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Narrativa uruguaya

Leé un avance de «En el cuerpo de quién», de Sebastián Miguez Conde

Por Sebastián Míguez Conde / Jueves 01 de junio de 2023
Detalle de portada de «En el cuerpo de quién» (Criatura, 2023). Ilustración: Gabriela Sánchez.

Quienes conocen la narrativa de Seba Miguez Conde saben que no se trata de literatura liviana para pasar el rato. Premio Onetti 2022, la novela En el cuerpo de quién (Criatura, 2023) se mete de cabeza, por la vía de una tragedia demasiado cercana, en un submundo oscuro e inquietante.

Tenía que contener ese deseo, esas ganas de saciarme, de abrirlo, de jugar con sus órganos como trofeos escondidos.

Mariana Enríquez


22

Me costó darme cuenta de que eso tan oscuro que pendulaba apenas movido por el viento era mi madre.

Lo primero que me asaltó en ese momento no fue el terror, la pena o la compasión por ella o por mí. Lo que me chocó el razonamiento como un tren fue una imagen: ella, mi madre, treinta años atrás, siendo montada con ferocidad por don Antonio en una mesa de cocina de campo.

Mi mamá hermosa, pura y buena, jadeando guturalmente, los ojos en blanco, el hombre afirmándose en ella con rabia, los dientes a la vista, furioso. Don Antonio le empuja la cabeza a mi madre contra la mesa y le tira del pelo: «Te gusta, puta. ¡Pedí!». Y ella pide.

Tengo seis años. Estoy aterrorizado, parado en la puerta de la cocina, frente a don Antonio que me mira y me grita que me vaya. Mamá hace como que no me escucha y sigue haciendo ruido, su cara apoyada en la mesa, los ojos todavía en blanco. No entiendo ese ruido que hace, creo que sufre. El viejo me grita como cuando echa a los perros que quieren entrar a la casa. La embiste una vez, y otra, y otra más. Le aprieta con fuerza la cabeza contra la madera, ella sigue con el ruido. Mamá sufre y yo tengo mucho muchísimo miedo. Don Antonio me tira un zapato que me pega en el estómago, me voy al otro lado de la pared y me arrollo a llorar en silencio, con las manos juntas tratando de taparme la boca abierta para no hacer ruido.

Cuando terminan, pasan frente a mí sin mirarme. Mi madre se arregla la ropa y se acomoda el pelo. «Mamá», digo, pero nada. Ella camina hacia el baño. La mirada en el piso, ahora creo que avergonzada, pero en ese momento pensé que estaba enojada conmigo. Don Antonio me acaricia la cabeza y me pone en la mano un par de billetes que yo no sé cuánto valen. Dejo caer la plata al suelo.

Cuando mamá vuelve a la cocina, junta los billetes, me los guarda en el bolsillo y esquiva mi mano infantil que acerco a su cara todavía dibujada con las marcas de la madera dura de la mesa. Tiene que seguir trabajando para prepararle la merienda a la señora y las hijas de don Antonio, que seguro están por llegar en cualquier momento. Me da un bizcocho en un plato.

No puedo dejar de llorar, lo hago bajito para no disgustar a mamá o al viejo, que quedó parado en la puerta de la cocina con los brazos cruzados mirándome y abriendo la boca varias veces para dejar salir alguna palabra que nunca va a decir. No sé cómo parar. Mojo el bizcocho con los mocos y las lágrimas. Me da asco y no como más que un bocado.

Treinta años después, cuando estoy frente a mi madre colgada del tirante que sostiene el parral, vuelvo a verla y a escuchar ese gemido gutural y terrible.


Antes de seguir tengo que contarte, Julia, que tengo instalado en la raíz del oído un zumbido que me atormenta un poco, aunque estoy acostumbrado. Es algo constante, que varía en volumen y en intensidad. Muy difícil de describir. Único. Un sonido que alguna vez, de chico, escuché fuera de mi cabeza, en el campo.

Fue una tarde de verano. Mamá había empezado a trabajar como empleada doméstica en la casa de don Antonio. Ella estaba contenta, él era un médico muy famoso, respetado y pagaba bien.

El médico se iba en verano a pasar un mes a su chacra de Salto. Se llevaba a mi madre para que atendiera la casa y para que cocinara para él, para su mujer horrible y sus hijas maleducadas, todas con la piel triste como manteca rancia.

