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 Imágenes disímiles y asociaciones libres

El cine en estado lírico: el cosmos de «Ida Vitale»

Por Irina Raffo / Lunes 14 de agosto de 2023
Fotograma de «Ida Vitale» (2023).

«Ver y escuchar con dedicación. Dime cuánto te detienes y te diré qué escribes»: Irina Raffo reseña Ida Vitale, la película de María Arrillaga. Recién estrenada, es una vía de acceso a la forma de existir de la poeta uruguaya y un acto de complicidad con el mundo.

Hay una historia. No se sabe con precisión cuándo ha empezado. Quienes podrían estar relacionados con ella, en realidad ignoran que la historia no existe. No tiene un nombre que la identifique y no es claro si tiene un protagonista o dos. Puede ser la historia de A que B no acepta o al revés. También puede ocurrir que ninguno sepa que la historia existe y les concierne.

El ABC de Byobu, Ida Vitale.

No es fácil crear un orden, dar sentido a una historia. Saberla o no inventada, definir qué se quiere contar y cómo. Las historias son territorios abiertos que más o menos definen por un tiempo determinado una intención de sentido, un rumbo o dirección. Ida Vitale no se trata de una road movie, tampoco es un retrato documental, ni una película-poesía. Tiene algo de todo esto, pero no es nada de todo esto. Se define más fácilmente por lo que no es, que por lo que es, y esta es una de sus virtudes. 

Ida Vitale se compone de imágenes disímiles y asociaciones libres, de planos y situaciones flotantes que se conectan por recursos sutiles, ligados más al ritmo del montaje y a la fuerza de las palabras, ¿no es acaso también esta la naturaleza y la forma propia de la poesía? El film se organiza siguiendo el sistema alfabético en complicidad con la solución propuesta en la «Hoja de intenciones», que abre Léxico de afinidades

El mundo es caótico y, por fortuna, difícilmente clasificable, pero el caos, materia susceptible de convertirse en maravilla, ofrece, como cualquier teogonía demuestra, la tentación del orden. Vivimos buscando el sistema mejor organizado de todo, para entenderlo, al menos. Mientras no llegue el único irrebatible, el más inocente es el alfabético. 

Y, así, los capítulos de la película van encabezados por una letra y una palabra. Este orden actúa como fuerza centrífuga para atrapar un grupo de viajes, situaciones, acciones y movimientos en torno a la cotidianidad y la forma de estar en el mundo de la poeta uruguaya.

Antes de que venga la A —de Alondra—, en la primera escena que prologa la película, la cámara está detenida sobre las manos de Vitale. No es casualidad que esta sea la imagen inicial de la película. Son las manos las que escriben, las que llevan lo que se percibe en el mundo al marco de una hoja en blanco. Fuera de campo, la escuchamos tararear. La poeta juega con los sonidos en su boca. Se nota el entusiasmo con el que sigue y marca la entonación de la melodía. Desde un inicio la música se ubicará al centro de la película. Estará presente alternativamente, tanto a través del música sincrónica que la protagonista escucha en diferentes escenas, por ejemplo, «Viaje de invierno», de Franz Schubert, como a través de la composición original de Sylvia Meyer que sintoniza con la vitalidad y el grosor de la obra de la poeta uruguaya, marcando distancias perfectas entre el piano, la voz y el silencio. 

Meyer le imprime un tempo propio a la película, un subtexto sensible y en diálogo con la poesía de Vitale. Acompaña orgánicamente la musicalidad del lenguaje y las lecturas de la poeta. Va a un lado de su escritura. Junto con el relato y las imágenes de María Arrillaga, se construye un universo fílmico que devuelve al espectador un retrato revelador de Ida Vitale. Luego de ver la película, este posiblemente sabrá más de la poeta; aquello que tiene que ver con los actos mínimos de su vida cotidiana y con su forma de observar y transformar lo diario en extraordinario. Esto naturalmente —y afortunadamente— retroalimentará la lectura de su obra que es tan rica en evocaciones lúcidas sobre pequeños detalles. El espectador será testigo de cómo observa, cómo ve y escucha Vitale, en qué cosas se detiene y cómo descubre la realidad que la rodea. Y volverá a una infancia que perdura toda la vida. Echando mano de ella: «Es que la infancia es como una esponja, que hay que aprovechar. No exprimir, sino llenar», asegura.

El trabajo de Daniel Yafalián en el diseño de sonido, conjugando la música de Meyer y el sonido directo de Inés Vázquez (sonidista y productora de la película), crea una atmósfera onírica que invita al espectador a ubicarse cerca de la sensibilidad de Ida Vitale. No escuchamos exactamente la realidad que la cámara nos muestra, sino los sonidos que imaginamos que ella escucharía. Estamos sumergidos en ella. Parece que ocupamos brevemente su lugar. Esta estructura de sonido compacta y hermética, traduce algo del silencio de la poesía a la pantalla. Se construye un espacio de aislación sonora que nos envuelve. 

