Caja de herramientas

Instrumentos para un cuento a partir de Lorrie Moore

Por Tamara Tenenbaum / Viernes 16 de abril de 2021

Todas las escritoras y escritores tienen sus metodologías, instrumentos y estrategias para enfrentarse al proceso creativo de la escritura. Tamara Tenenbaum abre su caja de herramientas y comienza una nueva columna con los apuntes recogidos a partir de la lectura de los cuentos de Lorrie Moore.

Escribir es, en algún sentido, un trabajo; puede que te paguen por eso, que tengas fechas de entrega, que necesites organizarte para cumplir con ciertas obligaciones; que tengas que lidiar con editores, correctores, productores, con las demandas de otras personas. Si hay dinero y demandas ajenas involucradas, creo yo, entonces hay trabajo. También hay otra interpretación mediante la cual puede sentirse un poco alienado, un poco forzado, intentar imponerle la lógica del trabajo a cualquier aspecto de la vida, y en especial a lo que involucra la escritura.

Por eso la idea de tener un método o una rutina, como tienen muchas personas que escriben, me incomoda. Hasta los escritores en la ficción tienen rutinas: Jo March, la protagonista de Mujercitas, se encerraba en un cuarto y se ponía una gorra específica para que todos supieran que estaba concentrada y no había que molestarla. Me resisto a este tipo de hábitos, a escribir una página por día o una equis cantidad de horas: creo más en el caos, incluso cuando tengo fechas límite, prefiero confiar en que de una manera o de otra los procesos se decantan y las cosas suceden.

Todo este prólogo es para decir que, sin embargo, sí tengo algunas costumbres cuando estoy escribiendo algo. La más importante es, sin dudas, la que voy a exponer a lo largo de esta columna: si estoy trabajando, por ejemplo, en un libro de cuentos (como lo hice hace un par de años con mi libro Nadie vive tan cerca de nadie), me dedico básicamente a leer libros de este género y a tomar notas sobre cómo están construidos.

Hace unos años, directamente, empecé a plantearlo en términos de copia, como si estuviera pensando qué debería hacer para copiar a un autor o un texto. Fue a partir de una conversación en Facebook con el autor argentino I Acevedo: yo escribí en mi muro que lo que me molestaba de leer a Amy Hempel era que me daban ganas de dejar lo que yo estaba escribiendo y sencillamente copiarla, y él me contestó «copiala: si de cualquier modo no te va a salir igual». Me pareció un consejo fantástico, y una de las grandes ventajas de la literatura. Así que eso es lo que se va a leer mensualmente en esta columna: instrucciones para copiar algunos de mis libros favoritos, en todos los géneros que he trabajado.

Hoy es el turno de Lorrie Moore y su primer libro de cuentos, Autoayuda, de 1985. En esta ocasión expondré mis apuntes numerados (a lo largo de la columna, iré investigando cuál es el formato más claro para exponer estas cosas que nunca antes intenté transmitirle a nadie).

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Herramientas para un cuento:

1

En este libro, Lorrie Moore juega sobre todo con el imperativo y con las instrucciones. Lo titula Autoayuda justamente por eso, porque lo que distingue a los libros de autoayuda (paradójicamente o no) es esa forma de hablar, como hoy lo hacen los influencers o esos carteles que algunas personas cuelgan en sus casas: «bailá como si nadie te estuviera mirando», «cerrá los ojos, soltá». Moore explora este registro desde muchos puntos de vista: imperativos más duros (más cercanos a la orden) y otros muy blandos, tan blandos que apenas son un presente, son solo una forma de girar sutilmente la narración. Pero en todos los casos, el hecho de moverse del indicativo aunque más no sea en el título produce algo: un efecto desestabilizador. Las bases son débiles: en casi todos los relatos la sensación es que avanzamos por ellos a tientas. Es como si Moore quisiera dejar explicitado que somos víctimas del narrador o del personaje que pone la perspectiva, que siempre estamos perdiéndonos de algo; cuentos que no cuentan la historia completa.