Ahí, en la oscuridad de la noche, en la inmensidad del campo, escuché el zumbido. Lo escuchamos varios. Fue algo largo, un silbido sostenido y agudo como la música de una chicharra, pero lleno de aire. Los peones fumaban.

Cuando pregunté qué era ese ruido, uno con los ojos demasiado separados entre sí me dijo que era el cantar de una culebra, hace ese ruido para que los bichos crean que hay un pájaro chico o un grillo y, cuando se acercan, la culebra los atrapa y se los come.

—Cualquier cosa decís, cantan porque viene la tormenta.

—Nada que ver, cantan para anunciar desgracias.

—No, avisa que sopla el pampero que trae la semilla de la locura, hay que tener cuidado.

Alguien se persigna mientras deja escapar el humo del tabaco.

De adulto supe que las culebras no emiten sonidos, que lo de su cantar es un mito. Pero yo lo escuché y los que estábamos ahí también. Ese silbido constante vive desde hace años en algún lugar oculto atrás de mi oído, zumbando permanentemente. Es algo que habita el backstage de mi cerebro, el mismo canto, pero multiplicado por mil, por un millón. Hilos finísimos de notas agudas. Se hacen escuchar con fuerza a veces y otras se desdibujan entre los asuntos del día, casi inaudibles, pero siempre ahí.

El jueves de mañana, cuando encontré a mi madre colgando del tirante en el fondo, iba a ser un día tranquilo, si no fuera porque el cantar de las culebras me molestaba un poco.

Se suponía que yo iba a estar instalado en Buenos Aires desde el miércoles, por unos días, para firmar el contrato de confidencialidad de un trabajo nuevo, pero el gerente de la empresa se atrasó y nos corrieron el viaje una semana. Me avisaron cuando ya estaba en el puerto para embarcar.

Llamé a mi madre para contarle que posponía el viaje e iba a ir para su casa a almorzar con ella y a que me diera el organizador para mis remedios de la semana, pero nadie me contestó. Hacía unos días que no hablábamos.


Te decía, Julia, que cuando encontré a mi madre, la música de las culebras me estaba molestando. Subió el volumen de su canción apenas bajé del taxi frente a su casa.

El jardín de muro bajo, prolijo, habitado por macetas rojas y silenciosas, plantas grandes, un cuadrado de pasto, una lavanda llorando su perfume en medio, el portón del garaje a la derecha. La puerta de calle de lejos parecía cerrada, pero al acercarme me di cuenta de que estaba solamente apoyada en el marco, abierta. Mamá nunca dejaba la puerta de calle así, jamás.

Mariana Amanda, la vecina, como todo el día, todos los días, estaba mirando por la ventana. Mariana Amanda con su cuerpo enorme, su matita de pelo en la cresta de la cabeza, el mate humeante, los ojos de ratón más chusmas del mundo.

Se da cuenta de que pasa algo cuando ve mi gesto al bajar del taxi. Sale rápido. Se sorprende y se lleva la mano al pecho lleno de migas de pan y galletas. El mate en la mano.

—¿Estará todo bien?

—Sí, no se preocupe. —No quiero lidiar con ella.

Apenas entré empezaron a gritar con fuerza las culebras. Arrugué la cara por el embiste agudo del sonido. Los muebles antiguos del living. Motas de polvo suspendidas en el aire, iluminadas por el sol que se colaba por los ventanales. Los techos altísimos de casa vieja. Algo me debe de haber impresionado al entrar porque dejé la puerta de calle abierta para atrás y a Mariana Amanda, que salió de su casa y quedó mirando hacia adentro desde la vereda. Tal vez fue el agobio del peso del silencio de la casa, sus latidos graves y espaciados o el contraste con el escándalo de los zumbidos.

El living vacío. Al fondo del corredor, al cual dan todas las habitaciones y el baño, la cortina del patio trasero se mueve apenas, invitándome a llegar. Me estremezco apenas cuando, ya en el corredor, siento a mi derecha la presencia ineludible de la puerta de madera antigua que mi madre cerró con llave para siempre, la habitación a la que tengo prohibido entrar. Esa puerta enorme, silenciosa. Una corriente de aire que hiela los huesos me atraviesa el cuerpo desde atrás, me llama al patio. La cortina del fondo sinuosa, delicada.

La entrada al patio del fondo parece alejarse un poco con cada paso que doy. El cantar de las culebras me aturde. Las habitaciones están abiertas, pero no miro directamente hacia ninguna. Intuyo la cama de dos plazas impecable de mi madre, en frente, en la que fue mi habitación, mi escritorio de adolescente, la luminosidad de la ventana sobre mis papeles, casi al final, la puerta cerrada del baño.

