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Texto en obra: Santiago Venturini

Por Escaramuza / Viernes 25 de febrero de 2022

Empezamos una nueva sección de Intervalo en la que escritores y escritoras comparten detalles de sus procesos de creación y textos en proceso. Para esta primera entrega, el poeta argentino Santiago Venturini (1981) responde las preguntas insidiosas de nuestro cuestionario. Textos inaugurales, copias, sabotajes y manuscritos inéditos, entre otras cosas.

¿Cuál fue el primer texto literario que recordás haber escrito?

Un poema que escribí a los catorce años, cuando murió mi mamá. Lo recuerdo no solo por ese acontecimiento, sino porque fui, creo que por primera vez, consciente de la forma; lo corregí y lo revisé varias veces, y ese proceso de revisión un poco maniático, del que no escapé más, me hizo ver la escritura de otra manera. El poema se publicó en El colono, el diario de la ciudad en la que nací. Mi hermana lo recortó y lo pegó en un álbum de fotos, por eso pude leerlo varios años después. Es un poema muy malo, por supuesto. 

¿A quién te acordás de haber copiado deliberadamente al escribir?

Durante la adolescencia intenté escribir una novela sobre un asesino serial y para eso copiaba a novelistas como Sidney Sheldon o Ruth Rendell. Un poco más tarde imité, como muchos poetas jóvenes, a Alejandra Pizarnik. Es difícil escapar de Pizarnik, asfixia con su perfección, su brevedad y su léxico cerrado y puro. Creo que copiar es un acto necesario para poder escribir: frente a lo que se admira o despierta tanto entusiasmo el gesto más inmediato es apropiarse de eso, incorporarlo, imitarlo, fagocitarlo y ese es uno de los primeros movimientos de la escritura. Lo que digo es casi un lugar común a esta altura, pero me sigue pareciendo cierto: en la copia –o en la imitación– está la posibilidad de crear algo, sino nuevo, más o menos propio. Muchas veces empecé a escribir un poema entusiasmado por poemas o versos de los poetas que más releo –como Joaquín Giannuzzi, Estela Figueroa, Sylvia Plath, Philip Larkin, Fernando Callero, Daniel Durand o Marie Gouiric–. Los primeros versos parecen casi una imitación, después el poema consigue despegarse e ir hacia un lugar diferente.

¿Cuáles son las condiciones en que preferís escribir?

Si la pregunta es por las condiciones materiales, tengo que decir que escribí en condiciones muy diferentes: en casas con varias personas, en bibliotecas públicas, al aire libre, en bares, en los asientos de terminales, aeropuertos o de autos, durante algún viaje; pero en general escribo en mi casa, donde vivo solo, y en cualquier momento del día aunque con mayor frecuencia de noche.  




¿Guardás todos los manuscritos/archivos o los descartás una vez que los usaste?

Guardo cuadernos o libretas con textos inconclusos, pedazos de poemas o versiones de un mismo poema. Si escribo un poema en papel, tengo que reescribirlo cada vez que lo modifico, y termino con varias versiones (numeradas) que después tiro a la basura. La escritura manuscrita tiene su encanto aunque la practico cada vez menos; mi herramienta es la computadora y a veces el celular, para notas rápidas. Me preocupo por administrar los archivos, pero esa administración exige tiempo y disciplina, por eso acumulo varios y muchas veces ni siquiera sé qué tienen.

¿Empezás un texto ya sabiendo lo que vas a escribir?

En general, escribo poemas. Muchos poemas empiezan con un verso o más bien un pedazo de verso que se forma en la cabeza, como si empezara a rumiar algo. Puedo separar ese primer momento más bien mental del momento manual de escribir, aunque por supuesto el acto de escribir se mueve en las dos dimensiones. Pero la mayor parte de las veces la escritura es una actividad provocada: me siento a escribir, a ver qué sale. Uno de los consejos de Baudelaire a los jóvenes escritores es: «la inspiración es, sin lugar a dudas, la hermana del trabajo diario». O en términos diferentes, en otras de sus notas: «El trabajo inmediato, aunque sea malo, es preferible a la ensoñación». Ese ponerse a escribir muestra algo que ya se ha dicho muchas veces: la escritura implica siempre una búsqueda en lo indeterminado, una búsqueda para encontrar lo que no se sabe o no se estaba buscando. Más allá de un proyecto, esa sorpresa es para mí la verdadera felicidad de escribir.