De golpe, emergen puntos de sonido en los que podemos hacer foco: las olas del mar golpean la orilla, un colibrí aletea, una caja se abre. A lo largo de la hora y cuarto que dura el largometraje, solo hay un momento en el que se quiebra este espacio de intimidad: están a punto de entregarle el premio Cervantes a Ida Vitale y escuchamos las voces del equipo técnico en tensión; la cámara se mueve agitada, no se sabe cómo se filmará la escena. Pocos minutos más tarde, la cámara se vuelve a retirar, dejando al espectador otra vez solo con la protagonista.

La estructura del largometraje se ve interrumpida por algunas escenas en las que la poesía se escribe sobre la imagen. Líneas de El ABC de Byobu se imprimen sobre diferentes planos. Un coche avanza en la oscuridad por una ruta desconocida. Las citas ingresan como intertítulos libres. Estos breves cine-poemas actúan como momentos de tránsito y generalmente separan escenas más cotidianas ligadas al tiempo de los objetos: Ida Vitale en su casa buscando materiales, algunos «archivables». En sus cajas se agrupan papeles, libros, objetos, fotografías. Pero nada de lo que se busca marcará un cambio en la película. Cajas de dvds, libros de Enrique Fierro, fotos familiares de los viajes que compartieron. «Buscar cosas y soluciones», se pregunta mientras se enfrenta al caos, «¿Algún día habrá orden en esto?» Mientras tanto insiste en buscar un papel de rayas.

La película, e Ida Vitale, invitan a seguir un modelo de atención diferente. Ver y escuchar con dedicación. Dime cuánto te detienes y te diré qué escribes. La película registra un acto de complicidad con el mundo. Nada de lo que aparece en su universo es ignorado. Vitale se toma todo el tiempo necesario para pensar qué está haciendo, cómo lo está haciendo y para qué. «Me gusta, ¿pero está bien que me guste?», se cuestiona. Preguntas y más preguntas sobre las preguntas, no para agotar las posibilidades de lo que vemos, sino para ampliar nuestros modelos perceptivos y ejercitar nuestra capacidad crítica, antes que esa lucidez se desvanezca: «Hoja y lápiz, para un oído limpio, curioso y desconfiado».

La película tiene el efecto de la poesía y la prosa lírica de Ida Vitale: enseña a ver, a detenerse y observar. Una planta puede merecer que le dediquemos horas, la aventura de una araña el puntapié para llegar a un acto de observación consciente. La poeta se acerca a Pizarnik, reforzando el interés por aquello que nos rodea: «La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos».

Este pensamiento luminoso, tan propio de Vitale, se materializa en su melena blanca que la cámara persigue durante toda la película. Una redondez frondosa y luminosa que encandila. Lo que la película de Arrillaga deja traducir, y quizá quienes conocen la obra de esta poeta también podrían afirmar, es cómo su actitud impregna toda su obra. La poesía como una herramienta para transformar la realidad. 

En una charla pública que dicta en España, Vitale comparte: «No es casual lo que ocurre por azar». Cuenta al público que siempre que lee, lo hace al azar: «El azar maneja al mundo. Cómo escribo y por qué escribo. No hay una explicación», asegura. En ese momento, se escuchan unas campanas que puntean su discurso. Se detiene, queda en silencio y señala aquel sonido levantando sus manos. En la escena siguiente se lee: «uno llama azar a su imaginación insuficiente». Ya hacia el final de la película sostiene un libro en la falda mientras ríe. El libro brilla e ilumina su rostro. Combina con su melena, a la cual admiramos toda la película como una fuente de luz en movimiento, algo parecido a un faro. Repasa a partir de un mazo de cartas el abecedario, y a cada letra, le asigna una palabra:

A, alondra,

B, burro

C, conejo 

D, día

E, esmeralda

F, fábrica

G, globo

H, hospital

I, ignorancia

J, Jano, Julio, Julepe

K, Kola granulada 

L, luz

M, murciélago

N, no

O, ola

P, premio

Q, queso

R, remoto

S, sol

T, tumulto

U, unidad

V, velo

W, wats

X, xilofón

Y, yugo

Z, …

«Imagina una teoría de puntos finales, pero ya se sabe, muchos puntos unidos se transforman en puntos suspensivos».

Llegan los créditos de la película. Vuelve el tarareo, esta vez Meyer con un arrullo, sin emitir palabra alguna.

______________________________________________________________________

*En el marco del estreno de la película Ida Vitale, de María Arrillaga, la poeta Regina Ramos, el profesor Néstor Sanguinetti y el periodista y librero Fernando Medina navegan por las derivas de la obra poética de Ida Vitale, timoneados por Pía Supervielle.

Jueves 17 de agosto a las 21:00 en Escaramuza (Pablo de María 1185). Más información acá.

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