Fisurar el reloj

Todo el tiempo, el tiempo

Por Virginia Mórtola / Martes 24 de noviembre de 2020
Ilustración en «Los días liebre» (Kalandraka, 2017)

Los relojes, el frenesí, la rutina cotidiana, el colegio, la merienda, las tareas... el tiempo productivo también se impone sobre niñas y niños. ¿Dónde quedó ese otro tiempo desorganizado, para soñar? Virginia Mórtola nos recomienda algunos libros y poemarios infantiles que cuestionan las prisas y reivindican los «días tortuga», para vivir lento y soñar mejor.

¿Por qué los mayores siempre tienen prisa?, pregunta Sofía, la niña que interroga a su maestra en el libro Pájaros en la cabeza, de Rocío Araya Gutiérrez (Li-tera, 2013)

Rápido, llegamos tarde, apurate, no ahora, después, ya. Palabras que repetimos todo el tiempo. Palabras que ubican al tiempo en una posición que refracta sobre nuestros cuerpos, nuestros segundos. En los últimos años, el cuestionamiento sobre los usos del tiempo se ha vuelto muy preste en la Literatura infantil y juvenil. Momo, novela escrita en 1973, por Michael Ende —el mismo autor de La historia interminable— es la primera gran obra que pone la mirada en este tema. Momo es una niña humilde, especial, con una escucha atenta. Desconfía y enfrenta a Los hombres de gris, seres detestables que motivan a las personas de su pueblo a ahorrar horas en el Banco del Tiempo. La vida de los pobladores, se vuelve automática y ansiosa. Estar con los afectos es perder tiempo, los momentos recreativos también, crear y compartir, pierden sentido. Los hombres grises viven fumando los pétalos de flores de las horas de las personas que invierten su tiempo. Hay un engaño, una estafa. Este libro, cuestiona con altas dosis de fantasía, un universo adulto dedicado al trabajo, la producción y el consumo. El final es esperanzador, Momo, junto a la tortuga Casiopea del Maestro Horas, entra en los engranajes del tiempo para revertir la tragedia. Sería buenísimo que la leyeran y conocieran a estos personajes, tan entrañables. En el epílogo, el narrador cuenta que esta historia se la narraron, y el primer narrador, le dice:

—Le he contado todo esto —me dijo— como si hubiera sucedido. También podría habérselo contado como si fuera a ocurrir en el futuro. Para mí no hay tanta diferencia.

Quizá se trate de una advertencia. Puede suceder.

Y lo confirma Los días liebre, poemario escrito por Clara López, con bellas ilustraciones de Marcos Viso (Kalandraka, 2017). En los quince poemas sabemos sobre la vivencia de una niña, sobre el pulso de su vida cotidiana, que la arrastra con intensidad por los días, se evapora.

Día

que llega

y se sube a mi cama

y me baja

se calza mis zapatillas,

me lleva dormida a la cocina

y desayuna

me ducha,

y se pone la ropa del colegio

(…)

La niña añora la pausa y que los días liebre den paso a los días tortuga.

Los griegos tenían dos dioses para el tiempo: Cronos y Kairos. Cronos (en griego antiguo, kρόνοςkrónos) refiere al tiempo cronológico, secuencial, a la medida cuantitativa; Kairós (en griego antiguo καιρόςkairós) es otro tiempo, cuantitativo, momento indeterminado donde las cosas especiales suceden. Su significado literal es «momento adecuado u oportuno». Como dios, Kairós nunca fue tan conocido como Cronos.

Hay en estos libros un llamado a Kairós.

Así sucede también, en Los espejos de Anaclara (Fondo de Cultura Económica, 2009), de Mercedes Calvo. Poemario ganador el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2008. Anaclara es otra niña llena de preguntas que añora las horas de ensoñación y sabe porque su mamá le cuenta del oro, valor económico, del tiempo. El poema es un precioso caligrama con forma de reloj de arena.

Tengo un problema con los relojes

que aún no he podido solucionar.

Dice mi madre que el tiempo es oro

siempre se escapa, vuela y se va.

Si hoy yo no atrapo ese tesoro

ya no se puede recuperar.

Vuelan los meses

vuela la vida

y mi reloj

tic - tac

tictac

tic - tac

proclaman

serias agujas

el tiempo vuela

¡a trabajar! Pero se yo

que otra voz habla en el reloj.

Me habla de un tiempo para soñar

que no se pierde pues siempre está

y aunque lo use y lo vuelva a usar

siempre es posible recomenzar

 

Todo el tiempo, el tiempo pasa, sacude, se mide, arrastra, corre. Hay un llamado a la pausa en estos poemas, a fisurar la velocidad cronológica y habitar los espacios sin que el tiempo los borre.

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