura de España.
Ha obtenido varios reconocimientos por sus obras. Publicó el libro de relatos Indómitas para el proyecto Leer es Futuro del Ministerio de Cultura de la Nación. Los escarabajos es su primera novela.


 

 

 

1

Juan abre un ojo, el otro lo siente pegado. Le da miedo abrirlo y que se le salgan las pestañas, es un miedo que tiene desde siempre. Se toca la nariz, los mocos están unidos a los pelos, se saca algunos, le duele mucho, se saca más. Sigue por las lagañas; de chico les decía pisquitas y su abuela se lo festejaba, igual que cuando decía culeto en vez de culo o chaquetada en vez de cachetada. Ayer, como su tía Mirtha no estaba, tuvo que cambiar a su abuela. No iba a hacerlo, pensaba ignorarla como otras veces pero había mucho olor y la abuela no paraba con su Ay, Dios mío. Lo dijo tantas veces que consiguió que Juan dejara su guitarra, se levantara de la silla y fuera a buscar la palangana. Dejó correr el agua hasta que se entibió, caminó con la palangana volcando agua a cada paso, metió adentro una de las toallas amarillas y finitas y agarró un pañal. Recién después la buscó. Vamos, le dijo levantándola como a un bebé enorme. La cargó hasta el baño donde hizo que se agarrara de un banco que había adentro de la bañadera. Ella seguía repitiendo su queja. Juan le levantó la pollera que por suerte no había llegado a ensuciarse, le bajó la bombacha, después el pañal, y sin mirar le pasó la toalla húmeda por entre las piernas, de adelante hacia atrás. Lo hizo tres veces, con el peso de la abuela sobre su cuerpo, aspirando el olor a mierda que iba a sentir por el resto del día, escuchándola: Ay, Dios mío, Dios mío. Después le pidió que lo ayudara, ella se reincorporó un poco, se sostuvo la pollera y miró hacia arriba diciendo lo de siempre. De ser cierto que andaba por ahí, ese tal Dios era seguro que ya no la escuchaba. Dale, meté un pie y después el otro. Ella le dijo que esperara un poco, que no fuera bruto. Juan le subió el pañal mirando hacia el costado: una hormiga se metía por el ventiluz oxidado. Le subió la bombacha y le dijo Ya está. La abuela se bajó la pollera con movimientos lentos, se sentó en el banco de adentro de la bañadera e insistió con quedarse ahí. Él salió al patio con la toalla, el pañal y la palangana y en la rejilla tiró todo; Que lo junte Magoya, dijo en voz baja. En la pileta del fondo se enjuagó las manos, las manos con las que ahora, en la mañana, no termina de sacarse las pisquitas que no salen, que duelen.

En la cocina enciende la radio y prende un cigarrillo, su desayuno habitual desde hace unos meses. Alguien recomienda salir con abrigo y dice que al invierno todavía le quedan fuerzas. Juan se prepara un café. Leche ya no queda, azúcar tampoco. Piensa en la abuela sentada en la bañera y va a buscarla. Vení, le dice ofreciéndole el brazo. Ella se agarra fuerte y sale; A la tarde vamos sin falta, le dice, él no le pregunta adónde porque ya sabe la respuesta: hace días que su abuela le promete por fin comprarle la guitarra. La lleva hasta la cama, la ayuda a recostarse y la tapa. Gracias, mi cielo, le dice ella mientras le besa la mano.  

2

Juan siempre vio vieja a su abuela. Cuando era chico ella se sentaba en la silla de lona rayada, blanca y amarilla, en la vereda, y pasaba las tardes mirándolo jugar, tomando mate y conversando con los vecinos. Todo el mundo era bueno para ella, o al menos los perdonaba a todos usando una sola palabra: “pobrecito”. Con esa palabra redimía al mundo entero. A Juan ahora le parece que su abuela pasó cada día sentada en esa silla, en la vereda de la calle Brasil de Villa Martelli, conociendo vida y obra de todos los vecinos, haciendo notar lo que sabía, orgullosa de su cultura.

