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Aquel otro mundo

Los libros de mi vida: Daniel Mella

Por Daniel Mella / Jueves 06 de junio de 2024
Portada de «Las aventuras de Tom Sawyer» (der.) y Daniel Mella, a la izquierda, con su padre y hermanos en la famosa «cochera».

«Pensé en cerrarlo con un párrafo disculpándome por no haber cumplido con lo que podía esperarse del texto, es decir que se tratara sobre libros que me marcaron emocional y artísticamente de manera profunda, pero después decidí que no»: Daniel Mella inaugura una serie de ensayos de escritoras y escritores sobre los libros de sus vidas. En este caso, son aquellos ligados a la iniciación en la lectura y la posibilidad de otros mundos. 

El primer recuerdo que tengo de mí con un libro es uno de mis primeros recuerdos, pero no es un recuerdo mío. Se trata de un recuerdo de mis padres que ellos no se han cansado de contar a lo largo de los años. Ya lo contaban mientras yo era niño y sospecho que lo contaban una y otra vez porque a mí me fascinaba escucharlo y siempre me hacía reír. El recuerdo es este: yo tenía dos o tres años y me levantaba antes que todo el mundo (en ese entonces todo el mundo eran mis padres y mi hermana mayor, Mariana), iba hasta el dormitorio de papá y mamá y, en vez de despertarlos a los gritos o metiéndome en la cama, yo agarraba uno de los libros que papá guardaba en su mesa de luz, me sentaba en el suelo, del lado de mi padre, abría el libro de turno y me ponía a cantar una canción, como si el libro fuese un himnario ―probablemente fuese un himnario, el himnario que mis padres usaban en la iglesia durante la reunión sacramental―. La canción que yo cantaba era siempre la misma. Decía:

La canción

de la canción

de la canción

de la canción

Se trataba, evidentemente, de una canción totalmente inventada por mí, y no fallaba. Siempre conseguía despertar a mis padres cantándola. Según ellos, los hacía despertar a las risas y enternecidos, o al menos así era como ellos contaban la anécdota, como si fuera digna de gracia y de ternura. No era raro que despertaran para encontrar al niño de dos o tres años que yo era sosteniendo del revés el libro en el que pretendía leer su famosa canción. Ese era el último detalle que mis padres mencionaban cuando contaban el cuento y ese era el momento en que yo largaba la carcajada, cuando me imaginaba a mí mismo muy serio, fingiendo que leía sin darme cuenta de que las palabras del libro que tenía entre las manos estaban dadas vuelta.

El segundo libro de mi vida fue una edición ilustrada de Los tres chanchitos. Mi hermana Mariana me la leía cuando yo tenía cuatro años. Este ya es un recuerdo propio, quizá mi primer recuerdo enteramente mío. Recuerdo perfectamente la expresión maliciosa del lobo, las ancas perturbadoramente eróticas de los chanchitos, pero recuerdo más que nada una tarde en particular en la que Mari y yo estábamos sentados en el sofá del living, la mitad del libro apoyado en mi falda, la otra mitad en la falda de mi hermana, y cómo en determinado momento Mariana dio vuelta la página y yo recité de memoria lo que estaba escrito en la página que había quedado abierta sobre mi falda. Mariana se sobresaltó, luego señaló la página que había quedado abierta sobre su falda y yo recité, de nuevo y a la perfección, lo que decía en esa página. Mariana creyó que yo había aprendido a leer y llamó a mis padres a los gritos para darles la gran noticia. Mis padres vinieron, y para probarles que yo había aprendido a leer, Mariana dio vuelta una página, luego otra y luego otra, y yo le seguí el juego. Dije en voz alta lo que estaba escrito en cada página, y cuando mis padres exclamaron que yo había aprendido a leer no lo negué, y cada vez que se lo contaban a otras personas yo tampoco lo negaba, y no lo negué nunca. Ni siquiera ahora lo niego cuando ellos cuentan esa anécdota y le dicen a todo el mundo que aprendí a leer solito y a los cuatro años. Me gusta que ese comienzo autodidacta y precoz en la lectura forme parte de mi leyenda ―de hecho, es la piedra angular de mi leyenda como lector y como escritor― aunque en aquel momento pagué un precio altísimo por mi deshonestidad: Mariana nunca más volvió a leerme el libro de Los tres chanchitos ni ningún otro libro, y se terminaron, demasiado temprano, esas sesiones eternas de los dos sentados lado a lado en el sofá.

