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Difusión

Leé un avance de «El asedio animal», de Vanessa Londoño (Eterna Cadencia, 2022)

Por Escaramuza / Miércoles 27 de abril de 2022
Foto de la autora y portada de «El asedio animal» (Eterna Cadencia, 2022).

En la expectativa por la llegada de El asedio animal a librerías, compartimos las primeras páginas de este inquietante libro de la colombiana Vanessa Londoño editado por Eterna Cadencia. Como escribió Gabriela Cabezón Cámara sobre el texto: «La prosa de Londoño es violenta y exquisita, una poesía brutal y sofisticada. Estremece al cuerpo lector: vibra vital. Late con la sangre nuestra, latinoamericana. Bisnieta de Rulfo, estoy segura, será precursora de multitudes. Es literatura esto». Y sí que lo es.

  Vanessa Londoño nació en Bogotá, Colombia, en 1985. Es escritora y periodista, graduada como abogada de la Universidad del Rosario y Maestra en Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York. En 2017 obtuvo el Premio de Literatura Aura Estrada en la Feria del Libro de Oaxaca y el Premio Nuevas Plumas de Crónica Periodística, en la Feria del Libro de Guadalajara. Su trabajo ha sido publicado en El Faro (El Salvador), Americas Quarterly (Nueva York), El Malpensante (Colombia), Brando (Argentina), Este País (México), entre otros. El asedio animal es su primera novela.  

______________________________________________________________________


Uno


Durante dos años hubo un cementerio de barcos que se instaló frente a la casa y ocupó todo el ámbito de la ventana. Mirarlos me producía un dolor físico, casi, parecido al del bazo o al del calambre que desvía imprevisiblemente la curvatura estable del músculo; y me ponía nervioso. Yo miraba a los barcos morir, dejarse devorar por el salitre; con la superficie llena de úlceras, de la escamación que le sacaba el óxido; y recordaba en cambio los viajes en cayuco por el Don Diego, viajes que habría podido hacer nadando pero en los que yo prefería embarcar, por el simple placer de lo móvil, de la locomoción, de sentirme flotar. Recordaba también el registro de los otros trayectos, más largos y en lancha, con los remanentes del salitre en la cara y resistiendo la interminable crueldad del sol; sentado al frente, entre la carga y las gallinas, mientras el cuerpo de la lancha atravesaba la sal, arrasaba el campo plano del agua, rompía al océano en virutas como si fuera parafina devastada. Del viaje me gustaba todo, incluso el reposo, incluso los saltos entre las olas, y la sensación de que el barco restauraba su lugar entre el océano con un antiguo sentido de la proporción; y me gustaba también el ruido de la banderita golpeada por el viento, incapaz de describir algún curso, y sencillamente turbada. Siempre me pareció que en los viajes los días empiezan a marchar para atrás como en una vieja máquina de microfilme que recoge lentamente el paisaje hacia un nudo; y que la memoria desempolva sus monumentos y los saca a la calle, y que no se tiene más opción que andar para encontrarlos y reconocerlos. A mí me persiguen todos, todas las cosas, incluso la gente, incluso sus posturas, los anillos sobre los dedos; todo tipo de memorias y hasta aquellas vagas que apenas me rozan la palabra y que no puedo retener; pero sobre todo dos. Una viene de un suministro probablemente artificial, creada por el apetito desordenado de querer recordar, o por una belleza inútil que no estriba; la imagen incierta de algo que se escurre, un recuerdo que suda mentira: dos conejos atraviesan el potrero, pero yo tengo los brazos demasiado cortos para agarrarlos. Y cuando en la cabeza me baja esa imagen rota, tan pequeña como una esquirla de la memoria, escucho al tiempo a mi madre decir una cosa dura y plástica, unas palabras honradas dichas con toda sencillez: El sol este no calienta malo o bueno, no. Todo se calienta. Él no dice: voy a calentar nomás este a bueno, no. Malo también. El otro es un recuerdo más fijo, implacable, sedentario; a menudo reconstruible, creo, por la cruel influencia que ejercen los hábitos: Lásides está tumbado sobre el colchón, vestido solamente con unos calzoncillos mareados, transparentes como una mezclilla; y me pide que me suba encima suyo. Yo me paro y trato de correr; y busco entre los escondites de la casa a la tortuga.

