Las perlas de los chanchos IV

El límite del protocolo

Por Sebastián Míguez Conde / Miércoles 10 de noviembre de 2021

Nuevas olas, cifras que suben, vacunas que llegan, cifras que bajan, cepas nuevas... Seba, nuestro protagonista, sigue sumido en un mundo controlado por el covid, por el miedo, por la impotencia; sigue sumido en un mundo de protocolos, de también, a veces, incoherencias.

Todo lento, agobiante, y a la vez el tiempo que late imperceptible, feroz e implacable, ese pum, pum silencioso que se cuela en todas las cosas del universo. Un momento que late, pum, y estoy sin plata, sin posibilidades, sin poder salir, atormentado por la incertidumbre y la desesperanza. Pum, recibiendo la noticia de que una de las empresas en las que trabajaba se fundió y no nos puede pagar los despidos. Pum, viviendo la esperanza de que todo pasa porque bajan los casos. Pum, viene el verano. Pum, llega en cuotas una vacuna que se supone salvadora. Pum, y buscando trabajo otra vez. Pum, tengo que volver a casa porque olvidé el barbijo y no me dejan entrar al súper. Pum, peleando con la aplicación para agendar a mi madre y a mi abuela en el proceso de vacunación. Pum, y estoy otra vez atormentado por una nueva ola de casos y muertes, por la cepa nueva. Pum, y vuelve a cerrar todo. Pum, y empiezo de nuevo a trabajar en alguna cosa. Pum, y digo con alegría que sí a cualquier clase que me ofrecen dar, aunque me paguen dos pesos, cualquier artículo que pidan escribir, cualquier curso que dictar. Pum, y estoy acá, trabajando por Zoom más horas de las que puedo, escribiendo para muchos lados a la vez, luchando con la tecnología, con el miedo, con la falta de contacto. Late el tiempo y ya pasó un año, yo estoy mil más viejo, y resisto como puedo, como todos. Pum.

La cotidianeidad se acomodó a las normas de la nueva realidad. Fabio, aquel amigo que se obstinaba en usar la inteligencia para reflexionar y no convertir la razón en perlas a los chanchos, dejó de insistir en que nos veamos cuando se dio cuenta de que ya no tengo tiempo de levantarme de la computadora en todo el día.

Esta vez lo llamo yo, sin avisar, creo que se va a poner contento, que va a ser una sorpresa linda. Me atiende sombrío. Que está enfermo, un poco de fiebre y algo más que no me quiere decir. Me lo imagino sentado en el livingncito de la casa, a lo mejor con la estufa prendida pese a que todavía no hace frío, orgulloso, ofendido por mi falta de interés. ¿Precisás algo? No. Corta rápido. No sé por qué, pero me preocupo.

Llamo a Alma. Ella lo conoce más que yo. No atiende enseguida. A esta hora está en la whiskería, a lo mejor con algún cliente. Le mando un mensaje que contesta al rato. Me pide que vaya hasta la casa de Fabio. Me parece una exageración bien consecuente con ella y con la actitud maternal que siempre mantuvo hacia él. Digo que sí de mala gana.

Me molesta sacar el auto a esta hora, es tarde y quiero acostarme. Llego rápido. Fabio demora en abrir la puerta. No se sorprende cuando me ve. Tiene los ojos azules más acuosos que nunca. La piel tan pálida que de lejos se confunde con el pelo rubio casi blanco. Está envuelto en una manta. No me saluda. Se da vuelta y camina al cuarto.

Por instinto me saco el barbijo (no sé por qué hice eso) y lo sigo sin decir nada. En la cama veo una toalla con una mancha enorme de sangre en la mitad. Fabio arranca la toalla manchada de la cama, la tira en una pila de toallas al lado de la mesa de luz, con las mismas manchas tumorales.

—Tengo hemorroides —me dice sin mirarme mientras se acomoda en la cama de costado sobre una toalla limpia que acaba de dejar ahí, dándome la espalda. —Papá también tenía, no pasa nada.

Tiene la voz deformada por el dolor. Me hago cargo rápido. Llamo a la emergencia, alguien con voz ejecutiva teclea en una computadora y me dicen que Fabio ya llamó varias veces, que saben que tiene fiebre y están esperando que lleguen a hacerle el hisopado. Habla algo del protocolo que yo no escucho porque corto furioso.

Fabio es un hombre de cuarenta años, grande, musculoso, pero se deja hacer como un niño. Está completamente debilitado por el dolor y por el miedo. Lo visto con cuidado, una remera, un buzo, le limpio con alcohol la sangre seca de las piernas, de las nalgas, de los huevos, le pongo un bóxer. Apenas levanta la pierna para ponerse el short, el bóxer se mancha de sangre.

Abro la puerta de atrás del auto para que suba, queda mirando. «Te voy a ensuciar el asiento». Lo obligo a entrar. Se acuesta de costado. Viajamos en silencio y rápido.

Llegamos al hospital. Puedo estacionar cerca, casi en la puerta. Hay mucha gente esperando afuera. Fabio no se queja por ponerse el barbijo como siempre hace en todos lados. El dolor lo volvió sumiso, desamparado. Los acompañantes no pueden entrar, me dice un vigilante. Lo ignoro y entro igual. Fabio queda apoyado contra la pared a un metro de la ventanilla. Tiene el short y las piernas manchadas de la sangre que sigue goteando, imparable. El guardia lo ve y deja de insistir.

