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Leé un fragmento de «Archipiélago», de Roberto Echavarren (Uruguay)

Por Roberto Echavaren / Viernes 04 de mayo de 2018

Compartimos un fragmento de Archipiélago, un libro de Roberto Echavarren, publicado por Literatura Random House, que reúne tres novelas que dialogan entre Creta, Bali y Manhattan, con un pintor, un surfista y un fotógrafo como protagonistas, que hacen del movimiento el único propósito de su viaje.

Roberto Echavarren es poeta, narrador, ensayista y traductor. Entre sus obras se encuentran las novelas Ave rock, El diablo en el pelo y Yo era una brasa; los poemarios Centralasia, El expreso entre el sueño y la vigilia y El monte nativo; los ensayos El espacio de la verdad: Felisberto Hernández, Arte andrógino, Fuera de género: criaturas de la invención erótica, Michel Foucault: filosofía política de la historia y Margen de ficción: poéticas de la narrativa hispanoamericana; la crónica Las noches rusas y la obra de teatro África. La muñeca de Felisberto. Ha traducido a Shakespeare, Nietszche, John Ashbery, Wallace Stevens, Paulo Leminski y Haroldo de Campos, entre otros. Compiló, con la colabroación de José Kozer, y Jacobo Sefamí, Medusario. Muestra de poesía lationamericana.
Archipiélago
es un libro que se encierra en una narrativa que se construye en tres novelas, publicado en 2017 por Literatura Random House.


