Difusión

Leé un fragmento de la novela «Irse yendo», de Leonor Courtoisie

Por Escaramuza / Jueves 15 de julio de 2021
Fragmento de ilustración de cubierta de María Agustina Fernández Raggio

Compartimos algunas páginas de la primera novela de Leonor Courtoisie, Irse yendo: un relato fragmentario, un drama familiar escrito con humor y sin tapujos en el que la protagonista, en un intento por restaurar la felicidad de la familia, decide cortar el gomero del patio de la casa y montar una obra de teatro mientras sobrevuela otros escenarios montevideanos.

Leonor Courtoisie (Montevideo, 1990) es creadora escénica, actriz y escritora. Desde 2017 coordina el sello de dramaturgia Salvadora. Es miembro del Directors lab del Lincoln Center Theatre de Nueva York. Su obra Duermen a la hora de la siesta (2019) obtuvo el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay en Dramaturgia Inédita. También recibió el Premio Molière a la creación teatral que otorga la embajada de Francia en Uruguay. Publicó la obra dramática Corte de obsidiana (2017) y el poemario Todas esas cosas siguen vivas (2020). Irse yendo es su primera novela.

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La casa, mi madre, mi hermano, mi novio y yo

Somos iguales a una familia tipo de alguna telenovela argentina. En Uruguay no existen las telenovelas. Un día hicieron una o dos pero después no hicieron más nada porque no había dinero. En Uruguay no hay dinero pero hay progresismo y desde que hay progresismo las personas deciden o creen tener maneras de consumo parecidas a las que tienen los ricos de las clases altas. En mi casa nadie tiene dinero. La única que tiene un trabajo fijo es mi madre. Mi hermano trabaja los viernes, sábados y domingos en Caín, un boliche que dice ser la «principal disco diversa de Uruguay» y que tiene a las mejores drags de Montevideo. Con mi hermano peleamos siempre, él defiende al dj abusador y yo me enojo, o defiende al community manager que les dijo «feminazis» a las que escracharon al dj abusador, y me enojo. Me enojo siempre con mi hermano aunque mi madre me diga que no lo trate como lo trato. Mi madre lo sobreprotege. A veces creo que lo cuida así porque es puto y siente culpa, pero no estoy segura. El community que les dijo «feminazis» a las que escracharon al dj abusador vive a dos cuadras de casa, y medio que se hizo amigo de mi hermano pero yo sé que no, porque mi hermano no tiene amigos, pero igual mi hermano lo defiende de que diga «feminazis» porque dice que el community viene de un barrio pobre de la periferia de la ciudad y que su padre trabaja como recolector de basura con un carro tirado por un caballo. A mí no me parecen excusas suficientes pero ya casi que no digo nada porque es para problemas y porque soy la única que no tiene trabajo formal. Mi novio tampoco tiene trabajo, escribe para un diario progresista en el que le pagan cuando quieren y después ganan premios gringos que dicen que son el mejor medio de comunicación de Uruguay, un medio «de izquierda» que no le paga en tiempo y forma a sus trabajadores y que curra con placebos de Soros o alguno de esos, y cuando no está escribiendo para el medio progresista carga y descarga camiones con cajas de una empresa que arregla y vende impresoras. También escribe libros, pero en Uruguay no pagan por escribir libros. Yo a veces escribo y doy algunos talleres, pero lo único que sé hacer es teatro. Estudié teatro porque era lo más parecido a cine que se podía estudiar gratis en Uruguay. El teatro no me da dinero. Hace tres años que estoy ensayando una obra con un grupo pero no recibo un peso y yo necesito dinero para cortar el árbol para sacarle la depresión a mi madre. Cortar un árbol es costoso. Hace poco escribí: esto es lo único que sé hacer, es de lo que más sé y es lo que sé hacer. Le dije a mi madre de hacer una obra en la casa para conseguir dinero para cortar el árbol y que solo cortaría el árbol si hacíamos esa obra para que antes de cortar el árbol muchas personas vieran la misma imagen que veo cuando me siento en el sillón a determinada altura del suelo, levanto la mirada al enorme ventanal y sigo con los ojos el tronco grueso que corta la puerta en diagonal y las ramas que suben hacia el cielo. Quiero que se detenga el tiempo, mamá, eso le dije. Hago procesos imposibles que duran demasiado.

 

La primera vez

Llegué tarde. Estaba viviendo en Argentina, y en Uruguay cambiaba la hora ese día. Algo de la matriz energética y de aprovechar la luz. Ni me enteré de la modificación del tiempo y caí una hora después. Roberto me llamó para preguntarme si había pasado algo y nada. Llegar tarde a los entierros y a los primeros ensayos, mal presagio. Por suerte estaba a unas cuadras en la casa de un amigo de un novio que tenía que no era ninguno de los dos que había tenido antes, apuré el paso y ahí los vi, todos espléndidos esperando para empezar el primer día de lo que serían casi tres años de mi vida. El espacio era un poco extraño, algo así como el garaje de una casa donde uno de los integrantes del elenco estaba alquilando porque se había separado de su esposa, la madre de sus hijos. Había un proyector preparado y ansiedad de las primeras veces. Vimos un fragmento de la película de Edward Snowden y un unitario sobre la intersexualidad con una entrevista que le hace Gastón Pauls a Antonella Costa. Plantearon el primer ejercicio sobre hacer una escena en un baño y desarrollar la primeridad, la primera vez que se dice o se escucha una cosa, y yo hice mi primera mentira. Les dije que estaba viviendo en Montevideo pero hacía un año que vivía en Buenos Aires. Pusimos los nombres en una bolsa para armar los dúos y por suerte me tocó con Carlos, que justo estaba ensayando una obra en la vecina orilla. Terminamos en un bar del que me fui temprano porque de madrugada debía tomarme el barco.

