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Difusión

Leé un fragmento de «Las muertas» de Jorge Ibargüengoitia

Por Escaramuza / Martes 27 de octubre de 2020
Las poquianchis, hermanas asesinas mexicanas que inspiraron «Las muertas».

Compartimos un fragmento del libro Las muertas (Corregidor, 2015), una novela de Jorge Ibargüengoitia elaborada a partir del estudio de casos reales, documentada en los asesinatos, secuestros y trata de mujeres del México profundo y siniestro de los años sesenta, contada desde el humor y la distancia irónica.

Jorge Ibargüengoitia, (Guanajuato, 1928 - Mejorada del Campo, 1983) fue escritor y periodista, considerado uno de los más agudos e irónicos de la literatura hispanoamericana, y un crítico mordaz de la realidad social y política de su país. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su primera novela, Los relámpagos de agosto (1965), una demoledora sátira de la Revolución mexicana, lo hizo merecedor del Premio Casa de las Américas. A ésta seguirían Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Dos crímenes (1974), Las muertas (1977) y Los pasos de López (1982), en las que echó mano del costumbrismo para convertirlo en la base de historias irónicas y sarcásticas.


Entra Bedoya

1

Al describir el estado general de su salud y de su ánimo durante los meses que siguieron a su separación de Simón Corona en Acapulco, Serafina Baladro habla de dolores de cabeza, preferencia morbosa a comer sardinas de lata con pan, sola, en el comedor casi a oscuras, ganas de no hablar con nadie, falta absoluta de interés en el negocio y horror a los hombres: por única vez en su vida guardó abstinencia cuarenta y siete días, descuidó su apariencia —estuvo casi un mes sin hacerse la trenza— y dice que nomás de pensar que alguno le ponía las manotas encima sentía náusea; al final de esta temporada tuvo una relación emotiva —y platónica— con una empleada llamada Altagracia, a quien después corrió.

Tenía insomnio, pasaba el final de las noches y el principio de las mañanas con los ojos abiertos, enfrascada en diálogos imaginarios con Simón Corona. En ellos le reclamaba su ingratitud. le demostraba que todo lo que ella había hecho había sido en beneficio de él, le hacía listas de los favores que él le debía. En la oscuridad, dice, no se atrevía a sacar el brazo de entre las sábanas para encender la luz, por temor de que una mano fría se lo tocara.

En la última de estas desveladas comprendió que Simón no iba a regresar con ella y decidió que si no iba a ser suyo no sería de nadie. Es decir, hizo el firme propósito de buscarlo por toda la faz de la tierra hasta encontrarlo, y matarlo. Se imaginó a sí misma con una pistola en la mano, disparando, y en un rincón, a Simón Corona, con agujeros en la camisa, haciendo un gesto de dolor. Después de contemplar esta imagen se durmió profundamente.

La semana siguiente hizo el primer viaje al Salto de Tuxpana, el pueblo que aborrecía. Llevaba en su bolsa de charol una pistola calibre 25, a la que no le tenía confianza, y unas tijeras, por si fallaba.

Anduvo en el pueblo, que le pareció horrible, preguntando por Simón Corona, sin encontrarlo. En cambio, dio con dos mujeres que habían sido amantes de él —Simón había abandonado a una de ellas para irse con la otra y había abandonado a la otra para regresar con Serafina.

Aquellas tres mujeres que durante años se habían detestado conociéndose dos de ellas nomás de vista y las tres por referencias vagas, se reunieron en un restaurante y se cayeron muy bien. Las unía su condición común de abandonadas y la perfidia de un solo hombre: Simón Corona.

—Estoy tan resentida, que lo busco para hacerle un mal que de veras le duela —confesó Serafina.

Puesto que las otras dos no pusieron objeciones ni rehusaron participar en la iniquidad, las tres celebraron un pacto, según el cual las dos que vivían en el Salto de la Tuxpana se comprometieron a a avisarle a Serafina por telegrama, en el momento en que Simón Corona regresara al pueblo. Serafina se comprometió a su vez a entregarle quinientos pesos a cualquiera de las dos que diera un informe que resultara cierto. Cuando se pusieron de acuerdo, brindaron con Urdiñola. Esa tarde fue la primera en que se vio en un restaurante del Salto de la Tuxpana a tres mujeres solas borrachas.

El pacto estaba destinado a quedar sin efecto. Simón Corona, después de abandonar a Serafina en Acapulco, estuvo trabajando durante tres meses en una panadería de Mezcala. Cuando regresó por fin al Salto de la Tuxpana, sus dos ex amantes cumplieron con sus respectivas partes del trato, enviando a Serafina en Pedrones sendos telegramas .Pero para esas fechas Serafina había perdido por completo el interés en la búsqueda. No pagó los quinientos pesos a ninguna de sus informantes y dos años y nueve meses transcurrieron antes de que ella tomara la venganza que aparece en el primer capítulo.

