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Literatura infantil

Migrar en busca de una vida sin miedo

Por Virginia Mórtola / Martes 01 de noviembre de 2022
Ilustraciones de «Los días raros», «Migrantes» e «Historias de pequeños migrantes».
La cantidad de personas que se desplazan en el mundo buscando un nuevo lugar donde vivir crece cada año. Se estima que en 2020 había más de 280 millones de migrantes internacionales. Un gran porcentaje son niños y niñas. Virginia Mórtola trae libros sobre migración y migrantes que ayudan a imaginar un futuro en el que una vida sin miedo sea posible. Y en el que libros sean un remanso.

Partir: duelo y alumbramiento

En las partidas algo se parte en el interior del migrante, y algo es parido. La pérdida y la incertidumbre son ineludibles: la ilusión y la esperanza son necesarias. Muchas personas, de todas las edades, en todos los tiempos y en diferentes partes del mundo, se han visto forzadas a migrar por diversos motivos: guerras, dictaduras, carencias económicas, catástrofes naturales, etc. Ante la crisis global de migración, en los últimos años se han incrementado los títulos de literatura infantil y juvenil que la abordan directamente. 

Los días raros (FCE, 2015), álbum de Roger Ycaza y María Fernanda Heredia —libro ganador del Concurso de Álbum Ilustrado A la Orilla del Viento en 2014— narra, con gran economía en el texto y en las ilustraciones, el día de una partida. «Los días raros se disfrazan de normales», dice el niño protagonista, pero no han florecido los girasoles en el vestido de su mamá. Las dobles páginas están pobladas de cajas en una casa desmontada. La rareza lo empaña todo: su imagen en el espejo, el banco de la plaza, la despedida. Con un final esperanzador, amortigua la tristeza del destierro.

[Interior de Los días raros]


Viajes: cada camino es una travesía singular

No obstante, variadas son las circunstancias que precipitan las partidas y diversos son los avatares de cada viaje. «No está marcado en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca» es el epígrafe de Herman Melville que abre Yo voy (Recrea, 2018), álbum ilustrado de Juan Manuel Díaz. En este libro, un niño, solo, emprende un viaje en bote de vela, atravesando los restos de una civilización sumergida, pletórica de basura, tiburones, peces, calamares, y tejados rotos de antiguas casas. Lleva un brote en una maceta, su misión es llevarla a algún sitio donde pueda crecer. 

[Interior de Yo voy]

En Migrantes (Libros del zorro rojo, 2019), imponente álbum de Issa Watanabe, el viaje es colectivo. Un grupo de animales muy variados, con cuerpo humano, huyen; el lector no sabe de dónde y, tampoco, hacia dónde van. Se trata de una masa de seres que, a medida que avanza, va menguando. El camino no es sencillo: comen, duermen, nadan, corren y por el camino van quedando viajeros desperdigados como migas perdidas. La muerte es una compañera fiel en esta procesión. El libro subraya, con maestría, el riesgo de la partida y la travesía, en unas dobles páginas negras que erizan el alma. 

 

[Interior de Migrantes]


Extranjeros: rechazos y acogidas 

Quienes deben trasplantar su corazón añorarán sus costumbres y su idioma, buscarán ser parte del nuevo ecosistema, no siempre amable. Así, en Los Carpinchos (Ekaré, 2020) de Alfredo Soderguit, una familia de cinco carpinchos con ojos desorbitados llega a un gallinero en busca de refugio. Vienen escapando de las amenazas de la temporada de caza. Pero allí no hay lugar para ellos, animales extraños y peludos. El libro empieza planteando la ironía que muestra lo ridículo del lugar en que se ubica la amenaza. 

También en La isla (Lóguez, 2003), de Armin Greder, creador de álbumes ilustrados ominosos, la exclusión es la primera reacción a la amenaza que representa un extraño: «Una mañana los habitantes de la isla encontraron a un hombre en la playa, donde la corriente del mar y el destino habían arrastrado su balsa». No era como ellos. Se preguntaron por qué había venido, qué buscaba, qué debían hacer. Mientras tanto, lo encerraron con los cerdos. En ese hombre, los pobladores proyectan sus miedos. Ven una amenaza a combatir. Greder se pregunta qué transforma a los otros en potenciales enemigos deshumanizados.

[Interior de La isla]
 

Niñas y niños: protagonistas 

«Los niños y jóvenes son inmigrantes, no en el espacio: en el tiempo, inmigrantes en un mundo en el que los adultos somos ciudadanos», escribió Luis María Pescetti. Y argumenta los por qué. Pero, sabemos, a muchos les ha tocado migrar en el espacio. 

Migrar, escrito por José Manuel Mateo e ilustrado por Javier Martínez Pedro, fue editado por Tecolote, en 2011, una editorial que busca difundir la tradición cultural mexicana. En 2012 ganó el New Horizons Award de la Feria Infantil de Bolonia. Se trata de un libro-pergamino, relatado desde la gráfica tradicional mexicana del papel amate: al abrirlo se despliega como un códice que, pliego a pliego, nos muestra la historia narrada desde la voz de un niño. «Hablamos de ese día, cuando tuvieron que dejar su casa; cuando salieron rumbo al norte y viajaron hasta llegar a otro país. Cruzaron la frontera, porque tenían la idea de encontrar trabajo; sin embargo, los niños querían, sobre todo, encontrar a su papá», escriben los autores. 

