Difusión

Leé un fragmento de «Los pasajes comunes», de Gonzalo Baz

Por Escaramuza / Jueves 05 de noviembre de 2020

Compartimos un avance de Los pasajes comunes, la primera novela de Gonzalo Baz; un viaje a la adolescencia en plena crisis, a los recuerdos perturbadores y un pasado que explota al control de la memoria.

Gonzalo Baz (Montevideo, 1985) es librero y escritor. Dirige, junto a Dani Olivar, el sello editorial Pez en el Hielo, que forma parte del colectivo Sancocho. Participó con cuentos en antologías y publicaciones independientes. Su primer libro, Animales que vuelven (2017), recibió el Premio Ópera Prima del Ministerio de Educación y Cultura (Uruguay). Los pasajes comunes es su primera novela.


En las noches de verano, subíamos a la azotea con una chismosa despiolada llena de piedras y una bolsa de plástico con solución para bicicletas, de la que aspirábamos hasta fundirnos en el horizonte; entonces tirábamos la primera piedra, que era un escándalo resonando en el techo de la comisaría. Lucas esperaba a que saliera el primer policía a mirar para todos lados, con los ojos desencajados de violencia, y tiraba otra que se despedazaba en el suelo. Después, una lluvia de pedradas caía en picada y, cuando las risas nos delataban, corríamos por la azotea y saltábamos de una torre a otra gritando para darnos valor o para mantener el corazón latiendo. Saltos que atravesaban pasajes angostísimos por donde ventanitas diminutas registraban sueño y músicas venidas de quién sabe dónde, objetos desechados, escondites.

***

El complejo fue y es muchas cosas, pero al principio, antes de que nivelaran los terrenos, de que pusieran la primera viga de la primera torre, fue una idea de un militar. Le habían pedido que hiciera algo con los terrenos y se le ocurrió el complejo. Su idea era construir viviendas para los funcionarios de las Fuerzas y para jóvenes del interior que vinieran a estudiar a Montevideo. Pero, para cuando las primeras torres, del lado norte, estaban prontas (no terminadas, pero habitables), ningún militar ni estudiante demostró interés en ocuparlas. Nunca existieron las facilidades, ya que las propias Fuerzas se dieron cuenta de que aquella no era una época para experimentos sociales. Los primeros en ocupar, en su mayoría, fueron empleados públicos. Esos primeros habitantes del lado norte ocuparon torres que todavía olían a portland, con nylon en las ventanas y cables a la vista, recorriendo las paredes por donde fluían luz y calor. Desde los últimos pisos de esos apartamentos, vieron cómo del verde de los campos se iban erigiendo torres que clausuraban el horizonte. Eran testigos de cómo aquella superficie se verticalizaba, cambiando el eje de las miradas, que, desde ese momento, se fragmentarían en pasajes transitables, escaleras, túneles y pequeños callejones que terminaban en estacionamientos.
Los viejos comunistas dicen que las torres del complejo son iguales a las que hay en Bucarest, Varsovia y Sofía. Algunos estuvieron ahí, enviados por el Partido a principios de los sesenta, a participar de actividades o congresos. Otros nunca las vieron, pero igual lo repiten. Busco en Internet y encuentro videos de gente caminando por la avenida Ștefan cel Mare, en los márgenes de los edificios construidos por Ceaușescu. No llego a ver nada, solo la cara externa de un barrio. Como la carcasa de un insecto.

***

Augusto había desenterrado una vieja maquinaria colectiva en História do meu bairro. Había crecido en un barrio en la periferia de São Paulo. Ahí pasó las tardes de su infancia jugando al fútbol debajo de un viaducto. En las noches jugaba dominó con su abuelo, y otros viejos que se pasaban la vida fumando y tomando cachaça. Estudió arte y se interesó por la literatura y la pintura, también iba a los sambas del barrio donde conoció a mujeres y hombres de los que se enamoró y se desenamoró. A los treinta viajó a Lisboa, donde pasó un año, y luego otro viajando por diferentes países de África. Durante ese tiempo lejos de sus amigos, en las noches en las que pensaba en volver, escribía notas sobre su barrio en un cuaderno. Cosas de las que se acordaba. Cosas de su infancia y la de sus amigos. Algunas noches en que se sentía particularmente melancólico, escribía de a diez o quince páginas, en unos meses había completado varios cuadernos donde anotaba detalladamente descripciones, anécdotas, transformaciones en lugares del barrio. Encontré ese libro revolviendo en una feria de ediciones artesanales que se hace todos los años en la Biblioteca Mário de Andrade, en São Paulo. Lo leí en una tarde. Un año después tomaba cerveza con él en su casa. Primero me obsesioné con traducir ese libro al español, después con contar la historia propia de mi barrio.

Después de dos años enteros viajando, Augusto volvió a São Paulo con la mochila llena de cuadernos en los que tenía escrito lo que sería el único libro que escribiría en su vida. Al llegar, fue a parar a la casa de un amigo en el barrio de su infancia. Constató, sin ningún entusiasmo, que el barrio había cambiado bastante en los dos años de su ausencia. Era 2012 y la especulación inmobiliaria había explotado: empresarios construyendo grandes y lujosos edificios, y la misma gente de siempre durmiendo en la calle. Durante varias semanas, Augusto había releído y pasado en limpio los textos. Para su sorpresa había páginas enteras de descripción de lugares del barrio que no se correspondían con la realidad. Pero lo más importante no era ese desacople mnémico entre mapa y territorio, sino que, consultando a los vecinos que seguían viviendo ahí desde la época de su infancia, tampoco confirmaban mucho de lo que él recordaba. Su amigo creyó que estaba loco, que algo en el viaje le había disparado una ficción o que simplemente lo hacían para provocar una reacción en él.

Comenzó a preguntar casa por casa a los vecinos sobre determinados hechos que había escrito en sus cuadernos. Muchos negaban que hubieran sucedido, otros decían que recordaban algo, otros que no había sido exactamente así. Augusto ajustó su relato agregándole detalles que le contaban y quitándole otros que nadie le confirmaba. Al contrastar unos recuerdos con otros, surgían cosas nuevas. Así terminó escribiendo un denso y, por momentos, siniestro recuerdo colectivo de su barrio, Praças da Itália.


Baz, Gonzalo. Los pasajes comunes. Montevideo: Criatura editora, 2020, pp.19-23.

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