2

Cuando Serafina Baladro vio por primera vez al capitán Bedoya, ella estaba parada n la esquina de las calles de la Soledad y de Cinco de Mayo, en Pedrones. Él iba montado en un caballo tordillo —prestado—, con sable desenvainado y casco reglamentario. Se oía la Marcha Dragona. Era el desfile del 16 de septiembre de 1960. Ella dice que se fijó en él porque iba montado en un caballo diferente a los demás y porque era el más prieto de todos los que pasaron —un regimiento—. Él no la vio a ella. Pasado el desfile Serafina se fue a su casa y no volvió a acordarse del capitán hasta cinco meses después, que volvió a encontrarlo y lo reconoció.

En ese intervalo podemos imaginar al capitán Bedoya montado en otro caballo —este es alazán tostado y propiedad del Gobierno— que camina al paso por una vereda escabrosa de la sierra de Güemes. Hace calor, las moscas se paran en la cara del capitán, los cazahuates están floreando. Detrás de él va una fila de soldados montados, que atajan con la mano las ramas de los hizaches. Adelante de él va un solo hombre: un ranchero de huaraches y sombrero ancho que camina a pie. Es el informante.

La vereda se hace cada vez más angosta y cuando parece que se acaba, el ranchero se detiene y levanta el brazo para señalar algo que está del otro lado de la cañada: allí están las flores (amapolas).

Podemos imaginar la emboscada: dos campesinos llegan a la cañada —que parece desierta— con unos costales para cosechar su hierba; el susto: comprenden que están rodeados de federales; el tormento: algo muy sencillo, como el dedo roto, o el pie tostado de Cuauhtémoc. No son heroicos. Dicen el nombre del aparcerista que les da la semilla y les compra la producción.

El siguiente paso no está documentado. No se sabe cómo el capitán Bedoya supo que Humberto Paredes, el denunciado, era hijo de Arcángela Baladro, ni qué instinto lo condujo a visitar a la madre en vez de avisar a la policía para que apresaran al hijo.

Al terminar la patrulla gloriosa —nunca antes había descubierto un plantío—, el capitán regresó a la base, escribió en el parte que había tomado dos prisioneros y quemado la cosecha, pero no que aquellos le habían dicho el nombre del traficante. Después se quitó el uniforme, y vestido de civil hizo el viaje a San Pedro de las Corrientes en un autobús de la línea Flecha Escarlata.

Su entrevista con Arcángela puso a prueba su temple. Ella lo trató primero con altanería, porque creyó que quería venderle algo, después lo tomó por coyote de Salubridad —los excusados de México Lindo nunca funcionaron correctamente—, y cuando él dijo que el asunto que quería tratar se refería a Humberto Paredes, ella lo hizo pasar al comedor pensando que era un amigo de su hijo que venía a pedirle prestado. La confusión fue molesta, la aclaración fue tormentosa.

El capitán, con una firmeza que más tarde, cada vez que recordaba el incidente, lo dejaba asombrado, se empeñó en dar su mensaje de principio a fin: el hijo de la señora era abastecedor de drogas; no solo era delincuente, sino que había sido denunciado y estaba prácticamente preso. Como resultado de esto tuvo que contempla, en minutos que le parecieron horas, el tránsito doloroso de una madre entre la ignorancia y el conocimiento.

En el primer momento de incredulidad Arcángela insultó al capitán —"es usted un mentiroso", le dijo—. Él no se inmutó. Repitió la acusación. Arcángela, entonces, trató de explicarle al capitán todo lo que una madre puede sufrir: ella que hubiera querido que su hijo estudiara medicina, que se había sacrificado separándose de él, para que el niño no tuviera malas influencias y se convirtiera en un hombre de provecho, que había pagado una fortuna en colegiaturas, se veía ahora ante la terrible realidad: su hijo era traficante de drogas.

—¿Cómo quiere que yo me sienta, capitán? Los trabajos y las privaciones de toda mi vida echados a perder por la insensatez de un muchacho.

Lloró abundantemente. Quitó el mantel blanco con manchas de café con leche que había sobre la mesa y lo usó para enjuagarse las lágrimas. En el silencio que se produjo cuando Arcángela hacía esta operación, el capitán Bedoya tuvo tiempo para decir:

—Yo no quiero perjudicar a ese muchacho...

El capitán salió del México Lindo con cinco mil pesos en la bolsa.

Este fue el primer contacto que el capitán Bedoya tuvo con las hermanas Baladro. Unos meses más tarde, cuando Serafina, en su afán de venganza, quiso comprar un arma más poderosa que la pistola que tenía y contratar un maestro de tiro, Arcángela recomendó como hombre digno de confianza al capitán Bedoya.


Ibargüengoitia, Jorge. Las muertas. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2015, pp.53-58.

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