Antes de Lásides yo ignoraba que los sobacos están puestos entre los brazos para ser repasados por el tacto puntual de la lengua; y que no solo se resignaban a los juegos, o a una forma indefinida de producir sebo y de picar. Cuando regresaba de su casa andaba el camino de vuelta sorprendido por la novedad inesperada del sexo; con la sensación de que sus manos seguían lamiéndome por horas, como cuando al salir del océano uno sigue percibiendo el pulso de la marea. En las noches la casa se dividía entre hombres y mujeres; los hombres dormíamos en el patio y sobre los chinchorros, arropados por la niebla y por los ruidos de los animales; y las mujeres en el interior, acumuladas sobre las esteras de ratán en el piso. Para nosotros estaba prohibida la entrada en las noches, pero a mí me gustaba escurrirme y esperaba a que todos se quedaran dormidos para nutrirme de la temperatura del aire concentrado; o refregar la cara y los brazos fríos contra las maderas capaces de retener el calor. En la oscuridad las colas y las pieles de los animales que colgaban del techo adquirían una forma siniestra, y mutaban con las otras mochilas; suspendidas en formas más feroces que los propios animales de la selva. A veces jugaba a salir para esperar al viento, y volvía a entrar para producir la ficción de que el calor era mayor; como cuando corría por fuera del río para que luego me tapara la sensación de que el agua ganaba tibieza. La casa le daba la cara al mar; montada sobre una loma alta y puntiaguda, pero el patio se descolgaba en línea recta hasta el río Don Diego, que es la nieve derretida que baja por la pendiente de la sierra. Si Lásides quería verme me mandaba el recado con alguno de los pelados del Bajo Mamey, una invitación a una de sus clases de dibujo; y yo sabía que esa noche inmediata tenía que ir a visitarlo. Antes de salir, las tripas se me torcían como cuerdas; y sentía en el cuerpo una especie de desgano, de náusea. Tenía una casa de bareque con dos celosías colgadas en vez de ventanas; de esas en que el estaño deja ver sin que se pueda mirar para adentro. Cerca de mi casa y por la vía del camino, yo tenía un escondite debajo de un bejuco, entre la maleza, y ahí guardaba el yakna que me cambiaba por una camisa y un pantalón; ahora pienso que por el pudor de usar con él la misma ropa que usaba cerca de mis lugares. Del hueco también sacaba una linterna oxidada que me servía para repudiar la niebla y despejar a los animales del camino; y al regreso escondía ahí los dulces o las monedas que me daba. A la distancia me parecía que sobre los chinchorros se vertía una oscuridad masiva, solo comparable a la que ocurría cuando los hombres eran lombrices, y por orden de Seránkua la luz no ocupaba todavía los predios de la noche. Si era época de lluvias las botas se volvían excesivamente pesadas de levantar barro y el interior se llenaba de agua, haciendo un ruido pegachento. Hubo noches enteras en que caminé sin luz porque las pilas de la linterna se gastaban y había que esperar días para que llegaran al pueblo; pero yo me sabía el camino de memoria, la posición relativa de las piedras, las curvas, las inclinaciones que a muchos les parecían imperceptibles, el lugar exacto de la cascada que desplegaba el agua como una sábana.

Me tocaba con la palma de la mano abierta, extendida primero sobre la tráquea; y desde ahí deslizaba el tacto, me embadurnaba con la lengua los oídos; y me decía, con la voz vaporosa, muévete que tú eres ya apto; y luego, señalando hacia la ventana el cementerio, gritaba, esa mancha somos tú y yo, doscientos kilos de carroña empujando hacia abajo, tocando con las puntillas del pie el fondo del océano y haciendo maromas para poder respirar. Cuando quería estar solo en medio de esa cama tenía que resignarme a estar callado y a dejar que el cuerpo aisladamente se ocupara de recaudar el tacto y los recorridos pastosos de la lengua, mientras con la mano yo trataba de buscar los huecos de la sábana y los atravesaba con los dedos. Lásides había inventado el método de dejar a los cerdos sin comida, para que se levantaran a la madrugada, hambrientos, y yo pudiera despertarme con los ruidos suyos por todos los rincones de la casa. A eso de las tres de la mañana regresaba, el carrete del camino daba un giro, las subidas se hacían bajadas y las bajadas subían. Lo último que miraba desde mi chinchorro era el amanecer cayendo, y a los barcos podridos hamacarse sobre el agua, a esa hora en que el mar se esparce libre de las costuras de las olas.

