La anomalía, de Hervé Le Tellier

Ejercicios de estilo

Por Francisco Álvez Francese / Viernes 18 de junio de 2021
Fragmento de portada del libro «La anomalía», de Hervé Le Tellier

«Fantástica», «salvaje», «delirante» y «extraña» son algunas de las calificaciones obtenidas por La anomalía, la última novela del francés Hervé Le Tellier. Ganadora del Premio Goncourt 2020, esta distopía nutrida de juegos literarios comienza con un vuelo que aterriza en Nueva York un 24 de junio de 2021 con los mismos pasajeros y la misma tripulación de un vuelo que aterrizó cuatro meses antes. 

«Novela de novelas» es como Hervé Le Tellier define su libro L'Anomalie (La anomalía, recientemente publicado en nuestro idioma por Seix Barral en traducción de Pablo Martín Sánchez), ganador del prestigioso Premio Goncourt 2020, y hace bien. Porque si, en efecto, en su lectura seguimos a una decena de personajes muy diferentes entre sí, esta pluralidad es utilizada por el autor como un modo de poner a prueba la asombrosa ductilidad de su prosa, que incluye en su texto formatos como la cita, el poema, la canción, el caligrama, la entrevista, el mail, etc. y se sirve de los procedimientos de la literatura gris, la ciencia ficción, el noir, las series de detectives del FBI o la novela rosa (o, como ha dicho el autor en una entrevista, de la comedia romántica inglesa a la Richard Curtis) para contar una serie de vidas que, precisamente, podrían haber salido de algunas de esas ficciones: la de un asesino a sueldo, enamorados tímidos y derrotados, una rana mascota, un enfermo cercano a la muerte, una abogada que defiende una corporación farmacéutica, un escritor y traductor sin suerte, una madre soltera, un cantante al borde del estrellato, entre otros.

Así, Le Tellier construye con precisión varias voces narradoras, en tercera persona, que aprovechan los tics, el vocabulario, los ritmos y los clichés de varios géneros literarios para seguir las vicisitudes de esta serie de personajes que, en su inmensa diversidad, comparten un evento fortuito: que todos estuvieron en el mismo avión, en el mismo viaje entre París y Nueva York… dos veces. El disparador de la trama, precisamente, es esa anomalía del título (que es, también, el título de un libro del personaje escritor): la aparición, meses después de su primer aterrizaje, de un segundo avión exactamente igual que el anterior con la misma gente, que comparte incluso los recuerdos, salvo por los de los meses que separan ambos vuelos. Sin abundar mucho más en el argumento, la novela funciona a partir de este dispositivo como un campo de experimentación en el que no sólo explorar las posibilidades de la narración, sino también en el que discutir algunos temas centrales como la identidad, la memoria, el sujeto o el binomio original-copia, que tanto depende de la noción, tan debatida en estos tiempos, de verdad.

Presidente del grupo de experimentación literaria Oulipo, el más longevo del mundo, Le Tellier sigue algunos modos que recuerdan, en distinta medida, a los cultivados por sus co-oulipianos Raymond Queneau (por ejemplo en el libro que da título a esta reseña, publicado en 1947, antes de la creación del grupo), Italo Calvino o el Georges Perec de La vida instrucciones de uso (1978) y satura su novela de guiños a otros tantos escritores franceses como Louis Aragon, Romain Gary, Michel Houellebecq, Édouard Levé y Emmanuel Carrère o no franceses, como en la repetida frase que imita, paródicamente, el comienzo de Anna Karenina, de Tolstoi, que el autor ya había utilizado en su libro Toutes les familles heureuses, de 2017. Este dichoso juego literario, que hace evidente siempre que puede el artificio, sin embargo, no aparece como un experimento frío y distante, sino que logra atrapar al lector y también conmover a través de estos retratos condensados y llenos de vida.

Parte de eso lo logra, por supuesto, a través de la muy consciente explotación de recursos narrativos como el cliffhanger a final de capítulo, que nos deja intrigados y con ganas de seguir leyendo, y ciertas astucias retóricas puestas al servicio del relato para producir expectativa, nervios, sorpresa, alivio y, por qué no, desazón, porque si algo marca estas vidas duplicadas, esta multiplicación vertiginosa de ficciones y modos de narrar, de formas de ser como en pose, es su carácter revulsivo con respecto a la idea corriente del individuo como ser único e irrepetible.

En el encuentro de uno con su doble, que Sigmund Freud clasificaba como ominoso en un muy citado ensayo de 1919, se cifra precisamente la pregunta sobre la consciencia, sobre qué nos constituye, qué nos hace quienes somos, y que en La anomalía se lee desde las relaciones de padres e hijos, de amantes, de parejas, de hermanos y, también, en la de uno con uno mismo. De este modo, en la fantasía delirante de una novela como esta, construida con precisión en base a otros muchos textos que aparecen de forma más o menos velada, Le Tellier construye una máquina perfecta de narrar que es también una fina reflexión sobre el fin, sobre la futilidad de la vida, y una celebración de lo en apariencia prescindible.

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