[Portada de Migrar]

Mexique, el nombre del barco (Ediciones Tecolote /Libros del Zorro Rojo, 2017) está dedicado: «A los niños de Morelia. A todos los que se desplazan en busca de una vida sin miedo». Fue escrito por María José Ferrada, sutil y mordaz poeta chilena, con ilustraciones de Ana Penyas. La narración nos lleva en verso, junto a los niños y las niñas, al interior del viaje en el Mexique, barco que zarpó en 1937, forzado por la Guerra Civil, desde Burdeos hacia México. Llevaba a bordo 456 niños españoles, hijos de republicanos. 

¿Guardará el mar el nombre de todos los barcos?

Las ilustraciones de Ana Penyas retratan los equipajes como bultos, los abrazos de despedida, el barco cual montaña, todos los ojos desolados. María José Ferrada le da vida a esta historia y la vuelve aún más conmovedora al dar voz a los niños que se formulan preguntas, espantan temores, despliegan fantasías. «Tres o cuatro meses» les dijeron sus padres. El inicio de la Segunda Guerra Mundial convirtió ese tiempo, terrible pero ideal, en un exilio definitivo. 

En el gentío agarro fuerte mi maleta

(una maleta es también un trozo de tierra, una casa)

[Interior de Mexique, el nombre del barco]

Un montón de maletas emprenden viaje en Historias de pequeños migrantes. Diez cuentos de Constanza Narancio ilustrados por Alfredo Soderguit. Es un proyecto seleccionado por el Fondo Concursable para la Cultura del MEC. 

Cada historia sigue las circunstancias de niños y niñas de diversos orígenes que migraron a lo largo del siglo XX, desde su país natal hacia un nuevo destino en Sudamérica. Desfilan familias, países, culturas, paisajes, religiones, objetos, aromas, manjares, barcos; todo ello es narrado con belleza y gran ternura. La autora busca que cada lector «se vea reflejado en un pequeño migrante, con la esperanza de sembrar empatía, eso que tanto necesitamos para que el mundo sea un lugar más justo y solidario». Presenta, entre otras, a Stella Maris, una niña nacida en Borgio Verezzi, al norte de Italia, quien deberá migrar a Buenos Aires y lleva, como un gran tesoro, un ramillete de azucenas amarillas. Monserrat dejará atrás el Mediterráneo y los buñuelos de bacalao de Barcelona para refugiarse de la Guerra Civil en Montevideo. Simón se despide de Varsovia para instalarse en Río de Janeiro, y ya no será su postre más frecuente el pastel de manzana y almendras: conocerá la feijoada, el agua de coco y los baños en el mar. Cada personaje invita a dialogar sobre los orígenes de los familiares de los lectores. Las ilustraciones de Alfredo Soderguit dialogan con el texto como estampas lejanas que aproximan. 

[Interior de Historias de pequeños migrantes]


Una cabaña al final del bosque

«Creemos que sí», leemos en el epílogo de La noche de la huida (Ekaré, 2021), álbum de Adolfo Córdoba y Carmen Segovia, «que podemos guarecernos en el lenguaje, que las historias sobrevuelan la oscura realidad, o la atraviesan, y nos guían hacia otros bosques». 

Una niña huye una noche de sombras afiladas, atraviesa un bosque donde las amenazas palpitan en cada crujido, en la punta de un machete, los relámpagos, la lluvia, una jauría de ciervos rojos. Corre. Grita. Tiene mucho miedo. «¡Cómo le hubiese gustado tener un par de botas mágicas! Dar zancadas flotantes hasta un cuento seguro. ¿Y si moría de frío sin un solo fósforo para calentarse? ¿Y si una bruja la convertía en ruiseñor para coleccionar su canto? ¿Y si cala en la trampa de un ogro?».

[Interior de La noche de la huida]

Esta huida convoca muchas historias: Blancanieves, Pulgarcito, Los cisnes salvajes, La cerillera, Caperucita, Ricitos de Oro. A todos aquellos personajes que han atravesados bosques perseguidos por alguna desgracia. A todos aquellos seres humanos que han corrido en la oscuridad de la incertidumbre en busca de una luz tenue brillando dentro de una cabaña, con pan y camas para, por fin, descansar. Este libro acaba de ser seleccionado para el catálogo White Ravens, que cada año elabora la Internationale Jugendbibliothek (International Youth Library). 

La antropóloga francesa Michéle Pettit se ha dedicado a investigar el lugar de la lectura en situaciones de crisis. En Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural (FCE, 2014), dice que la literatura toca los cimientos espaciales del ser. Suele ser un atajo para encontrar un lugar, para anidar. Cuando escuchaba a personas hablando de sus recuerdos de lectura, solían estar asociadas a metáforas espaciales, los libros aparecen como casas, tierra de asilo, lugar propio, paisaje conocido. 

La lectura es un espacio de acogida, un territorio de hospitalidad que ofrece recursos metafóricos, simbólicos, imaginarios, donde acunar las penas y guarecer las soledades: una cabaña al final del bosque.

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