¿Soy las cosas que creo? Creo en alguien bronceado, de cintura fina; acarrea un ánfora de aceite sobre el hombro; en vez de traje de baño, usa una toalla corta y plisada; camina de perfil, la cintura increíble de tan fina. Avanza en fila tras otros similares. Cada cual trae una ofrenda particular. Una piña, un cacahuate, un conejo. Alineados con sus ofrendas, ellos mismos se ofrecen.
No podía pintarlos; apenas esbozarlos en los márgenes de mi cuaderno de escolar, en papeluchos que robaba de la papelera de mi padre, para hacer aquellos retratos, tan diferentes según la lapicera que usase —la pluma de acero de la escuela producía trazos flexibles, ensanchados en el medio, ideal para antebrazos, pantorrillas, daba al sketch la calidad de la caligrafía—. Los escondía, los doblaba; caían de mi carpeta en el salón de clase, un bochorno, comentaban, se reían, me daba vergüenza, era inadmisible que un muchacho fuese atraído por otros muchachos.
En la Creta pobre de los cincuenta, mi padre era oficial del Ejército. Volvía a casa atacado de venerable rabia. Solo verme lo ponía furioso. Me arrojaba por la ventana fuera de la casa. Me pegaba hasta sacarme las muelas. Tenía arrebatos de fiera. Se ponía púrpura. No podía admitir que su pequeño gorrión tomara poses dudosas amaneradas al jugar en su imaginación entre plantíos de tomates, que siempre me gustaron. Podría pasarme la vida comiendo queso y tomates, crecidos en las huertas de altura circundadas de cercos de piedra.
El tío de mi madre era considerado un héroe porque en la Segunda Guerra Mundial había pertenecido a la guerrilla partisana que combatía a la Wehrmacht ocupante de la isla. Creta era un centro estratégico para los alemanes porque en la costa sur mediterránea combatían contra las fuerzas británicas. No lograron nunca dominar el centro montañoso de Creta. Ninguna patrulla llegaba a escalar los vericuetos rocosos escarpados. Los partisanos resistían desde allí, saboteaban al ocupante, a veces con armas inadecuadas, a veces con rifles ingleses; asesorados, entre otros, por un general de la República Española refugiado de la Guerra Civil que impulsó obras de ingeniería y diseñó un viaducto para surtir de agua a una aldea de montaña cerca de Anogeia. Allí lo recuerdan con respeto reverencial. Pero papá nunca combatió. Pertenecía a la generación de la Guerra Civil griega. Esa guerra no se libró en Creta sino más bien en el continente.
Las botas negras lustrosas de betún, las botas de papá, eran para mí el emblema de todo lo triste de mi infancia. La ciudad de Jania casi desierta, las cortinas de los negocios bajas. Y de pronto una mujer de tetas grandes con un vestido Dior de cintura apretada y falda ancha, que solo le servía para ir a comer sándwiches los domingos en la confitería del viejo panadero Malia. Todas las otras mujeres, incluso mi madre, vestían de negro.
Mi padre me llevó una vez –de niño– a un pueblo en la montaña. Celebraban el aniversario de la muerte del general español. Ofrecían semillas de anís, melón, sandía y girasol. No son tan populares en la costa. Un chico llamado Aleko, de la misma edad que yo, usaba pantalones rojos (una tela rara en ese tiempo de carestía). Me tomó de la mano y me mostró las colmenas.
Algunos tocaban chirimías y él bailó, no una danza folklórica griega sino de origen turco, parrandas de hombres solos que se excitaban con los movimientos provocativos de Aleko. Un impulso ancestral no expresado en palabras sino en exclamaciones y el brillo cómplice de los ojos me asustaron. Era un misterio ajeno a mi escuela de Jania. Hojas de viña, trasparentadas por el sol, movidas por el viento, daban luces, sombras, a las caras curtidas, rojas por el vino, bocas desportilladas reían estúpidamente y las figuras se acercaban a Aleko de un modo que me pareció amenazador. Mi padre me apartó de un tirón y tomamos el camino de vuelta por estribaciones de montaña que bajaban hacia la borrosa bahía enroscada en un polvo de luz.
La gris Creta de los cincuenta pasó a ser la colorida Creta de los sesenta. La economía, basada hasta entonces en los productos de la tierra, los olivos más que nada, mejoró cuando empezaron a llegar turistas con monedas fuertes. La isla dejó de ser escuálida. Se volvió el emporio vacacional de ahora.
Nuestra casa de Jania está en el límite entre la ciudad nueva y la antigua ciudad veneciana. Venecia dejó su huella durante los siglos de ocupación, aunque todavía pueden verse pequeños templos anteriores, galponcillos romanos, el templo de Santa Margarita, una miniatura románica decorada en gótico afiligranado naranja y rosa contra el azul celeste de las tejas y del cielo.
La isla es un campo de ruinas. El toro de Minos, la conquista micénica, la anfictionía griega, el imperio bizantino, la invasión árabe, Bizancio otra vez, que entregó Creta a un noble provenzal de las Cruzadas para mejor protegerla de los turcos. Luego la compró Venecia y la dominó por dos siglos. Al cabo llegaron los inevitables turcos. Me duele la invasión turca porque destruyeron los manuscritos traídos a Jania desde Bizancio. Al caer esta ciudad en 1453 en manos de los turcos, algunos letrados bizantinos, expulsados de su nueva Troya, se refugiaron en Jania y trajeron incunables. En un entorno tan frágil como el nuestro fue imposible proteger esos tesoros.
