DIFUSIÓN

Leé un fragmento de «Dejemos hablar al viento», de Juan Carlos Onetti

Por Escaramuza / Miércoles 29 de mayo de 2019

Compartimos las primeras páginas de «Dejemos hablar al viento», última novela del ciclo narrativo que Juan Carlos Onetti haría girar en torno a la ciudad de Santa María, publicada en 1980 y reeditada por Eterna Cadencia (2019). Es la historia del fracaso del comisario Medina, frustrado médico y pintor.

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo el 1 de julio de 1909 y falleció en Madrid el 30 de mayo de 1994. En 1929 abandonó los estudios secundarios por una huelga general y poco después comenzó a trabajar en distintos oficios. Fue secretario y redactor del semanario Marcha y en 1939 publicó su primera novela El pozo. En 1957 fue designado Director de Bibliotecas en la División de Artes y Letras de la Intendencia Municipal de Montevideo, hasta su renuncia el 4 de marzo de 1975. En1974, Onetti fue detenido junto con Carlos Quijano, director de Marcha tras premiar a Nelson Marra, hecho que fue considerado una afrenta por los dirigentes de la dictadura militar.

Onetti es uno de los grandes narradores del siglo XX, ganador de numerosos premios a lo largo de su vida, entre ellos, el Premio Nacional de Literatura de Uruguay (1962), el Premio Cervantes (1980), el Gran Premio Nacional de Literatura de Uruguay (1985) y el Premio de la Unión Latina de Literatura (1990).


Primer capítulo

El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que solo yo le sintiera el agridulce, tenue olor; que ni la hija ni el yerno lo comentaran. Estaban obligados a ventear y fruncir la nariz porque ellos eran sus parientes y yo no pasaba de enfermero, casi, falso, ex médico.

Aquel era el primero de los trabajos que me había elegido Frieda cuando llegué a lavanda y la descubrí en avenida Brasil 1597, tan hermosa y dura como en los tiempos viejos, y traté de sacarle dinero –le sobraba– o el apoyo imprescindible para todo inmigrante que pide, como un cornudo digno, una nueva oportunidad.

Los trabajos y los castigos. Cuidar la agonía del viejo que era el primero de la serie de sus venganzas sin motivo proporcional. Ella y yo preferíamos acostarnos con mujeres y alguna noche sin recuerdo chocamos en Santa María y yo no gané por merecerlo sino porque la mujercita en juego tuvo más miedo de mi carnet de comisario que avidez por lo que ella, Frieda, le estaba ofreciendo en el restaurante de la costa, sin intención de cumplir. Era un juego; y tarde en la madrugada Frieda perdió, hizo caer un chorro de saliva dentro de su vaso, se pintó la cara y pudo sonreírme antes de levantarse para salir y buscar su coche. Era, entonces, un Dedion Bouton crema, pequeño y sin capota. Habíamos estado los tres, tan cordiales, en la misma mesa. La mujercita, joven, flaca, sucia, se quedó conmigo. No puedo descubrir otra causa y esta misma es confusa.

Lo mejor de la experiencia, de la venganza primera, era la frescura de las mañanas, cuando excitado y viril por la falta de sueño me apoyaba en la verja de la Embajada Argentina para esperar el ómnibus 125. Las mejores entre todas eran las mañanas de aquel verano tormentoso, con barro y hojas castañas en el suelo, aquel aire inquieto que acababa de ser hecho para mí, aquella zumbona alegría de los viejos árboles de las quintas, las casonas que habían tenido nombre y prestigio, el cielo indeciso, arremolinado.

Porque ni el aire ni yo creíamos del todo en lo que habíamos hecho y visto durante la noche; y empezábamos el día despreciando las tareas, reconstruyendo en broma el amor, la amistad, la simpatía, el simulacro de la fe en los hombres, en sus cortas y feroces creencias.

A pesar del calor que llegaba a los nervios, la noche había sido tranquila y los ritos se repitieron con la impasible escrupulosidad de siempre. El yerno, el capitán, vino con su mujer a las nueve, casi enseguida de que la sirvienta hubiera salido del dormitorio con la bandeja de mi comida, cuando yo estaba preparando la primera inyección. Apagué la llama de alcohol, puse la jeringa en la caja negra y volví a sentarme en el sillón con un libro abierto que se titulaba Concepciones cíclicas de Vico.