 

Simbiosis

Mi hermano mira la tele acostado en la cama de mi madre. A veces creo que son la misma persona. Mi madre y mi hermano son la misma persona. Mi hermano habla igual que mi madre, dice los mismos comentarios que diría una señora de más de sesenta años. El volumen alto de una comedia turca. Tengo un cuchillo en la mano porque unté mermelada de arándanos en un pan casero. Entro al cuarto de mi madre y le digo a mi hermano que apague el televisor o baje el volumen. Mi hermano no contesta. Mi hermano suele no contestar. Ninguno de mis hermanos me contesta.

 

Las dos mujeres

Selva y Amanda fueron los personajes que me tocaron. Selva era la encargada de ropería de un cumpleaños de quince a la que le gustaba robar de los bolsillos de los invitados. Amanda era una sobrina violada por su tío. Después, en la obra que Roberto me invitó a hacer, también era Amanda, pero era otra Amanda. A los años me enteré de que la actriz de vestido de novia con maquillaje corrido que lloraba y sostenía un ganso entre sus manos también había sido Amanda.

 

Andar paseando

Caminamos despacio, bah, ella camina despacio y yo la sostengo del brazo. Un paso es un universo que dura un minuto. Observo los árboles y las personas que pasan me miran con aprecio. Se cansa, le falta la respiración al trasladarse. Una vez por semana o cada quince días mete una cuadra y un poquito para hacerse la permanente. Tiene el pelo lacio pero le apetecen los rulos. La peluquería es un kiosco con ventana a la calle, adentro cortan, tiñen, peinan, y para afuera cigarrillos sueltos y caramelos. En la esquina resiste uno de los pocos bares tradicionales que nos quedan, café, vermú, cerveza y grapamiel. Dicen que la peluquera y el dueño del bar se enamoraron, yo nunca los vi juntos. Él quiere cerrar el bar y la invitó a ella a viajar a España a visitar a su familia que quedó allá. A veces veo pasar al mozo de calle del bar con su bandeja, su cabello y bigote teñidos de negro carbón, y pienso si se lo teñirá en la peluquería kiosco y si habrá oficiado de Cupido. Cuando mi abuela murió corrí a la peluquería kiosco a decirles a la peluquera y a su hermana la peluquera que atiende el kiosco que mi abuela había muerto. Estaba viejita, dijeron. No les importó mucho.

 

Nombre científico (ficus elástica)

El árbol es un gomero, árbol de la goma, árbol del caucho. Dicen que los gomeros son de la misma familia que las higueras y dicen que las higueras son puertas al infierno. Pero el árbol que ha hecho que mi madre diga que si no lo cortamos se suicida no es una higuera, es un gomero simple. Las raíces son lianas que caen del tronco y de las ramas y que al llegar al piso hacen tierra y crece un gomero más. No recuerdo cuándo lo plantaron pero me gusta pensar que allí estuvo siempre.

 

Los bordes

Hay un abismo de percepción corporal ante la temperatura ambiente. Apenas cierra la puerta pesada la casa se hace tumba. Es una tumba gigante con la humedad que mata y atraviesa los huesos. El aire denso parece emerger bruma desde los muros. Las bóvedas ladrillo del zaguán invitan a deslizarse. Un piano desafinado contra la vieja pintura amarilla bajo los cuadros y las mayólicas. Dos lámparas idénticas con cuatro bombitas hacen funcionar solo dos luces. El primer patio interno parece alguno de los pasillos de habitaciones oscuras que recorren la lateralidad que linda, no con el fantasma, sino con la violencia de la exterioridad. Hicimos un pacto: nada de lo que suceda puede contarse fuera de las paredes de la casa. El piso es enigmático: las baldosas hipnotizan, confunden o saben guardar secretos.

 

Gestos

Mi madre entra con lentes de sol al cuarto oscuro. Te traje hojas, dice. Escucho cómo mi madre sube las escaleras, el ritmo de sus pasos es similar al de los que daba mi abuela. Cuando vine a vivir a la casa mi abuela todavía subía a la azotea. En los últimos dos años subió una vez y se horrorizó. Hay que conocer la risa de mi madre para entender el miedo que le tengo cuando apenas sonríe.

 

Pasaje Voltaire

Cuando ensayamos en Buenos Aires estábamos excitados. A mí me calentaba pensar que me calentaba con Carlos. Estar caliente es muy útil para la actuación porque te permite continuar el deseo de las acciones. No fueron muchos los encuentros en la ciudad donde me mudé de casa tres veces en un año pero fueron buenos. Nos juntamos en un apartamentito que la producción de una obra le había pagado. Él no estaba muy feliz con esa obra pero le calentaba pensar que estaba haciendo algo que lo calentaba. A mí Buenos Aires me calentaba mucho aunque tenía una pareja monogámica y no me masturbaba casi nunca. La verdad es que no sé cómo hice para sobrevivir de novia con un medio hombre y sin paja y volver a vivir con el mismo medio hombre en Montevideo. Volví a Uruguay por la obra de Roberto. Volví a vivir en la casa de mi abuela creyendo que sería circunstancial. Volví pensando en irme y me quedé, a veces creo, más de lo que debería.

 

Courtoisie, Leonor. Irse yendo. Montevideo: Criatura editora, 2021, pp. 16-22.

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