En los fragmentos de frescos del palacio de Knossos aparece el lirio asociado a la figura más cautivante: el Sacerdote de los Lirios, un adolescente de cabello largo, gorro de plumas, cintura increíblemente estrecha. Sobre fondo azul el lirio está pintado en ocre rojizo de sangre de toro. Y sobre fondo rojizo de sangre de toro el lirio aparece pintado de azul. Los pétalos corresponden tanto a la tierra color sangre como al azul del cielo.
El fondo de los frescos se divide en zonas de color separadas por franjas ondulantes y orlas de curvas. Realzan la ondulación de los tallos de lirios, viboreznos meandros, pétalos alargados y remolinos, bucles de muchachas y muchachos. Todo se comba y gira y recuerda a Gaugin pero en el palacio de Knossos el tratamiento es limpio, el contraste simple y alegre. El fresco del Sacerdote de los Lirios está rodeado de una franja que representa una sucesión de discos superpuestos en fila pintados de colores según una pauta regular: amarillo, morado, azul, blanco, rojo. Esta secuencia de colores y la forma de los discos dinamizan el marco. Tonos rotundos que ha mudado el tiempo. El amarillo es el más brillante. El blanco es opaco tanto como el negro. El blanco aquí no es puro; tiende al azul, al amarillo, al rojo.
Las columnas de los patios en el palacio de Knossos son cortas, más anchas en la cima que la base, pintadas de rojo. Cipreses puestos de cabeza, su punta se hunde en la tierra. Los capiteles redondos sobresalen a modo de lotos o sombrillas.
La diosa de las serpientes semeja una dama belle époque de falda larga, me recuerda una pintura de Vuillard. El pelo se enrosca en serpientes al caer sobre la espalda. Sus senos están expuestos. Vive conectada por los pezones al colmillo de las serpientes.
Casi todas las casas de campo de Creta tienen pérgola y viña. Villa Idaea por ejemplo queda a seis kilómetros de la costa, subida al monte. Villa Idaea es el modelo de casa cretense. De niño visitábamos allí a una prima de mi madre. Su ventanal en arco, el porche también en arco, la pérgola de cañas sobre la terraza superior por donde monta la viña. Al costado hay un hibisco y junto a él un odre antiguo de terracota, ancho en su mitad y de cuello estrecho. Servía para mantener fresca el agua. En villa Idaea habían instalado un tanque de agua encima del techo de la casa, por lo tanto ese odre resultaba obsoleto. Ese odre ¿quién lo podrá transportar? En un carro tirado por burro vi que lo transportaban. Nuestra tierra volcánica, árida en partes, de costas destempladas sin árboles ni verde, está a merced del viento siroco malsano que sopla desde el África dos veces al año. Viene por el agua pero nos obliga a mascar arena.
Jania era la capital de la isla. Pero en los cincuenta Heraklion fue transformada en cabeza administrativa. Destacaron a mi padre allí como Comandante. Resultó un alivio tenerlo lejos. Nos visitaba solo los fines de semana y a veces ni eso. Me encontré libre de cantar, de bailar, de hacer lo que quería bajo el manto de mi madre, que tironeaba por aquí y por allá pero dejaba vivir. Una vez que partió la vida devino una fiesta. Aunque nuestra situación económica era difícil. La información era escasa. La moralina predominaba. Eran los años de dictadura militar. Y aparentemente nada de eso cambiaría jamás. Un canal griego de televisión empezaba a bizquear en la pantalla. ¡Aquellos primeros programas con popes entonando la liturgia, dando las buenas noches!
La carrera de mi padre entró en su apogeo. Tenía un puesto clave en la administración militar. Quiso el destino que no soportara vivir solo en Heraklion y pidió el traslado de vuelta a Jania para amolar a la familia. Regresó y me arruinó la vida. Yo aparentaba ignorar sus sarcasmos y provocaciones. No tenía certeza de cómo actuar. Mi dignidad estaba comprometida. Me encerré en mí mismo. Perdí la capacidad de ser espontáneo. Mis movimientos se hicieron trabados y torpes. Derivé hacia lo asocial, me volví inexpresivo. Vivía en una dimensión diferente de los otros. El día en que cumplí quince años entré al comedor y por azar sorprendí a mi madre y a mi abuela hablando acerca de mi persona. Sin sospechar que la estaba oyendo porque se encontraba de espaldas y no me vio entrar mi abuela dijo en voz alta: “Stavros, con su reserva”.... Me vio y se detuvo en seco. Yo no dije nada. Escuchar esta opinión me dolió. Era la primera vez que oía a alguien de mi entorno, alguien querido, dar un juicio a mis espaldas. Fue su opinión sincera, ella no pensaba mal. El diagnóstico de mi abuela era correcto. Me hizo sentir observado. No me podía desenvolver. Para mi padre yo era inaceptable. Mis hermanos se apartaban de mí como de alguien contagioso. Yo les repugnaba. Para que mi padre no desaprobara su conducta ellos no querían tener parte en mi rareza y por lo tanto iban y venían sin hablarme ni tocarme. Hasta sin verme. Me sentía en latencia, un renacuajo. Una larva en verdad. Tropezaba, no podía caminar. Cuerdas invisibles atravesaban mi trayecto y no lograba dar un paso.
Me metía entre las rocas del promontorio de Akroteri. Caminaba tan lejos... hasta la playa de Majerida. Allí los pescadores tenían ¿qué costumbres? Imaginaba que fuesen como aquellos hombres de montaña que festejaban a Aleko. En su pesca bruta, al sesgo –respecto de su vida de familia– ¿o yo imaginaba algo que no existía? Lo que despertaba mi curiosidad ¿no estaba en ninguna parte? Estaba en un lugar, pero en ese lugar no estaba yo.


Archipiélago
Echavarren, Roberto
Literatura Random House (2017)
Páginas: 157
UYU 420

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