ensayo 

Caudales I: Primer ensayo de una serie, por Gonzalo Baz

Por Gonzalo Baz / Viernes 11 de marzo de 2022

Los cauces fluviales son revirados frente al avance del asfalto. A veces, el caudal se resigna momentáneamente al cemento que lo encajona. En otras ocasiones, lo desborda y se impone raudo por la ciudad. Sea como sea, fluye ajeno a la vida alrededor. Gonzalo Baz (1985) empieza una serie en la que recorre cauces de Montevideo, en textos que se asemejan a un paseo por sus propios mapas mentales.

Quiero encontrar el extremo del cauce, un comienzo o su presentimiento, desde donde seguir la corriente. Bordeo el Hospital Pasteur hasta encontrar el Parque Idea Vilariño. Antes, hago un desvío por la calle Azara, una parte del barrio que nunca caminé, tengo tiempo y curiosidad. La calle es angosta, hay una cooperativa, caballos, potrillos, una oveja y varias gallinas que caminan por el medio de la calle. Todavía quedan algunos ranchos de lata alrededor de la cancha de Huracán. Subo una pendiente de césped recién cortado, el zumbido de las cortadoras bloquea los otros sonidos. Desde esta altura se ve el parque entero hasta la calle Isla de Gaspar, si me hubiera parado acá hace algunos años, hubiera visto decenas de ranchos de lata del cante por el que pasaba muy a menudo en el ómnibus para ir de mi casa al centro. Desde acá, también se ve un canal serpenteante de tierra, no hay rastros de ningún flujo de agua, solo algunos charcos que quedaron de las lluvias de anoche. Sin embargo, siento que me acerco. Del lado de atrás de la cancha hay un terreno donde pastan caballos. Nunca supe si en esta parte había ranchos, desde la fugacidad de mi mirada de pasajero del 151 no llegaba a verlos, pero los intuía, estoy en el núcleo de mi fantasía geográfica, en el momento preciso en el que un lugar se transforma en otro. Cruzando el descampado, hay unos pocos ranchos, un gomero y el comienzo de un canal que huele a mierda. No es el comienzo del arroyo, pero decido empezar desde ahí como cuando se enreda un cable y decidís arbitrariamente empezar a desenredarlo por un tramo específico. Bajando hacia el parque Idea Vilariño hay juegos con forma de platillo volador, estaciones saludables, cancha de básquetbol y pista para patinar. Llegando a Isla de Gaspar, una gran escultura en hierro donde se lee:

Estoy aquí en el mundo

en un lugar de mundo

esperando

ven o no vengas

yo 

me estoy aquí esperando

A esta altura, siento que fracasé en encontrar el extremo del arroyo, pero al cruzar Isla de Gaspar todo se hace caudaloso. Si tuviera que elegir entre comienzos, podría elegir este lugar, pero todo está drenando continuamente y viene desde muy lejos. A esta altura comienza la Rambla de Euskal Erría, que es una calle de tierra, el cauce del arroyo se hace profundo pero el caudal es mínimo, por lo que acercarse provoca el vértigo de los barrancos (palabra que, dicho sea de paso, proviene del euskera). En este momento los ranchos se multiplican en ambos márgenes y veo varios objetos, muebles y colchones al sol, probablemente secándose de las lluvias de anoche. Una niña atraviesa mi camino hacia el borde, con una mano empuja un carrito de bebé vacío, con la otra come un durazno jugoso que al llegar al carozo es lanzado hacia el arroyo. Cada unos doscientos metros hay puentes con pilares de material y estructuras de hierro, también hay desembocaduras que drenan hacia lo que Fabián, personaje de Palcante, de Andrés Ressia, define como una «zanja sucia y ancha por la que corre un líquido gris aparentemente espeso y en algunos lugares espumoso». La novela fue publicada en 2007 y fue la primera vez que alguien escribió sobre este arroyo, uno diferente al que veo ahora por el que corre un curso de agua limpio y fluido. Recuerdo a mi abuela Rosa contando que de niña había vivido un tiempo en esta zona, que todo era campo y en ese entonces, el arroyo era muchísimo más caudaloso, incluso la gente se bañaba o lavaba la ropa en sus aguas. Es difícil saber a qué lugar se refería al hablar de esta zona cuando las referencias espaciales ya no están. 

Llegando a Mataojo terminan los ranchos y empieza un terreno más conocido para mí, la Facultad de Ciencias y el Instituto Pasteur por donde caminaba siempre para ir al Liceo 10, atravesando también un campo de largos pastizales con un camino bien definido hecho de pisadas de adolescentes que iban y venían. Pasando la facultad está el Complejo Euskal Erría 70, reconozco el color de las torres después de una lluvia. En uno de los muros del complejo, escrito con aerosol, dice: «10 años. Santi presente. Nadie es capaz de matarte en nuestros corazones». Palabras dedicadas a Santiago Yerle, adolescente asesinado por la policía en incuestionable caso de gatillo fácil en el año 2004 a algunos metros de esa escritura. Sigo el curso del agua. Llegando a Hipólito Hirigoyen hay otra placita con juegos, ocupando el espacio de un cante realojado en 2012 a través de un programa de regularizaciones de la intendencia. Después, pierdo el caudal unos metros, el agua corre por adentro de la manzana y pienso en cómo será tener el arroyo corriendo por el patio de tu casa; durante unos 300 metros imagino lo que no veo, un caudal que crece por las noches y se hace sonoro, imposible de callar. En esta parte, la calle deja de llamarse Rambla de Euskal Erría y pasa a ser Rambla Concepción del Uruguay. Llegando a Avenida Italia, el paisaje sonoro se hace denso. Ruido de construcción de edificios, tránsito de la avenida. En frente está la estación de servicio que en un tiempo fue Texaco, luego Petrobras y ahora Disa. Cruzar Avenida Italia me lleva varios minutos, el tránsito me hace olvidar que por debajo está el flujo de agua que vengo siguiendo desde algunos kilómetros. Al llegar a Estanislao López, hay una gran rejilla metálica que oficia de filtro y un par de canales que dividen el caudal; a partir de ahora ya no volveré a ver el arroyo, corre desde los años cincuenta entubado y subterráneo por debajo de un cantero de césped impecable, árboles y flores que, según el tramo, se llama de diferentes formas: espacio libre Ángel Rama, espacio libre Carlos Herrera Mc Lean, espacio libre Eugenio Petit Muñoz y así hasta llegar a la playa Malvín. 

Hace algunas semanas, en la madrugada del 17 de enero, la lluvia llegó a grados de intensidad pocas veces visto y provocó que el caudal del arroyo bajo tierra creciera e inundara todo el barrio, incluyendo casas y comercios. Teléfonos celulares registraron la inundación en imágenes impresionantes de autos y contenedores flotando por Concepción del Uruguay. Es un hecho que seguramente quede en la memoria colectiva de ese barrio residencial y pacífico. Una amiga me cuenta que en los treinta años que lleva viviendo ahí, este fenómeno solo sucedió un par de veces. No es normal, pero cada tanto el arroyo crece y arrasa. Iain Sinclair, hablando de los ríos perdidos de Londres, dice «los ríos siguen, aun entubados y ocultos, fluyendo a través de nuestros sueños, dictando el compás de nuestros movimientos, nuestro ánimo». 

Me cuenta mi amiga que, de niña, cuando en medio de un juego con amigos se les iba la pelota a algunas de las bocas de tormenta de Concepción del Uruguay, levantaban la tapa de cemento para rescatarla y escuchaban con claridad un sonido de agua corriendo por debajo cuya fuerza era siempre impresionante.

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