En la ventanilla una muchacha flaca de voz finita que me atiende (a la que le explico lo que pasa), se enoja porque fuimos presencialmente cuando «el paciente» (así le dice la flaca a mi amigo) tiene un hisopado pendiente. Empiezo a discutir. Viene alguien más, un tipo alto que me habla fuerte y mal desde atrás de la mampara. Y que el protocolo, y que si no hay riesgo de vida. Y yo cómo carajos sé si hay o no riesgo de vida, no ven que está cagando sangre, manga de inútiles. Y que el protocolo. Y que el protocolo y la concha de tu madre, que si no lo atienden rompo todo. Les grito mi nombre, «búsquenlo en internet, los escracho en todos los putos medios de comunicación por omisión de asistencia y me cago en todos ustedes si son capaces de mandarlo para atrás mientras no le para el sangrado, ¿me entienden lo que les digo?». Alguien que espera a ser atendido saca el teléfono y empieza a filmar.

Le hacen señas al vigilante que se acerca, dice algo, pero yo no escucho. Les grito que llamen a la policía, que si no lo atienden que la van a tener que llamar igual porque me van a tener sacar de ahí a los tiros. Más gente filma. Acceden a atenderlo, con la condición de que yo salga. Fabio sigue apoyado en la pared. En un momento pienso que me estoy imaginando la sangre y que no la ven los otros. Tal vez soy un desquiciado.

Lo hacen esperar, veo por la enorme puerta de vidrio que le hablan mal, le piden los datos como si estuvieran rezongando a un niño. Me aguanto la furia con tal de que lo atiendan. Él se va a un rincón, camina con dificultad y queda ahí, parado sin saber cómo acomodarse. Se limpia la vergüenza de los ojos con el dorso de la mano. Nunca dejó de mirar para abajo.

Cinco minutos después, o menos, vuelvo a entrar pechando al vigilante (me acabo de dar cuenta de que es venezolano). «Me estás complicando, hermano». No me importa. Llego a la misma vez que dos personas vestidas como en las películas de pestes: trajes azules, delantales de papel, máscaras, guantes. No sé si son médicos o enfermeras, viejos, jóvenes, hombres o mujeres.

Son mujeres, una de ojos minúsculos como un ratón y la otra con pestañas larguísimas y negras. La de los ojos de ratón me explica algo del protocolo y que si espera hisopado no puede estar ahí a menos que haya riesgo de vida.

Entonces, como una epifanía, mirando los ojos de ratón de la mina, me doy cuenta: no saben qué hacer, están aterrorizadas, confusas. A lo mejor perdieron a alguien en la pandemia, un compañero, un familiar, un amante, vieron más muertes de las que se aguantan, qué se yo los terrores que han pasado, lo que han vivido en este tiempo. Lo que sé con una seguridad absoluta, es que no tienen idea de qué es lo que deben hacer, cuál es el límite del protocolo.

La de las pestañas largas está teniendo una epifanía también, la está teniendo mientras la otra habla, mientras ve a Fabio, enorme, hermoso, a punto de llorar, débil, avergonzado, con sus músculos de piedra contraídos por el dolor, las gotas de sangre que empezaron a juntarse en el suelo al caer desde el borde del short. Levanta la mano para interrumpir el discurso de la otra y le dice que lo van a atender ahora mismo. Ella se acerca con cuidado, sin saber dónde tocarlo para ayudarlo a caminar, como cuando alguien se acerca a un perro herido. La de ojos de ratón no entiende mucho, pero asiente. Me mandan para afuera otra vez.

Tres horas después estamos de vuelta en el auto. Le hicieron un test rápido y dio negativo al covid y tiene que esperar el resultado del otro test, que dura dos días. Lo cortaron. Es una intervención ambulatoria, me dijo la muchacha de ojos de jirafa cuando lo acompañó a la salida. Me dijo también algo sobre que se complicó una trombosis, y cosas que no entendí, algo de unos medicamentos, que ya le explicó a Fabio. Nos pidió disculpas, que esos casos no están tan claros en el protocolo, «y perdónennos, de corazón se los digo». Y creo que sí lo dijo de corazón. Fabio está en silencio.

Llegamos a su casa. Se tira boca abajo en la cama. El dolor se le pasó por los medicamentos y ahora está temblando de humillación y de rabia. Voy por el otro lado de la cama y me acuesto boca arriba, al lado suyo. Yo también estoy agotado. No sé qué decir, pero tampoco sé si está bien que me vaya enseguida.

Entonces se acomoda y me abraza fuerte, con la cara apoyada en mi pecho. Dice «gracias», y se larga a llorar. La cama vibra al son de ese lamento profundo, terrible, oscuro y solitario que tenemos los hombres cuando lloramos desde la raíz misma del pecho. «No pasa nada, Fabio, no pasa nada». Al rato se duerme agotado. Yo también.

Me escurro de madrugada, como un amante avergonzado. Llego a casa y le mando un mensaje a Alma para contarle todo, y le pido que lo visite mañana. Yo no voy a poder. La intensidad de Fabio me agota, su soledad, su desamparo. Además, tengo que trabajar doce horas casi seguidas, y luego corregir trabajos y escritos. «Y, Alma, no lo dejes solo». Te lo pido, porque, aunque no te lo voy a decir, yo sí voy a hacerlo. Y voy a arrepentirme mucho.

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