***

Mientras conversaban yo trataba de establecer la legalidad de esa memoria; de comparar mi historia con esa frágil realidad suya que se exiliaba de todo sentimiento, de evitar que el nombre de mi madre se convirtiera en un simple recuerdo para ellos repetido y confuso, como si fuera una tragedia de segunda mano. Caminaba hacia la casa de Lásides y me parecía que la maleza había crecido más de la cuenta; que había crecido apretada y mullida como restregándose entre las horquillas de los palos, para manifestar por fin esa belleza oblicua que tiene la naturaleza cuando nos traiciona. El camino empezaba a oscurecerse y eso aumentaba mi miedo a la represalia que me esperaba al llegar a su casa después de la escuela, porque me había retrasado jugando con otros niños a la salida y él me había pedido que llegara mucho antes del anochecer. Desde la esquina reconocí el reflejo de esa silueta suya que se proyectaba inaprensible sobre el vidrio tembloroso; y a medida que me acercaba me inquietaba reconocer que se traslucía además otro reflejo de alguien que yo no estaba esperando. Cuando me acerqué distinguí el perfil del finquero que tenía casa al otro lado del río, y que nunca se habría arriesgado a venir sin un motivo a esta hora para evitar los rumores que eso generaba en el pueblo. Como me vieron también a la distancia no tuve más remedio que entrar y sentarme en una silla, y me enrosqué callado y triste como un perro de esos que esperan hambrientos el rodar de las migajas por el pantalón de su amo. Hablaron de mi madre, del día en que la pusieron a cargar esas piedras arrodillada sobre semillas de algodón como castigo para después cortarle las piernas con una motosierra; y de la desaparición de Rosa Kunchala que no les pareció relevante, como tampoco les pareció importante la historia del campesino cuatrero que nos robó las reses a los indios. Terminaron luego hablando de sus asuntos de vecindad sobre los predios que dan contra esa playa que ellos llamaban de arenas dormidas, y solo me llamaron cuando quisieron hablar de los linderos de las tierras que nos había heredado mi mamá.