¿Saboteás tu propia escritura? ¿O lo contrario? ¿De qué maneras?

Me saboteo a mí mismo todo el tiempo, creo que la escritura es el único lugar que está un poco a salvo de eso, o me gusta pensar eso.

¿Hay alguna oración/verso tuyo que luego de publicado te generó arrepentimiento?

Sí, hay algunos versos, algunos cortes de versos, palabras o movimientos de sintaxis, pero creo que publicar te lleva a asumir lo provisorio de la escritura y de los textos, y la importancia de la falla se relativiza. Todo siempre podría haber sido de otra manera.

¿Qué estás escribiendo? ¿Podrías mostrarnos un fragmento?

Estoy trabajando en un libro con poemas menos “controlados”, poemas de versos largos, casi sin signos de puntuación, algunos de tono más coloquial. Comparto el borrador de un poema:

iv

tengo cosas acumuladas en la cabeza

estampas grabados piezas de mi museo personal

la espalda de una mujer quieta en la cocina

el cuerpo de un hombre al que me gustaba abrazar

un perro negro con manchas blancas sigue tirado en un patio

tengo frases pronunciadas en la mesa de una familia durante los 80

salieron de la boca de mis padres de mis hermanos

la que dijo una vez una maestra me quedó grabada: los nenes con los nenes

también tengo muertos que se borraron un poco

pero siguen actuando en una película que me sé de memoria

tengo el río Salado brillando bajo el sol como fuera eléctrico

unos árboles –¿eran álamos?– alineados al costado de la ruta

tengo la visión de algunas ciudades

el paisaje de pistas llenas de gente bailando en trance entre los rayos de las luces

tengo olores: olor a pasto a casas con humedad a hierro quemado de soldadura

olor a la piel encremada con Hinds de mi abuela a sus buñuelos de banana

tengo un catálogo de ruidos: el uuuu de palomas el raspador de las chicharras

ladridos voces de conductoras de televisión camiones

que pasan tronando por la ruta 70

piletas que explotan cuando unos chicos saltan gritando al agua

ventiladores que suenan en veranos de la prehistoria

llegó otra mañana abro los ojos sigo vivo

la máquina de mi cerebro registra datos atmosféricos reconoce muebles

calcula la hora por la forma en que la luz pinta la pieza

me adapto al mundo tardo un rato pero consigo

levantarme de la cama y caminar mirando para atrás

hacia el baño y hacia el futuro 

¿Qué libros te rodean en tu proceso de creación actual?

Además de la lectura, una actividad que se fue volviendo para mí cada vez menos disciplinada –hoy en día diría, incluso caótica–, me gustan los libros como objetos: tenerlos cerca, verlos, tocarlos, ojearlos –sufro del fetichismo de gran parte de los lectores–. No hay libros que rodeen mi proceso de creación actual, pero sí me rodean libros, todo el tiempo. Miro mi escritorio: uno de los tomos de Baudelaire de la Pléiade, una traducción de ensayos de W.C. Williams, el libro de Albert Hofmann sobre el descubrimiento del LSD, otro de Denton Welch (uno de mis escritores preferidos), una antología de ensayos sobre traducción y un libro hermoso de Laura Wittner que acabo de terminar.

 

 


Santiago Venturini nació en Esperanza (Santa Fe, Argentina) en 1981. Publicó los libros de poesía El exceso (Torremozas, Madrid, 2008, Premio Poesía Joven de la Fundación Gloria Fuertes); El espectador (Gog y Magog, Buenos Aires, 2012), Vida de un gemelo (Iván Rosado, Rosario, 2014), En la colonia agrícola (Iván Rosado, Rosario, 2016) y Un año sentimental (Caleta Olivia, Buenos Aires, 2019). Próximamente publicará Una forma de llegar al futuro. Es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Sus temas de investigación se relacionan con la traducción y la poesía. Es docente en la carrera de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral. Dirige la colección de poesía “Setúbal” en la editorial Vera Cartonera perteneciente a la Universidad Nacional del Litoral y el CONICET.

 

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