2

Moore juega mucho con la ironía. Pasé bastante tiempo preguntándome por qué funciona, por qué no se siente como un cinismo, como una estrategia del autor de ponerse por encima y por delante del relato. Mi respuesta provisoria es que en los cuentos de Autoayuda, y en muchos otros cuentos de Lorrie Moore, son los personajes los irónicos, los que se hacen los ingeniosos; es parte de su miseria, y por eso nunca molesta. La ironía molesta cuando procede del autor.

3

Estoy un poco cansada de la escritura creativa del show, don't tell («mostrá, no digas»). Entiendo a qué se refiere, y yo también, a veces, a mis alumnos les digo «esta frase podría convertirse en una escena», pero me parece que es una especie de ortodoxia inventada basada en una mala lectura del minimalismo norteamericano, que olvida dos cosas: primero, que al menos en castellano tenemos el verbo narrar, y que para narrar hay que mostrar y hay que decir; y segundo, que así como decir sin mostrar se puede volver expositivo, mostrar sin decir se vuelve vacuo, una sucesión de imágenes que no van a ninguna parte, como si no fuera importante tener algo que decir. Todo esto lo escribo porque teóricamente Moore representa ese lema, y esa me parece (ya lo dije, perdón por la saña) una mala lectura: en Autoayuda, de hecho, se dice muchísimo. Se dice sobre el amor, se dice sobre la vida, se explican cosas, pero Moore tiene mucho cuidado en dos aspectos: por un lado, otra vez, son los personajes los que dicen, no el autor; y por el otro, Moore siempre se organiza para que lo que parece que se dice no sea lo único que se diga. Todo lo que parece dicho dice, pero además, muestra.

4

En la primera oración de un cuento (igual que en la primera oración de la novela) siempre tiene que pasar algo, pero ese «pasar algo» no tiene por qué tener relación con la trama (aunque sí un peso para el cuento). A veces puede tener un peso emotivo, estético o intelectual que vaya más allá. Lorrie Moore hace algo muy especial, sobre todo a la hora de armar un libro de cuentos y una obra como cuentista: va jugando mucho con la importancia que la trama tiene en cada uno de sus cuentos, en algunos es importantísima y en otros casi no existe.

5

El orden en el que se narra: trastocarlo, no solo desde la temporalidad sino también desde la lógica.

6

Moore juega en Autoayuda con muchos procedimientos: ya mencioné el imperativo y las instrucciones, también usa listas, enumeraciones. Pero hace algo muy inteligente: se enamora de un procedimiento (por ejemplo, en el segundo cuento de Autoayuda, una sucesión de fotos familiares que se describen minuciosamente) y sencillamente lo suelta cuando quiere. No se obliga a cubrir con él todos los bordes de un cuento. Los procedimientos son juguetes, antes que principios constructivos.

7

En algunos cuentos hay suspenso en el sentido tradicional, pero en muchos otros Moore pone en funcionamiento algo a lo que yo decidí llamar «suspenso corrido»: lo más importante de una trama (quién va a morir, quién va a separarse, quién se enferma, quiénes vienen o se van) se anuncia relativamente cerca del principio sin demasiados ocultamientos. Eso produce, por un lado, una sensación de alivio (lo peor ya me lo dijeron), una especie de relajación que permite concentrarse más en el camino que en el final y también una especie de intriga literaria: ¿Qué va a hacer el autor después de esto?

8

Y lo último, una lección posible para un libro de cuentos, que tomé para el mío (no siempre hace falta pero a mí me resulta muy hermosa): plantar pequeños tesoros en los cuentos que los enganchen unos con otros, pero no a partir de la narración y las tramas sino de otros componentes. En Autoayuda, por ejemplo, muchos personajes dicen en algún momento que están bien, «estoy bien», «voy a estar bien». Algo los va hermanando en esa repetición.

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