Era muy raro que los vecinos no la saludaran, salvo que fueran nuevos en el barrio; todos la querían, y a Juan también. Nunca le faltaban caramelos o alguna galletita. Por eso fue evidente el día en el que la señorita Margarita se hizo la tonta al pasar por la vereda, fingiendo estar apurada, mirando hacia adelante, como si no supiera que enfrente vivían ellos: el abuelo Horacio, la abuela Tita, la tía Mirtha y él: Juan, Juancito. Él le chistó, le salió espontáneamente, tan acostumbrado que estaba a saludarla cada mañana en la escuela, pero Margarita siguió caminando como si además de ciega fuera sorda. Juan miró a su abuela levantando los hombros. Dejala, pobrecita, dijo la vieja, y le propuso entrar para preparar la cena.

Hacía pocos días que Tita había estado con ella, después de que Margarita mandara una nota en el cuaderno de comunicados pidiendo que por favor se presentara en su despacho el responsable o tutor de Juan, el martes a las ocho de la mañana. A Tita le molestó que pusiera eso de responsable o tutor, si ella sabía perfectamente quiénes eran, ¿por qué no puso Doña Tita, la espero tal día a tal hora? Pero bueno, ella parecía ser la única loca que pensaba esas cosas, pese a los años seguía esperanzada con que entre los vecinos se podía armar una especie de familia. En una de esas estaba sensible por el marido enfermo y lo mal que se llevaba con Mirtha. Pero allá fue, llegó ocho menos diez, porque prefería siempre llegar antes a correr el riesgo de hacer esperar, y al final a la que hicieron esperar fue a ella. La tal Margarita entró a la oficina ocho y cuarto, disculpándose. Se sentó, respiró profundo, y empezó a hablar. Lo primero que dijo fue que Juan faltaba mucho, y que eso lo llevaba a carecer de sentido de la responsabilidad. Hay que apuntalarlo, y si es necesario se hará con severidad, dijo. Tita se preguntó qué necesidad tenía Margarita de hablar tan rebuscado con ella que la cuidó de chica, que le dio asilo cuando los padres tuvieron problemas de salud, que le tejió la mantilla para cuando nació su bebé. No la entiende, y entonces se le da por pensar que en una de esas ya no entiende más nada ni a nadie. Margarita la mira y Tita se siente en la obligación de decir algo, así que dice Apuntalarlo, y la otra sonríe estirando los labios pintados de rojo y abriendo los ojos cubiertos de sombra verde que le combinan con esos aros largos.

