A 20 años de Los Redondos en Uruguay

El pogo más grande del mundo

Por Escaramuza / Jueves 22 de abril de 2021
Foto: Álvaro Percovich

Hace veinte años, un 22 y 23 de abril de 2001, Montevideo se preparaba para recibir en el Estadio Centenario a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, sospechando, aunque sin saber, que aquellas dos noches serían las últimas para brillar con la banda argentina. Álvaro Percovich y Amalia Rossi comparten una breve crónica del acontecimiento, fotografías, recuerdos y una playlist.

Vienen los Redondos a presentar el Momo Samper y yo sin laburo, sin un mango; difícil el 2001 para la clase media trabajadora en Uruguay. Lo charlamos con amigos, algunos ya tienen la entrada. Pasan unos días y, de repente, mi querido amigo El Chino me viene con uno de los mejores regalos que recibí en la vida: mi entrada para la presentación de Momo Sampler en el Estadio Centenario de Montevideo, que además de ser el papel que me iba a permitir ingresar, es un objeto hermoso.  

Los días siguientes son de ansiedad total, no hablamos de otra cosa, no paramos de organizar la ida al toque, dónde nos encontramos, a qué hora arrancamos, vamos caminando tomando una.  Las noticias anuncian hordas de ricoteros drogados copando la ciudad de Montevideo y si bien yo ya no soy una nena, mis viejos preocupados me preguntan:

—¿De verdad vas a ir?

—¡Obvio que voy a ir!

Se extiende el rumor sobre el último toque en el ambiente. Hay que ir, hay que estar, tal vez esa sea la última oportunidad, la última vez, la última misa.

Llega el día, qué gran día. Nos juntamos temprano; la verdad que ya no recuerdo la totalidad del equipo que arrancó caminando por Garibaldi rumbo a vivir una noche que, aún no sabíamos, iba a ser histórica.

Las hordas de ricoteros, nacionales e importados, van entrando al estadio —mi primer show en el Estadio— bastante ordenados, tomando en cuenta los miedos previos. Entramos, nos sacan los encendedores —¡Nooooo! ¡¿con que vamos a prender ese?!—, El Beto saca una cajita de fósforos salvadora —qué alivio—, que se convierte en la salvación de nuestra banda y de los vecinos fumadores que nos tocan en la tribuna del Centenario.

Dos baterías en el escenario: primera y última vez en mi vida que vi y escuché dos baterías en vivo, como sonaba eso, madre mía. La noche está fresca, pero es hermosa, la energía que hay en el aire es única, poderosa. Van pasando los temas, todos himnos; ya en ese momento eran himnos. Cantamos, bailamos, nos gozamos, disfrutamos como si de verdad supiéramos que es la última. Se me hizo cortísimo, no lo fue. Hubiera estado diez horas en ese trance de comunión y amor con mis amigos y con ese montón de desconocidos que estaban en la misma que nosotros.

Termina el toque, volvemos caminando, pasados de rosca totalmente, hablando y comentando, unos sobre los otros, a los gritos, la experiencia vivida, llenos de adrenalina.

Hoy, veinte años después, me pongo a escribir esto y hay imágenes difusas en la memoria, pero la emoción está intacta, es más, hasta un poco exacerbada al saber que estuve ahí, en esa misa histórica, sin saber a ciencia cierta que era la última. Esa fue la última vez que brillamos juntos.

AMALIA ROSSI

Entrada para el concierto de Los Redondos. Foto: Amalia Rossi

 

Playlist con los temas que sonaron en el concierto del 22 de abril de 2001 en el concierto de los Redondos, en el Estadio Centenario de Monevideo.

 

El 22 de abril de 2001 no fue un día cualquiera. Ese día tocaban los Redondos en el estadio Centenario.

A mí me agarró, por suerte, trabajando para el diario El Observador, y había que ir a cubrir el gran evento. Y por supuesto, yo que estaba en esos tiempos muy interesado en cubrir toques de rock, y además me gustaban mucho Patricio Rey y su banda, enseguida me ofrecí para cubrirlo. Conté para poder acceder a ello, con que mis compañeros fueron muy amables y solidarios y ninguno se ofreció también. Así que ese sábado arranqué para el estadio, a vivir una experiencia muy especial.

Mezcla de compromiso periodístico y fanatismo, entramos apenas tres fotógrafos a trabajar, era muy limitada la acreditación, sinceramente no recuerdo por qué. Así que caminamos por una pasarela que se desplegaba a lo largo de toda una empalizada que separaba el escenario de la platea. Desde allí teníamos que hacer el registro, con un ángulo bastante contrapicado, que limitaba la visión de todo el escenario, casi se podía trabajar solo con la figura de cada uno de los músicos.

Ese caminero estaba por debajo de la altura máxima de la empalizada, aproximadamente un metro y algo, por lo tanto si caminabas agachado no te podían ver desde el lado del público, pero si te parabas, eras lo más parecido a una cinta de pasada al estilo de los patitos y tiro al blanco, de un parque de diversiones. Además en ese lugar estaban ocultos unos cuantos muchachos de la seguridad del show.

Los ricoteros que estaban pegados a la empalizada, que eran de los más «activos» en manifestar su alegría por estar allí, je, y tenían un pogo permanente, de vez en cuando se divertían saltando y tratando de alcanzar a alguno de esos seguridad, que no les daban chance a treparse, para saltar al otro lado.

Imagino, fantasía mediante, que lo que viví fue lo más parecido a estar en un fuerte yankee, asediado por los apaches. Por momentos la cosa estuvo fiera, por aquello de mantener la integridad física. Pero no importaba, todo era una fiesta, y yo estaba allí.

Las imágenes a continuación son un resumen de lo que registré.

Espero que lo disfruten después de veinte años, en los que por suerte quedan los recuerdos de quien pudo estar y las fotografías que lo documentan.

PERCO

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