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Similitudes dispersas

Esto no es una carta

Por Gabriela Borrelli Azara / Viernes 22 de marzo de 2024
«Le Retour», de René Magritte (1940).

«Hay cosas que son y otras que no, pero se le parecen y en el medio de esas cosas vive la poesía para descubrir el mundo oculto bajo las palabras», escribe Gabriela Borrelli en este texto que es y no es una misiva. Retomando su nuevo libro, Cartas a jóvenes poetas, nos propone compartir el goce de la lectura de poesía y lo hace, en esta primera entrega, al destacar el poder del no.

Repito, atención, esto no es una carta. Tengo muchas dudas acerca de muchas cosas pero en esto no dudo. No estoy escribiendo una carta, vos no estás leyendo una carta. Esto es otra cosa, una otra cosa parecida por ejemplo a cuando nos encontramos frente a La trahison des images, el famoso cuadro de René Magritte en el que está el dibujo de una pipa y debajo, escrito: «Esto no es una pipa», ¿qué sucede ahí? Foucault consideraba a Magritte un poeta. Porque es el poeta ( igual que el loco) quien puede recuperar los fugaces parentescos entre las cosas. Para Foucault, que pensaba el mundo a través de esa diferencia o semejanza entre las palabras y las cosas, la obra de Magritte es un caligrama que puede resumir con precisión algo de su teoría: una imagen, un dibujo, una leyenda que explica o resume esa imagen, que la niega. Esto no es una pipa. Sin embargo, Foucault sostiene que esas palabras debajo del dibujo no lo contradicen sino que «afirman de otra manera». Un no que señala un . Hola Freud. Un intercambio oculto en semejanzas y diferencias que articulan relaciones impensadas. ¿No vivimos un poco así? No rodean imágenes, sobre todo de nosotros mismos, en las redes, en los documentos, en los aeropuertos y en las cámaras de seguridad del supermercado. No somos esa reproducción, sin embargo, soy y, al mismo tiempo, no soy la que está debajo del filtro en Instagram. La imagen reflejada muestra algo y en el mismo gesto oculta otra cosa. La escritura de esa negación, la exhibición del no, es lo que permite la recuperación fugaz del parentesco de las cosas, sus similitudes dispersas: la poesía. 

Por eso, amigos, amigas, esta no es una carta ni las que vendrán tampoco. Esto es la intención de rastrear esas relaciones secretas en el mundo que la poesía restituye, como decía Pizarnik. Estará dirigida a ustedes que me leen pero no compartirá con las cartas la intimidad que la circundan ni el direccionamiento a una sola persona. Esto que les escribo ahora, queridxs lectores de Intervalo, no es una carta, igual que la pipa de Magritte no es una pipa, sino una tercera cosa que sale del cuadro para señalar una semejanza oculta. Un parentesco impensado. Resuenan en esa frase de Foucault del parentesco con las cosas los versos de Juan L. Ortiz «en la angustia vaga de sentirme solo / entre las cosas últimas y secretas» y también los de Fernando Pessoa «como si no tuviese más hermandad con las cosas que la de una despedida»

Hay cosas que son y otras que no, pero se le parecen y en el medio de esas cosas vive la poesía para descubrir el mundo oculto bajo las palabras. Palabras que flotan en el aire de nuestra existencia y arman la magia de un pensamiento compartido. Me sigue emocionando que cualquier escritura pueda generar esa felicidad oculta. De eso debe hablar Michel Foucault cuando dice que el poeta puede visualizar las similitudes dispersas que hay entre las palabras y las cosas, una línea secreta que nos une a las cosas y a otras personas. Por ejemplo, me vuelvo a encontrar con ustedes después de un tiempo: regreso. Juan L. Ortiz se pregunta en el mismo poema, «Fui al río»«¿era yo el que regresaba?». Frente a las mismas palabras: ¿soy la misma? Regreso ahora con estas palabras a invitarlos a esa patria compartida que es la poesía, la lengua cuando se hace río y nos confunde en el oleaje. Ahí donde no somos río, sino parentesco impensado en la lectura. Viene también a mi memoria ese libro maravilloso de Juana Bignozzi publicado en 1989: Regreso a la Patria, que tiene un epígrafe justamente de Juan L. Ortiz. «Alma, inclínate sobre los cariños idos». La poeta regresa a su patria, y en muchos de los poemas que componen ese libro se afirma una existencia a través del no (el destacado en negritas es mío): 

Como no aspiro a las formas definitivas del amor

perfecciono las que me han sido dadas

como no aspiro al delirio me basta con alguna borrachera

de vino común

como no espero el cuerpo único

conozco las formas del amor

y no me asustan los comentarios sobre mi persona

como conozco el vino bueno y cierta permanencia

y como sé que de esto no quedará piedra sobre piedra

como sé qué nombraremos algún día

soy un gran campo engañoso para ciertos poderes

como sé que de esto no quedará poder sobre poder

casi nada quedará y menos locos sueños culturales

como tengo la certeza sobre el desarrollo de esta historia

puedo sonreír a sensibilidades para siempre ajadas

confundir con elegancia papelones o aire de mundo

nada escapa a estas referencias:

patriotera, portuaria mítica

el camino de la revolución eternamente perseguido

el camino del amor

el paso de mis amigos en esas historias


Este es otro:

