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Difusión

Leé un fragmento de «Lúser» de Cecilia Pouso

Por Escaramuza / Lunes 29 de julio de 2019

Compartimos el séptimo relato publicado en Lúser, un conjunto de textos escritos por Cecilia Pouso en los que desfilan personajes que se encuentran y se pierden para terminar descubriendo lo inevitable: el que escribe no puede nada sin el que lee. El libro acaba de ser publicado por la editorial uruguaya independiente Factor 30 en julio 2019.

 

Cecilia Pouso nació en Montevideo, el 20 de marzo de 1976. Actualmente es profesora de Literatura en Educación Secundaria y tiene una formación en Letras como Licenciada y Magíster, con una tesis sobre vanguardias en América Latina. Antes de Lúser publicó algunos artículos académicos en revistas, pero esta es su primera publicación de ficción, de la mano de la editorial uruguaya independiente Factor 30, proyecto colectivo que la autora integra desde 2018.


Primera parte

VII

Ese día había por lo menos ocho pájaros entre mis ramas, de distintas formas pero mayoritariamente con los mismos colores, blanco y rojo. Aleteaban extrañamente, como arrastrados por el viento pero nunca vencidos a ras de suelo. Había por lo menos ocho y todos gozaban de la superioridad propia de los pájaros: en lo alto, aparentemente libres aunque siempre colgados del techo del cielo. Había por lo menos ocho y a veces no parecían pájaros. El viento los retorcía con amabilidad y cuando parecían desfallecer, los sostenía de nuevo para que pudieran subir a su región natural. Yo los miraba desde mi altura y supongo que los hombres los miraban un poco desde el suelo, como saben mirar ellos, siempre algo distraídos.

No hay pájaros si nadie los mira.

Ese día había por lo menos ocho y me aseguré de que fueran mirados para que pudieran existir todo lo posible.

Los colores eran más bien opacos y hacían un sonido un poco extraño, si los comparaba con otros pájaros que había escuchado gorjear antes. Estos sonaban más bien como envoltorios, conozco esos sonidos porque los hombres vienen frecuentemente a desenvolver cosas junto a mi tronco. Es un sonido muerto, de cosa hecha para existir solo si la sostienen, pedazos de algo que no puede solo, una de esas cosas que los hombres necesitan, como buenos necesitadores que son.

Después de un rato me di cuenta de que no eran verdaderos pájaros, eran pájaros de los que producen los humanos para llevar sus cosas y que después quedan deambulando por el aire. Todavía me pregunto cómo pude creer que unas bolsas eran pájaros vivos.

Ese fue el primer día del lector. Vino solo y me eligió como eligen los hombres, con indiferencia. El sonido que provenía de las bolsas de nailon que comenzaron a volar a mi alrededor no parecía molestarle al hombre lector, en ningún momento interrumpió su lectura. Después me di cuenta de que el ruido a envoltorio y papeles también provenía de él, de sus cuadernos. Tal vez alguno de ellos era nuevo y por eso hacía tanto ruido. En el parque es preciso ejercitar la audición selectiva, se oyen muchos, muchos sonidos a la vez.

Ese día el lector capturó mi atención, era la primera vez que alguien me elegía para recostarse y leer en voz alta, aunque hubiera sido con la misma indiferencia de siempre. Ellos creen que nadie los mira y vienen aquí a ocultarse, no se puede vivir a la vista todo el tiempo, eso puedo entenderlo. Mi ventaja es que no saben que los estoy viendo y escuchando. Solo me tienen en cuenta para sacar una foto, recostarse o apoyar alguna cosa, incluso también me usan de baño y de vertedero.

A mis pies se sienten seguros, anónimos por un rato, a salvo del mundo abierto que los rodea. Yo no decidí estar en este sitio pero reconozco que tiene sus ventajas. A veces pienso que si me hubieran dado a elegir no habría sabido tomar la decisión correcta. Tal vez porque es todo lo que conozco, creo que es lo mejor. En definitiva, ellos son a veces también invisibles para mí, sus caras son intercambiables, me da igual quién llega y quién se va. Son como las hormigas que nadie se detiene a mirar con atención, parecen todas iguales e indiferenciables, una masa irrelevante, indolente, rayitas negras que se mueven sin cesar. Es lo que pasa cuando todo se amontona, podrían ser hojas, polvo, ramitas, hormigas, personas. Los dobleces de la finitud generan sus costados luminosos y oscuros a la vez. Si no se puede ver de cerca y contar, no interesa. Es mejor dejarlo ir o simplemente pisarlo con indiferencia, como a las hormigas.

Empecé a pensar en estas cosas gracias al humano lector. Vino por primera vez el verano pasado, supongo que me eligió por mi tronco bien ancho, sacó sus cosas de un bolso negro que traía y empezó a leer. Nunca supe si los textos eran escritos por él.

Aparentemente los seres humanos creen que son los únicos que piensan, me doy cuenta por cosas que dicen, por cómo nos tratan. Se nota que ignoran muchas cosas, a veces me dan pena y otras simplemente los desprecio. No soy un árbol noble, de valores elevados, soy un árbol anónimo en un parque cualquiera, sé que hay muchos en otras partes, he oído hablar de eso también.

Cada tanto, el hombre sigue viniendo, se recuesta en mi tronco y lee sus cuadernos en voz alta. Me usa y yo también lo uso a él.


Pouso, Cecilia. «VII», Lúser, Montevideo: Factor 30, 2019, pp. 39 - 40. 

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