Oíste, Lásides, un poquito nada más, con un poquito tengo, gracias. Acabo de enjuagar la copa, entonces, puedes beber ahí, en esa está bien, lo que pasa es que esto lo tengo pa’lavar los platos luego. Yo creo que aquí en esta taza que acabo de lavar, sí, esta está enjuagada con agua y jabón; está limpia. Pero tenés muy bonita la casa, Lásides, está muy organizada, la veo con mucho más…, ¿y los poliedros los estás volviendo a trabajar?, ¿o qué? Los poliedros, el trabajo de los poliedros…, ahí nomás, ahí nomás. El trabajo de los poliedros, el trabajo de los poliedros está detenido. Hablé con Carlos y él dice que a él le interesaría, por ejemplo, fabricar los poliedros esos, pero esa es otra rama de la investigación, con una inyectora, con una resina plástica, hacer unos moldes, fabricar los poliedros, patentarlos; distribuirlos. Eso requiere un grupo de personas, eso requiere un grupo, requiere sobre todo recursos, capital. El Padre que me regaló el computador, él me ha invitado, ya, cada vez que viene de vacaciones, hace tres años, él le habló de mi trabajo a un grupo de rectores de colegios privados en Medellín. Entonces la idea era que yo viajara allá a dictar tres charlas para crear una microempresa, reunir a unos artesanos y fabricar unos poliedros, pero lo que pasa es que a mí eso me sacaría de mi trabajo. Para mí lo más importante es el libro. Del libro se desprenden consecuencias amplísimas, mejor dicho, el libro mío... las implicaciones humanas que eso tiene. Es que si se demuestra que el universo es armónico en la concordia, ¿por qué el ser humano vive en la discordia?, entonces eso ya da tema para discutir en aulas de filosofía, de antropología, de sociología, de derecho, pero el enfoque mío va a demostrar que en el sistema solar se puede plantear un sistema de referencia establecido en la escala musical, y en la divina proporción que han utilizado los artistas pa’medir las proporciones de los cuadros, que esas proporciones están en la naturaleza, y que aplicando esos parámetros de armonía se pueden explicar las leyes de la mecánica celeste; entonces si la casa nuestra, el universo en que vivimos está regido por un canon de armonía y de musicalidad, ¿por qué la discordia, y por qué vivir en el ruido, en la estridencia, por qué en el odio, y en todo lo que destruye?, porque ya, ya llega el momento en que la ciudad crece tanto que es un monstruo que destruye y contamina todos los recursos ¿por qué?, porque la ciencia, en su aplicación práctica que es la tecnología, está huérfana de un principio de armonía que opera en la naturaleza y que, si se desconoce, inevitablemente destruye. La naturaleza se rige por la armonía, entonces si no hay un principio general de la armonía en la física, las consecuencias tecnológicas tienen que producir discordancia, ruido, basura, envenenamiento; todo lo que estamos viendo que es la ciudad moderna, ¿no? Y no solamente allá en la ciudad ¿no viste aquí arriba lo que pasó con la Drummond?, ¿los escombros?, dijeron que una embarcación de puerto Drummond, de esas de cargue, fue la que naufragó: chocó y el derrame le hizo un roto al mar. Dejaron abandonado ese buque y ayer por la mañana ya trajeron otro y lo amontonaron ahí. Si siguen tirando barcos viejos eso se va a volver un basurero, es como la cuarta vez que pasa, y los descarados no hacen nada… Quería aprovechar para presentarle a Alaín. Alaín es hermano de Harold. ¿Usted es hermano de Harold?, se parece harto sí, ¿ambos hablan español? No, solo yo y nada más un poco. ¡Anda!, ¡este pelado pa’modesto! Habla español muy bien, yo le prometí que cuando se graduara del colegio le conseguía un cupo en la universidad de Sincelejo. El que no habla nada de español es Harold. ¿Ah sí?, ¿Y qué quiere estudiar? Letras, o cine, no sé. ¿Y Harold dónde anda? Aquí en la casa, ¿ya llegó de Bogotá? Sí. Ah qué bien, ¿pero sigue trabajando con pinturas y cosas?, ¿o no? No, él estuvo aquí la semana pasada, y yo le dije que no está haciendo nada, le dije, venga pa’acá y sigue trabajando sus dibujos, sus pinturas, pero la cuestión es que se les murió la mamá y eso es una carga que él siente. ¿Falleció tu mamá? Sí. Ve, yo no sabía. Sí, la mamá murió en julio, ¿no?, a comienzos de junio. De junio. Entonces él ya no tiene la estabilidad que tenía antes. Él venía acá, ponía su mente en blanco, dibujaba y todo. Ahora está allá más estresado por la ausencia de la mamá en la casa. Sí, más estresado, sí. ¿De qué murió la mamá? La mamá era la tal Fernanda Huanci. La india que empelotaron dos días seguidos amarrada a un totumo y que la pusieron a cargar piedras arrodillada sobre semillas de algodón. Le cortaron las piernas con una motosierra, dizque para aleccionarla. Ah, sí me acuerdo, fue horrible. La azotaron con escobillas y ramas de guayabos. La llevamos al escondido hasta una clínica en Cartagena y allá se murió. ¿La cogieron robando? No. Robando no. La procesaron por usar botas de caucho. A ella y a la Rosa Kunchala; pero esa se escapó. Usted sabe que eso para los indios es una cuestión delicada. Las mujeres no pueden usar zapatos: van descalzas, y por eso fue que le quitaron las piernas, para que no pudiera andar. Ese mismo día le pusieron sentencia a un guerrillero que mató a unos indios; y a un campesino que se robó unas reses y que del susto de ser cogido les tiró la carne a los perros. ¿Y a esos que les hicieron? Al guerrillero le metieron sesenta años. Al campesino le dieron cepo. A todos los condenó el mamo Romualdo, el que tiene la jeta torcida y que usa un gorro de pico, como un chupo, ¿lo distingue? Sí, lo he visto pasar. El juicio duró tres horas, el mamo también quiere juzgar a los de la Drummond, y puede. Lo que dijo mientras el juicio salió en el periódico: teníamos que dar ejemplo a los retoñantes porque un día se arrebató y salió al pueblo, compró una corta con dieciséis tiros de sellao y nos amenazó, y empezaron los muchachos: que ya no sirve la autoridad indígena, que puedo matar. En fin, le estaba diciendo a Alaín hoy que la mamá les dejó un lote por allá por la población comunal que no lo ha cercado, y le dije que tiene que cerciorarse si eso está registrado en la oficina de Instrumentos Públicos o no, porque si no, él puede tener escritura, pero puede haber otro que tiene escritura también, y si no le ha puesto cerca, el de al lado puede decir, no, este es el patio mío, o lo venden, o hacen cualquier cosa. O lo venden, sí, si no lo han vendido ya. Ah, pero Alaín, ¿usted nos puede hacer el favor, ahoritica, y yo le doy pal fresquito así me toque volver enseguida?, pa’que me ayude a montar unos palitos ahí al carro, ¿vale?, ahora que repose. Y los que le sobren si quiere los coge pa’montar su cerca. No, ya, de una de una, que está caliente. Yo no lo ayudo porque tengo esta rodilla que no puedo. Entonces vení, ¿cuáles serían, Lásides?, ¿son estos que son como de…? Llévese todo, todo lo que necesite, porque yo de momento no les tengo utilidad. ¿Son estos que son como triangulares, que tienen esa veta? Esta madera no sirve tanto, sino esta, la que es como pino canadiense. Y allí hay otros. ¿Dónde? Allá por la parte interna de la casa. Todo eso se lo puede llevar, yo de momento no le estoy dando utilidad, yo le abro la compuerta del jeep, pero es que esto no me va a dejar hacer nada, hombre.


LONDOÑO, Vanessa. El asedio animal. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2022, 13-22.

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