La cortina del fondo no llega a tocar el piso. Se sigue moviendo apenas y me muestra en medio del patio el zapato de mi madre al lado de la alcantarilla.

Estaba ahí, estoy ahí. Entro al patio. El zapato chato, discreto, al revés. Abro la cortina. Algo hay arriba del zapato, ¿es mierda? Gotas de líquido espeso caen sobre la suela, un bulto grande pendula encima del zapato manchado, sopla apenas el viento, la corriente helada, la sombra del bulto dibujada en el piso.

La punta de un pie descalzo hacia abajo, el otro zapato en el otro pie. Un banco lejos, caído. Las piernas sucias, hinchadas, la pollera sobria, las medias de nailon están bajas a dos niveles distintos. Siguen cayendo las gotas sobre el zapato. Es mierda, sí, y un jugo oscuro, grueso. No puedo ver bien el cuerpo porque está cubierto por un manto denso de moscas verdiazuladas.

Decido que quiero ignorar el olor que me hace llorar de asco. Escucho por primera vez el zumbido de las alas de diamante del enjambre de moscas, el zumbido se mezcla con la música de las culebras.

Me duele un poco el cuello al levantar la cabeza. Solamente veo las moscas que se confunden unas con otras formando una sábana enorme de colores preciosos, una sábana tornasolada de rubíes y esmeraldas minúsculas que se mueven, juegan entre ellas, bailan con sus alas transparentes. Miles de haditas de colores son las moscas. La sábana se abre por un segundo, como si se levantara un telón mágico, y deja el cuerpo de mi madre expuesto para mí en su máxima plenitud. ¿Me está mirando?

Su pelo está húmedo y lleno de hormigas que llegan desde la parra hasta el tirante de madera y bajan por la cuerda hasta el cuello. Creo que me mira, enfoca en mí el ojo que tiene entreabierto. Llora una mucosa que le cae en la boca abierta y azul. No es posible que la lengua sea tan enorme. Tiene en el rostro marrón ríos delineados en un rojo intenso que se pierde en lo negro de la garganta. El cuello está tan inflamado que la cuerda quedó perdida entre sus pliegues, entre ellos caminan contentas las hormigas. Parece que está arañado, pero podría ser la piel por reventar de la hinchazón.

Hace mucho frío, pero yo estoy sofocado. Las gotas gruesas que caen al suelo por las puntas de los dedos de su mano, hinchados, amoratados. Esas manos tan hermosas, manos de trabajo, de cariño, de sacrificio, gotean jugos de muerte maciza, pesada. La sábana se cierra. Los rubíes y esmeraldas la llenan de colores, y entonces la imagen de cuando era montada por don Antonio.

El suave, sencillo y sensual siseo de las moscas que se intensifica con furia. Y las culebras. Y más moscas. Y sus gemidos. Los dientes de don Antonio. Las moscas, las culebras y la sábana tornasolada que me busca, y me quiere envolver, y succionar hacia ese cuerpo podrido, hediondo. Y yo no voy a poder resistir, las moscas, las hadas me quieren empujar dentro. Las moscas quieren meterse en mi cuerpo por mi boca, por mi nariz, por mis oídos. Pierdo el equilibrio, me voy a caer al suelo manchado de los jugos putrefactos de mi madre. «Tranquilo, querido, tranquilo», me repite y se repite la gorda Mariana Amanda mientras me lleva adentro.


Tiembla, se nota mucho en la bombilla del mate que sostiene en la mano. No escucho nada de lo que me dice. Algo de llamar a la policía. Lo hace. Ya en el living, me doy vuelta, miro al final del corredor otra vez a mi madre en el patio del parral, pendulando en el vacío, un par de hadas tornasoladas con alas se mueven de su cara y ahí está su ojo viéndome con una desolación enorme, no entiendo lo que me quiere decir.

Es la última vez que voy a ver a mi madre. Estoy apoyado en el brazo de la gorda buena, que de pronto se me ocurre que es hermosísima. La gorda hermosa no deja de temblar de la impresión. Siento la puerta antigua tapiada, una presencia que ya era enorme y que de alguna manera se volvió más grande. Ahora solamente queda esperar en silencio a que llegue la policía a llevarse lo que queda de mi madre.

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