Por tanto monologar por tanta charla de borracho al amanecer

no oí alguna voz que debió ser definitiva

no escuché alguna pregunta que debió cambiar todo

aplastadas por mi constante charla brillante

desaparecieron las únicas proposiciones serias que debí

considerar

y repartí los sí y los no

en escenografías que intentaron servir

las voces que no oí viven ahora en países absurdos vegetan

en juzgados de provincia

enseñan historias imperiales en sabanas tercermundistas

han vivido vidas algunas y muertes en serio otras

y todos hemos olvidado unas palabras que ahora son

caminos invadidos por buenas fórmulas y mejor cortesía.


Es el no el que dice todos los en los poemas de Bignozzi para regresar a una patria propia pero ajena, nunca lejana: «Había un mundo infalible para escribir poemas intensos». Los no pronunciados no contradicen sino que afirman, como el último disco de la gran Ana Prada: NO. Una serie de nos para afirmar mil formas de estar en el mundo y de amar. No es Hoy, No hay verdades, son algunas de las canciones: «no es hoy que empieza donde voy» y una seguidilla de imágenes para que el canto se afirme en un camino de ida y vuelta y mire la propia vida. Los nos son tan importantes como los síes, y la narración de ambos combinados puede ser un mapa para regresar a la propia vida, la posibilidad de visualizar ese camino de ida y vuelta. Regresaba, ¿era yo (la) que regresaba? 

El que supo hacer ese camino de ida y vuelta y se miró en un regreso único a su obra fue Pier Paolo Pasolini. El último libro que publicó en vida, antes de que lo asesinaran en 1975, fue justamente su primera antología que reunía poemas de juventud escritos en friulano. Reescribió y publicó su primer libro. Pier Paolo nació a la poesía con un libro que tituló La mejor juventud y un año antes de ser asesinado por un joven fascista, publicó Segunda forma de la Mejor Juventud, reescritura de su primer libro. Yo sé que no es fácil entrar a la poesía de Pasolini, pero este poema me parece un excelente inicio (cito la traducción de Guillermo Piro en la edición de Interzona): 


Estoy negro de amor

ni muchacho ni ruiseñor

todo entero como una flor

deseo sin deseo


Me levanté entre las violetas 

mientras amanecía, 

cantando un canto olvidado

en la noche igual.

Me dije: ¡Narciso!

 y un espíritu con mi rostro

oscurecía la hierba

en la claridad de su pelo. 


El ejercicio que hace Pasolini, después de haber vivido el fin de la Segunda Guerra Mundial en Casarsa, después de fundar el Movimento Popolare Friulano, después de decir que «solo los comunistas son capaces de suministrar una nueva cultura», después de publicar ensayos como «La poesía popular italiana», de escribir el libro de poemas La religione del mio tempo (La religión de mi tiempo), después de filmar la impresionante versión de Medea, después de convertirse en uno de los más grandes cineastas y poetas del mundo, después de transformarse en uno de los hombres más importantes de la cultura del siglo XX, después de eso, agarró su primer libro de poemas y lo reescribió. Regresó para ver quien era. Regresaba, ¿era (él) el que regresaba?


Estoy negro de amor

ni Santo ni Diablo

el Santo ríe del Diablo

y el Diablo del buen corazón.

¡Cuánto reír, cuánta alegría!

O el mal es más fuerte

y debo olvidarlo, o bien es más débil

y debo recordarlo. 

Solo puedo decir

que del «mal de los ricos»

(que nunca sufrí)

en el mundo no se puede sanar. 


Pasolini se vuelve a encontrar con los poemas de esa juventud y les da una segunda forma, que a su vez arma una tercera en la lectura que hacemos hoy. Este recorrido que simula una carta que no es está llegando a su fin. Me alegra volver a encontrarme con ustedes que leen, con el recorrido secreto de sus nos que fueron las posibilidades de todos los otros síes que hacen a nuestra vida. Esa ambigüedad. Me despido hasta el mes que viene con unos versos hermosos de un poeta argentino poco visitado: Javier Adúriz. El poeta habla con Okusai, le pregunta por el río. Dialoga este poema con Juan L. Ortiz y con sus influencias orientales, y nos recuerda esa pipa que no es (la de Magritte y la que fumaba también Juanele) es el sonido de lo ambiguo, el río en que nos dejamos ir para encontrarnos. 


¿Oís el río?

¿Oís el río, Okusai? No está lejos.

Tiene el sonido ambiguo de la vida.

Son como cascotitos limpiándose

con la corriente, algo múltiple.

Prestá atención. Detrás del ruido

se ve el nacimiento rudo de las cosas,

eso íntimo, desesperado casi, casi

enorme en su notoria nimiedad.

¿Oís, Okusai? ¿Ves? No necesito

que me pongas esa cara de tintorero

feliz. Dejate ir nomás, un poco.

¿O vinimos nada más que para esto?

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