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Leé un fragmento de «La plataforma», de Joyce Carol Oates (EUA)

Por Joyce Carol Oates / Viernes 20 de julio de 2018
Foto: Marion Ettlinger Hires

Compartimos un fragmento de «La plataforma», una nouvelle de la aclamada autora estadounidense Joyce Carol Oates, que forma parte del libro Tan cerca en todo momento siempre, publicado recientemente por Fiordo Editorial.

Joyce Carol Oates nació en Lockport, Estados Unidos, en 1938. Estudió letras en la Universidad de Syracuse y en la Universidad de Wisconsin-Madison. Entre 1978 y 2014 dio clases de Escritura Creativa en la Universidad de Princeton. Ha publicado más de cincuenta novelas, además de conjuntos de cuentos, colecciones de poesía, ensayos y obras de teatro. Recibió el National Book Award por su novela Them, así como otras distinciones y premios, entre ellos la National Humanities Medal, el Prix Femina y el Norman Mailer Prize. Oates es reconocida como una de las autoras más prolíficas e impactantes de la literatura estadounidense contemporánea, y sus obras han sido traducidas a numerosas lenguas. Actualmente vive en Princeton, Nueva Jersey.
La editorial argentina Fiordo, publicó en 2017 Tan cerca en todo momento siempre, un libro que reúne cuatro nouvelles donde el amor es el centro de todo. A continuación, les compartimos un fragmento de «La plataforma».


A ella le gustaba imaginárselo de esa manera.
Una especie de plataforma. Como la que lleva un pequeño camión de carga.
Y él está en la plataforma, atado con un par de cadenas que lo sostienen de las muñecas y los tobillos para que no pueda moverse.
Está sentado, encadenado. Una postura extraña que debe lastimarle la espalda, el cuello, las piernas.
La cabeza levantada, la mirada alerta y consciente.
Llevan la plataforma por la autopista interestatal.
Empieza a caer aguanieve. No hay viento, la nieve cae verticalmente desde un cielo gris metálico y se derrite al tocar el suelo.
Él no puede ver quién conduce el camión.
Está atrapado ahí, en la plataforma. No puede mover el cuerpo, salvo agitar los hombros y la cabeza, y tirar de las cadenas que le hacen sangrar las muñecas y los tobillos. Gritó mucho, pero ya no más. Tiene la garganta seca, está agotado.
La nieve en la cara forma lágrimas derretidas.
¿Sabría G. adónde lo llevaban en la plataforma?
¿Adivinaría G. que iba camino al matadero?

—¿Soy yo? Debo ser yo —dijo él.
Era N., que había entrado en su vida inesperadamente. Uno de una serie de hombres. En general los evitaba y rechazaba, y encontraba razones para que no le gustaran, o ella de pronto dejaba de gustarles a ellos; uno incluso le había dicho con amargura: La cara bonita no te da el derecho.
No había sido necesario que ella preguntara: ¿El derecho a qué?
O de pronto le daban miedo, le daba miedo incitarlos.
A ningún hombre le gusta que lo inciten.
Pero N. era distinto, ella no sabía por qué. Pensaba con frecuencia en N. Tal vez era una clase común de anhelo femenino. Tal vez era el miedo a quedarse sola o a que descubrieran que era sucia, es decir muy sucia, imposible de redimir. O quizá (aunque reconocer esto le costaba más) se estaba enamorando de N. como se enamora cualquier mujer de un hombre.
Una mujer normal. Enamorada de un hombre.
Pero ahora todo había salido mal. Le abrumaba la culpa, la vergüenza.
Había vuelto a pasar. De nuevo, su cuerpo se había resistido al hombre. Era una rigidez sutil del cuerpo, la tensión de quien está al borde del peligro: a punto de hacer un clavado desde lo alto, por ejemplo.
No era un rechazo o un desaire evidente hacia el hombre. Era algo más sutil, pero inconfundible. Todas las moléculas del cuerpo que temblaban No no no.
Y empezaba a tiritar. A estremecerse de forma convulsiva e imparable.
Su forma de combatirlo —ese estremecimiento convulsivo y ridículo, en su propia cama, en los brazos del hombre— era apretar la mandíbula con fuerza. Si se relajaba, la mandíbula le temblaba y los dientes le castañeteaban.
Era terrible que su cuerpo se cerrara de esa forma. Como el cuerpo de una nenita asustada.
Y los dientes que rechinaban en presencia de alguien más, algo tan íntimo.
Le contestó:
—No. No eres tú. Yo…
Hubo una pausa. N. la escuchaba atentamente. Respiraba ronco, entrecortado.
No consiguió decirle No eres tú. Te amo.
—Bueno. Entonces hay algo que no me dijiste —dijo él.
—Creo que no —dijo ella. Y luego se corrigió para no sonar tan agresiva—. Bueno, no sé. Creo que no, pero la verdad no sé.
—Algo que no me contaste. —Las manos de él sobre ella, acariciándola con incertidumbre. Como tocarías un perro asustado y tembloroso, para reconfortarlo; para contener, calmar y reconfortar; y, en la fuerza de las manos, cierta confianza, reafirmación—. Sospecho que alguien te lastimó. ¿Quieres contarme?

Había preferido no contar cuántas veces.
Hubo una primera vez mortificante, cuando tenía diecinueve años, y era un poco grande para una primera experiencia sexual. Y hubo una segunda vez, y una tercera… todas las veces frustrantes, humillantes.
Esta era apenas la cuarta vez. Pero percibía que sería la última. Tenía veintinueve años: no habría muchas otras oportunidades.
De chica había sido tímida con respecto al sexo. La incomodaba escuchar a otras chicas hablar de sexo, y sus amigas se burlaban de ella.
Más grande, se había vuelto experta en evitar todo tipo de situación sexual. Había conseguido disfrutar la compañía de chicos y hombres, y ellos disfrutaban también de la suya, pero había aprendido que no era buena idea darle cabida a esa atracción.
Incitar a alguien es cruel. Seducir, y luego rebatir: podría ser peligroso.
Y es que era incapaz de anticipar las reacciones de su cuerpo, aun si había bebido un poco. Aun si se sentía enamorada.
La contracción de los músculos pélvicos, tan involuntaria como parpadear cuando algo entra en el ojo. La retirada instantánea, el retroceso.
Como si el hombre que la tocara, que buscara entrar en su cuerpo, fuera un instrumento de tortura, capaz de hacer daño; tenía que resistirse.
El reflejo del pánico. El temblor incontrolable. Se quedaba indefensa, esclavizada por un miedo terrible y asfixiante mientras su parte sexual, que había parecido tan vital y hambrienta, como erizada por el deseo de ese hombre, se hubiera cerrado como un puño.
No. Era el grito mudo de su cuerpo: No.
Cualquier hombre excitado tendría derecho a enfurecerse. A ofenderse en serio. Tendría el derecho a distanciarse de la mujer, vestirse de nuevo, salir de ese maldito lugar y no volver jamás.
Ella no lograba protestar. Apenas si lograba murmurar una disculpa.
Se quedaba indefensa, en el fondo de su propio pozo. Su cuerpo como el de una nena, aterrada de la violación. Contraído, tembloroso.
—¿Vas a decirme? ¿Quién te lastimó? —preguntó N.
Ella le contestó que nadie. Por favor.
—¿Nadie? No te creo.
Había logrado controlar el temblor. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que sus dientes no podían rechinar. Eso era un logro en estas circunstancias tan mortificantes.
Hasta que al fin N. dijo:
—Mira, está bien. Va a estar todo bien.
N. se expresaba con cordialidad, con una especie de alegría forzada. Y por eso ella lo amó.

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