Margarita le toma las manos, Tita se sobresalta, no se lo esperaba. Se acomoda dejándose agarrar, esperando que ahora le hable la Margarita que ella conoce, la chica de toda la vida, la que practicaba bailes con Mirtha y Julia en el living de su casa con la música del combinado. Mire, Tita, usted y yo nos conocemos de toda la vida, de acá, de nuestro querido Martelli… Margarita no termina las frases, las deja suspendidas en algún lado, como para que el otro las agarre y tal vez las termine, o saque conclusiones, pero Tita no quiere hacer eso, es más, ni siquiera quiere hablar. Sí, las dos son de ahí, de Martelli, y su mamá se llenaba la boca diciendo que la nena tenía vocación para monja hasta que un día les llegó con la sorpresa. No debe haber habido bebé más hermoso en todo el barrio, Decí que le puso Adolfo, decía Julia, y Tita no entendió lo que quería decir hasta hace poco que miró un documental espantoso. Y la Margarita que no se mostró con la panza y después andaba con la cabeza gacha, como si el hijo le diera vergüenza. Ma que monja ni monja, piensa ahora Tita. Y tus hijas que vinieron a esta escuela, Mirtha con tan buenos promedios y Julia… Julia siempre tan pizpireta, ¿no?, qué hermosa chica era… Y Tita que le suelta las manos porque sabe que esas palabras significan otra cosa: que Julia era ligera, y mala alumna, y descarriada como lo es ahora el nene. La fruta no cae lejos del árbol, dice siempre Mirtha, qué mala es, qué malas son. Tita hasta se siente tonta de haberlas compadecido siempre, a Mirtha por ser su hija y a esta otra que al final no tiene ni un poco de piedad ni ahora ni cuando su mamá, todavía directora del colegio, decidió echar a Julia por mal comportamiento. A ella no le dio el alma para ir a defenderla, y además Horacio, el marido, se lo prohibió, porque era cierto que Julia fumaba en la puerta del colegio y que organizaba protestas de estudiantes y que a veces salía con el preceptor y otras veces con el profesor de música, un muchacho atildado con linda conversación que los entretenía a todos, incluso a Mirtha, tan difícil de entretener. Tita se levanta, ya no quiere tener en frente a esa señora desconocida a la que encima el reflejo del sol le pega en los aros y la deja ciega. Disculpame, Margarita, ya me tengo que ir. Pero si todavía no hablamos nada, Tita; haceme el favor y esperame acá que traigo unos tecitos y charlamos tranquilas; Juancito merece que tengamos esta charla, ¿no te parece?, él es tan chico y ya con la desgracia encima, una desgracia que se le puede convertir en rebeldía y… Tita no dice nada, no le va a agarrar las palabras, no quiere ser siempre la buena, la tonta. Pero Margarita la mira a los ojos y Tita, débil, zonza, que no aguanta y baja la vista: Tengo que apuntalarlo, dice al final, y Margarita sonríe con todo el cuerpo porque sabe que ganó mucho más que una charla. Ya ves, mi querida, cómo nos vamos entendiendo. Vos esperá acá que ya mismo traigo los tecitos y conversamos como vos charlabas con mi mamá, en este mismo lugar. Lo que son las cosas, eh.

Tita se sabe atrapada, se le cerró la red, y ella es el único pez que queda del cardumen familiar: su marido postrado, Mirtha que no quiere saber nada con las cosas del nene, y su yerno y su mejor hija muertos. Así lo piensa siempre, se me fue la mejor, se dice a sí misma, y tanto ya lo dijo que no siente culpa, en última instancia no faltará mucho para que pague lo que tenga que pagar, ella también está pronta a morirse. Camina y oye con dificultad, pero no es eso, ni tampoco que tiene setenta y cinco años. Es otra cosa. Es que se sabe incapaz de cuidar de Juan, ya no tiene fuerzas ni coraje. Lo adora tanto como adoró a Julia, pero ya no puede, y eso sí la hace sentir culpable. Ya no puede ni eso ni levantarse de esa silla y decirle a Margarita que no quiere hablar con ella, porque al final hablar es disimular lo verdadero, disfrazarlo con palabras amables o menos dolorosas, para entonces nunca decir la verdad, para nunca ser francos, honestos. Ella al menos trata de ser honesta consigo misma. El dolor es fuerte, gigante, ha perdido casi todo; y lo que le queda se le hace inabarcable. Pide perdón mirando hacia arriba, hacia el cielo raso de esa oficina fría, con paredes blancas y muebles marrones, gastados, pesados, sin duda también cansados. Se acuerda de la madre de Margarita que también se pintaba mucho y usaba palabras rebuscadas para hablar y que después de avergonzarse de su hija y decir las peores cosas, al jubilarse, la acomodó para dejarla como su sucesora en la dirección. Entra Margarita con una bandeja con dos tazas de las que sale humo.  

–Daría cualquier cosa por saber en qué anda esa cabecita soñadora… –Pensaba en que estos muebles han de estar cansados ya, que deben tener ganas de que los hagan leña y los enciendan para así volverse a la tierra. Eso deben querer.  

Margarita se queda en silencio, un silencio espeso que paladea por dentro de la boca, de derecha a izquierda, hasta que al final suelta: Qué dulce sos, Tita. Dulce como sinónimo de loca, piensa Tita, que ni loca va a probar ese té.

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