Prefería no dar inyecciones sin testigos. Acompañante nocturno, dijo Frieda, y el título lo repitió Quinteros. “Doscientas dracmas por noche y el trabajo es nada”, dijo apresurado, mientras apoyaba indiferente una mano abierta en la rodilla de Frieda y me recitaba pedazos apócrifos de la historia del viejo condenado e insinuaba mis posibles descubrimientos en el dormitorio, en los muebles, en el colchón, en los gestos y el balbuceo final.

Quinteros, que había tenido un antepasado que eligió llamarse Osuna cuando en el quinientos los reyes Católicos hicieron una pequeña limpieza. Pero él, fuera de los negocios, imponía el Quinteros como desafío inane y tal vez satisfactorio.

No sé, exactamente, cuándo decidí aceptar irremediable la necedad humana, Santa María, lavanda, el resto del mundo que ignoraría siempre. Abstenerme de contradecir. No sé cuándo aprendí a saborear silencioso mi total desavenencia con varones y hembras. Pero mi encuentro con Quinteros-Osuna, con su estupidez poderosa, con su increíble talento para ganar dinero, me produjo un desenfreno, me obligó a aceptar con entusiasmo aquella forma de imbecilidad que él me reconocía, con elogios exagerados, casi envidiosos. Por eso dije que sí a todo y agregué detalles, retoques, perfecciones.

Por eso mismo, cuando entraba el capitán-yerno en el dormitorio y me encontraba leyendo el inventado libro de Clausewitz, yo era capaz de discutirle con pasión e imprudencia los puntos tácticos, estratégicos o logísticos en que a él no le importaba insinuar concesiones a cambio de que yo escuchara deslumbrado los discursos que dejaban para la historia militar y universal la convicción de que él nunca se equivocaba en lo fundamental, en lo valioso, en lo que torcería el destino de toda guerra, antigua o futura.

Pero cuando llegaba primero la hija del agonizante, Susana, yo estaba leyendo alguna novela de las que ella llamaba crudas y estaban escondidas como una carta robada en el estante, a la altura de los ojos, de la biblioteca. A veces me pedía opinión para llevarse alguna y siempre me las entregaba con un suspiro, una piedad, un “qué asco” enfermo de lentitud, espeso de compasión. Y los libros los había escondido, expuesto, el viejo agonizante, y ella me miraba con una lástima, una curiosidad semejante a la que yo atravesaba en las horas vulnerables del amanecer contemplando al viejo inquieto que empezaba a sumergirse con timidez y torpeza en el largo sueño, chocando contra los islotes delirantes, murmurando palabras que aludían, minuciosamente equivocadas, a recuerdos que nunca fueron verdad total, a sucesos o mentiras no conocidos por él, por el hombre que había sido y ahora, para trampearme y divertirme, intentaba prolongar en esos noventa minutos que separan la noche de un día más, ese tiempo en que la muerte anda suelta, ofreciéndose, y uno, tradición o instinto, cumple ritos de olvido para no decir que sí y abandonarse. Y como ella tenía la costumbre de plantarse a conversar con los pies muy separados, yo no podía impedirme pensar en humedades, en almohadilla cordial sobre huesos rígidos, indestructibles.

Un libro o cualquier página impresa, la cafetera eléctrica, las fingidas, largas ganas de orinar, la nariz en el frío de la ventana entreabierta, el repentino grito de pájaros dentro de la cabeza.

Y cuando entraba Pablo, el huérfano próximo –cada uno de ellos anunciado por las voces y los ruidos distintos que extraían de los peldaños de la escalera mientras iban subiendo, acercándose–, yo podía manotear el libro de Adler que había llevado desde la primera noche, alzar los ojos con un dedo olvidado entre las páginas. Porque Pablo, veinte años, estudiaba medicina, pero ya me había confesado una noche, paseándose como rabioso por aquella habitación que se llamaría mortuoria en cualquier momento imprevisible, fumando, encendiendo un cigarrillo con otro para facilitar la respiración tartamuda y el descanso de la cosa que todavía era su padre, me había confesado que la medicina general no era para él nada más que un trampolín para llegar a un reiterado sueño de infancia que él llamaba psicoanálisis. Tenía la cara limpia y plácida, inteligente, y le gustaba sacudirse el pelo desordenado caído en la frente.

Al empezar la farsa sentí que era el más peligroso de todos, el viejo, empecinado moribundo aparte. Pero luego de una noche de confidencias, trajo una botella chica de coñac, supe que el peligro no estaba en él.

Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón. Y la fe puede ser puesta y atizada en lo más desdeñable y subjetivo. En la turnante mujer amada, en un perro, en un equipo de fútbol, en un número de ruleta, en la vocación de toda una vida.

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