Difusión

Leé un fragmento de «Jardín ambulante», de Virginia Mórtola

Por Escaramuza / Lunes 04 de abril de 2022
Ilustración de Laura Carrasco en «Jardín ambulante» (Criatura editora, 2021).

«Una hoja que se balancea en el aire puede ser la cuna que mece a un insecto y un pequeño barco al aterrizar en un charco. Una piedra puede transformarse en arma o en escultura, dependerá de quien la sostiene. Las canciones, los cuentos y la poesía son tan necesarias como el desayuno, el almuerzo y la cena». Leé un fragmento de Jardín ambulante (Criatura editora, 2021), de Virginia Mórtola e ilustrado por Laura Carrasco.

Virginia Mórtola (Montevideo, 1975). Vive en El Pinar, Canelones. Además de escribir le encanta regar y cuidar sus plantas. En su casa tiene varios árboles frutales. Trabaja como psicoanalista. Su recorrido fue sinuoso hasta que se encontró con el Master en Libros y Literatura infantil y juvenil de la Universidad Autónoma de Barcelona. Allí, varios de sus intereses confluyeron: periodismo, psicoanálisis, los niños, los talleres y la escritura. Es docente de Literatura infantil en la Universidad Católica. Coordina talleres de expresión escrita para niñas y niños, y participa como columnista de Literatura infantil en el portal de Escaramuza y en No Toquen Nada. Ha publicado La ventana de papel, Cuentos de disparate y terror y Estrafalarius. Postales de una vida. En Criatura, publicó ¡Sim Sala Bim! Tres palabras mágicas, con ilustraciones de Valentina Echevarría.

Laura Carrasco (Montevideo, 1986). Estudió Artes Plásticas y Diseño Gráfico en la Escuela Nacional de Bellas Artes y Serigrafía en la UTU, además de lustración en Chile. Obtuvo el segundo premio del Premio de Ilustración de Literatura Infantil y Juvenil del MEC (2017) y el primer premio en la categoría Dibujo del Concurso de Dibujo y Grabado de la IM (2018). Publicó su primer libro como autora integral Isla de Flores en 2021 con la editorial Le Lettere de Florencia, Italia.

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 Esta historia no es para niños

—¿Necesitás ayuda? —preguntó Florencio luego de un rato de esperar a Jazmín al borde de la escalera que subía a su guarida. 

—No, ya bajo. 

Jazmín acomodó con la punta de los dedos el herbario sobre la mesa y salió. 

—¿Cuántos días tiene que estar apretada la flor? 

—Depende de la flor, pero tranquila, que antes de irte vas a poder pegarla. ¿Sabías que muchos árboles tienen una leyenda? 

—¿En serio? ¿De verdad? 

—En serio, de verdad. 

—¿Y el ceibo tiene una? 

—Tiene. 

—¿Me la contás? —pidió rápido. 

—Bueno, pero vamos a sentarnos. ¿Qué te parece? Porque acá parado se me van a acalambrar las piernas. 

Se sentaron en un banco que Florencio puso en un lugar estratégico para tener una vista amplia del atardecer. El cielo se enrojecía frente a ellos. 

Florencio empezó a contar: 

—Anahí era el nombre de una niña guaraní que vivía en las riberas del Paraná. Era famosa por ser muy fea y cantar muy lindo. Algunos dicen que amaba tanto la libertad como la aman los pájaros del bosque. Todas las tardes cantaba y la tribu se acercaba a escucharla. El viento llevaba su voz de paseo y no había quien no reconociera sus melodías con historias de dioses y de amor. 

—Yo canto refeo, tío. 

—¿Te parece? 

—No hay duda. Si el viento llevara mi voz de paseo, la gente se pondría sandías en los oídos. 

Florencio lanzó una carcajada. 

—¿Y qué tiene que ver Anahí con el ceibo? 

—Ahí vamos. Un día, los hombres blancos invadieron las tierras de la tribu de Anahí y arrasaron con todo. Anahí fue atrapada y encerrada junto a otros indígenas. En la celda no cantó. Lloró, lloró y lloró sin consuelo varios días y varias noches. 

Jazmín frunció el ceño. 

—Pero Anahí era valiente y astuta. Una noche, cuando el centinela que la vigilaba se durmió, se escapó de su celda. Apenas logró alejarse unos pasos cuando el hombre despertó y corrió tras ella. Forcejearon. Anahí no podía liberarse y, en la desesperación, agarró el puñal del centinela y se lo clavó en el pecho. El grito de dolor despertó al resto de los españoles, que salieron tras ella. Dicen que fue una verdadera cacería. Cuando la atraparon, para vengar la muerte de aquel hombre, la condenaron a morir en la hoguera.

—Espantoso. ¿Como a las brujas? 

—No lo había pensado, pero sí. La ataron a un árbol y encendieron una fogata. Las llamas rozaron la planta de los pies, avanzaron por las piernas y subieron hasta cubrir todo su cuerpo. Anahí no gritó ni lloró. Cerró los ojos como si estuviera dormida. 

—Tío, me parece que esta historia no es para niños. 

—¿No? 

—No, es muy horrible y triste. 

—Es cierto, pero yo soy grande y para mí también es horrible y triste. Además, no termina ahí. Al día siguiente, cuando el sol iluminó todas las cosas, en el preciso lugar donde Anahí fue quemada, había un bellísimo árbol de hojas verdes relucientes y flores aterciopeladas del rojo más intenso. La leyenda dice que la flor del ceibo es el alma de Anahí, símbolo de su valentía y su fortaleza. 

—No sé si me alegra. 

—Es una leyenda. 

—Pero las historias también ponen triste.

Florencio asintió con una sonrisa tierna. 

—¿Y las plantas también tienen historias? 

—Puede ser, no las conozco todas. 

—¿Y quién las inventa? 

—No sabemos, se van contando de generación en generación.

—¿Y yo puedo inventar historias para las plantas?

—Claro, podemos pensar una historia que cuente por qué se mueven los girasoles. 

—O por qué los macachines se cierran como paragüitas. A Romeo le va a encantar inventar historias para las plantas. ¿Mañana podemos invitarlo a nuestra exploración? 

—Ya lo invité —dijo Florencio—. Ayer fui a visitarlos, porque Jorge quería probar su nuevo invento: una estructura colgante para poner en el parrillero y cocinar las papas al plomo sin tener que tirarlas a las brasas. 

—¿Y funciona? 

—¡Funciona! Y le quedan riquísimas. 

Jazmín sonrió. 

—¿A dónde vamos a ir a explorar? 

—Es sorpresa. 

—Ufaaa, me van a dar saltitos de sapo en la panza. 

A Florencio le gustaba mantener la intriga, aunque supiera que su sobrina se desvelaría un poco y le darían saltitos de sapo en la panza y también en la cabeza al imaginar a dónde irían. 

El brazo de Florencio se alargó con destreza y rodeó la espalda de Jazmín como si hubiese sido creado solo para eso. Hipnotizados, miraron los últimos tintes rojizos del horizonte.


MÓRTOLA, Virginia. Jardín ambulante. Ilustraciones de Laura Carrasco. Montevideo: Criatura editora, 2021, páginas 19-23.

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