Día de la Tierra

Día de la Tierra: ¿Cuáles son los animales fantásticos uruguayos?

Por Eduardo Gudynas / Viernes 22 de abril de 2022
Ñandutero. Ilustración: Eduardo Gudynas.

A veces, la ficción habla más fuerte que cualquier manifiesto. Eduardo Gudynas conmemora el Día de la Tierra proponiendo una breve fábula sobre un país que no tiene animales fantásticos. La búsqueda frenética por un ejemplar representativo esconde una verdadera ceguera. Ciertos habitantes se revelan incapaces de valorar la excepcionalidad de la vida que los rodea. 

Cuando recibieron la carta enviada desde Uruguay, se sorprendieron. Los directores de la Organización Internacional de los Animales Fantásticos (OIAF), la leyeron repetidamente. Se reclamaba que tal país carecía de una bestia propia y exigían una inmediata solución a esa falta, que consideraban insoportable. En Montevideo, el Ministerio de Relaciones Exteriores había trabajado con ahínco, que todos sabían era de la mayor importancia, y después de mucho esfuerzo completaron el trámite del reclamo.

Del otro lado del mundo, los jerarcas de la OIAF dudaron entre las posibles respuestas, e incluso Sir James llegó a sostener que ni valía el esfuerzo responderle a un país tan pequeño. Míster Winston, en cambio, advirtió que esa actitud podría desencadenar mala publicidad. Siguieron el consejo de este último, y le devolvieron el problema al Uruguay. La contestación decía que Uruguay debía elegir por sí mismo a su animal fantástico, que esa era su responsabilidad, y que en la OIAF recibirían con gusto la decisión.

No fue la respuesta que esperaban en Montevideo, pero la aceptaron. Casi todos los países contaban con sus bestias asombrosas, y algunas de ellas tenían siglos y hasta milenios. Los helénicos y romanos enarbolaban a las hidras, esfinges, centauros y cerberos, y a ellos le siguieron unicornios y dragones que vivían en los bosques medievales. En los demás continentes también se encontraban ese tipo de bestias y hasta Jorge Luis Borges lo sabía, y por ello en su recopilación incluyó, por ejemplo refiriéndose a China, al lung, que era como un dragón más divinizado. En nuestra América Latina, en los Andes vive la amaru, una enorme serpiente, junto a muchos otros, tal como nos recordó el peruano José María Arguedas.

La presión por encontrar al animal fantástico uruguayo aumentó aún más porque la prensa se enteró del asunto. En las tertulias de los medios, los que antes comentaban sobre economía o la guerra, al día siguiente fueron expertos en esta rama de la zoología. Se desempolvaron los cuentos de Horacio Quiroga y hasta los comentaristas de fútbol sostenían que, si un país pequeño como Uruguay había ganado protagonismo en las canchas, seguramente lograría mostrar un animal fantástico que fuese admirado por todos.

Más allá del sensacionalismo, el asunto es delicado. Las bestias fantásticas dicen mucho sobre la cultura del país que las imagina, sobre sus aspiraciones y manías, pero también sobre sus debilidades y flaquezas. Los que tienen grandes aspiraciones, o grandes miedos, tienen al enorme yeti o al pie grande; los que son agresivos cuentan con monstruos que lanzan fuego o devoran a cualquiera; y los que reniegan de esa impostura, insisten en centauros reflexivos.

Pero no contar con un animal fantástico propio resulta en un vacío que se vuelve insoportable. Podría ser que Uruguay, con sus pocos más de 200 años, no tuvo el tiempo suficiente para parir sus fantasías, y entonces debe tomar prestadas las bestias que sueñan otros. Además, el colonialismo cultural puede haber calado tanto que nos hace repetir las imaginaciones de otros, impidiendo a la vez las propias. Es el riesgo de ni siquiera poder plagiar creaciones de otros sitios al quedarnos estancados en ser meros espectadores de las fantasías que se sueñan en el norte cultural.

Sea por una razón o por otra, comenzó la tarea de encontrar la versión uruguaya del animal fantástico. Y se llevó adelante bien a la uruguaya: se creó una comisión con representantes de todos los sectores, desde la política a la cultura. La comisión recibió 1325 delegaciones o reportes con distintos tipos de animales propuestos. Después de numerosos análisis, rechazaron a la mayoría porque en unos casos no eran animales y en otros no eran fantásticos.

Tras meses de arduo trabajo algunas cuestiones comenzaron a quedar en claro. El color del animal fantástico se volvió un asunto complejo. Para estar a tono con el ser nacional, algunos sostenían que debían ser una combinación entre el gris y el azul, y otros incluso afirmaban que lo más apropiado era reducirlo aún más a los tonos de gris. Se rechazaron esas posturas tan extremas. Pero los politólogos, que seguían el asunto con mucha atención, indicaron que los colores en Uruguay siempre eran políticos. Concluyeron que el animal fantástico uruguayo no podía privilegiar colores y, por el contrario, que debía mostrarlos a todos, como un arco iris sin exclusiones.

También debía ser mediano, ni muy pequeño ni muy grande. La medianería caracteriza a nuestra fauna y los paisajes son, como todos sabemos, suavemente ondulados. Eso excluía cualquier bestia del tamaño de un dragón. Debía ser exclusivo de Uruguay, y eso implicaba, por supuesto, que no podían repetirse los de Europa, Argentina o alguna otra nación vecina. Eso inmediatamente echó por tierra la propuesta del carlanco, por ser hispánico, o del chupacabra, bien conocido en varios países latinoamericanos.

La discusión sigue su marcha, y no está claro cuándo se alcanzará una decisión final, porque hay varios candidatos fuertes en juego. Están el bofeteo de tres cuernos, que recuerda a un pecarí con cornamenta de rinoceronte; el urusú rugoso, que es una culebra con piel de sapo que apenas se toca produce un ardor insoportable, o el mordaceo amarillo, que muchos confunden con una garza, pero que tiene unos dientes bien afilados.

Más allá de esos ejemplos, se destaca el ñandutero. De un metro y medio de altura, desde el pico a la cola cada una de sus plumas tiene un color distinto, ninguno se repite, y hasta sus largas patas están pintadas. Tiene muy mal carácter y siempre defiende su territorio. A pesar de ser multicolor, es difícil de ver, pero es más fácil escucharlo: su grito es estridente, agudo, interminable y llega a ser insoportable. Esa defensa es tan efectiva que nadie ha logrado fotografiarlo y sólo ha llegado hasta nosotros un viejo dibujo de un naturalista de fines del siglo XIX. 

De todas maneras, esta discusión es por momentos incómoda. Los uruguayos, pero sobre todo los montevideanos, tienen repetidas dificultades para comprender que en la fauna nativa hay muchas especies realmente fantásticas. No son imaginadas ni trucos publicitarios, sino que son reales: culebras con una quilla en su cabeza para moverse bajo tierra, sapos repletos de tóxicos en la piel, aves que incansablemente transitan miles de kilómetros obsesionadas con anidar en nuestras costas, o mamíferos muy peludos que tienen una larguísima lengua para alimentarse de hormigas y termitas. Son muchos, y unos cuantos están amenazados porque les hemos destruido o contaminado sus ambientes. 

Ante esa riqueza que ya poseemos, y que corre el riesgo de desaparecer, me pregunto si no insistimos en crear animales imaginados porque no logramos entender lo fantástico de lo que nos rodea.

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