El tercer libro que me viene a la consciencia cuando pienso en los libros de mi vida de forma cronológica también es un libro que no leí: Juan Salvador Gaviota. Era uno de los libros que había en la biblioteca de casa y que mis padres siempre me sugerían que leyera. Me lo recomendaban con mucho entusiasmo, igual a como me recomendaban que leyera El principito, y, a pesar de su entusiasmo o quizá debido a lo exagerado de su entusiasmo, nunca pude leer ninguno de esos dos libros, ni siquiera cuando, a los doce o trece, ya había agotado todos los libros de juventud de mi padre que dominaban el estante más bajo de la biblioteca ―los de aventuras de la colección Robin Hood―, y aunque para mis cumpleaños y para navidad siempre me regalaban libros, porque se había establecido que yo era un niño lector, yo terminaba todos esos libros rápidamente y siempre andaba sin material de lectura y volvía una y otra vez a la biblioteca de casa con la esperanza de encontrar algún nuevo libro que me interesara, como quien revisa la heladera tres veces en una hora para ver si no se materializó alguna cosa rica mágicamente, pero los libros de la biblioteca de casa nunca cambiaban. Era una biblioteca conformada enteramente por los libros de juventud de mi padre y los libros de pedagogía y de historia del arte de mi madre. Juan Salvador Gaviota tenía una tapa azul con el contorno blanco de una gaviota en pleno vuelo. Infinitas veces debo haberlo sacado de su anaquel. Lo miraba intensamente, lo hojeaba y siempre acababa devolviéndolo a su lugar, por más que papá y mamá no se cansaran de repetirme que se trataba de un libro lindísimo, con una hermosa enseñanza. Pienso que por eso yo siempre rechazaba a Juan Salvador Gaviota y a El principito. No me caía bien que un libro quisiera enseñarme cosas. Para eso ya tenía los libros de la escuela y los de la iglesia. Tampoco me gustaba el hecho de que los protagonistas fueran animales o niños venidos de otros planetas. Yo quería leer sobre personas, y lo que más quería era que me causaran el mismo efecto que me había causado Las aventuras de Tom Sawyer, el primer libro que leí de cabo a rabo, no sé si a los siete o a los ocho. Bueno, no sé si fue el primero que leí de cabo a rabo. Lo que sé de seguro es que fue el primero que me hizo desaparecer.

Lo había empezado a leer a la luz del día en la cochera de casa, y tuve que parar de leer porque se había puesto oscuro y ya no era capaz de distinguir las palabras, parecido a cuando jugabas al fútbol en la placita hasta que no veías la pelota, solo que distinto. Cuando jugábamos al fútbol no nos olvidábamos de que estábamos jugando al fútbol. Siempre te acordabas de que estabas persiguiendo la pelota y a veces te detenías, cuando la pelota estaba lejos, y mirabas alrededor y te daba placer que estuviera oscureciendo. Se sentía hermoso ver cómo las luces de las casas se iban prendiendo, en particular las de la casa en la esquina mismo de Ecuador y San Francisco, donde vivía un tipo que era obrero de la construcción con su mujer y su hija. Era un tipo recio, de bigote, y los fines de semana, en vez de descansar, se dedicaba a reformar la casa. Nadie lo obligaba, y no sufría. Le gustaba estar desde temprano haciendo mezcla, llevando baldes, empujando carretillas, subiéndose a escaleras. Estaba en lo suyo, y cuando pasabas te saludaba con una gran sonrisa en la cara. Las reformas que hacía no eran para ampliar la casa. Eran para embellecerla, y el tipo tenía un gusto espantoso y además se las daba de escultor. En la pared del frente, a un lado de la puerta de entrada, había hecho en cemento el relieve de una sirena tamaño natural. Eso era lo que más llamaba la atención. Eso y la arcada que había hecho para entrar a su terreno, desproporcionadamente grande, alevosa, con unos bordes ondulados y un sol esculpido en la parte más alta que un niño habría podido dibujar. De noche, como el tipo muchas veces seguía trabajando, iba y prendía las tres o cuatro bombitas que pendían del cable que atravesaba su terreno desde el galpón del fondo, y lo que de día parecía un desastre y una ridiculez cobraba un aspecto fabuloso, sereno, medieval. En la cochera de casa, sin embargo, yo me había olvidado de que estaba leyendo. Lo que tardó en ponerse oscuro yo estuve en las calles de tierra del pueblo donde vivían Tom Sawyer y Sally y Huckleberry Finn, estuve a orillas del Mississipi y estuve en una cueva, escondiéndome de unos bandidos, y solo me acordé de que estaba leyendo cuando tuve que parar de leer porque ya no distinguía las palabras y me levanté del piso extrañado, asombrado y un poco triste por haber tenido que volver de aquel otro mundo a este.

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