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Narrativa italiana

Giulia Caminito: entrevista a la autora de «El agua del lago nunca es dulce»

Por Brian Majlin / Viernes 19 de mayo de 2023

La premiada autora italiana presentó en Escaramuza su tercera novela, El agua del lago nunca es dulce, la primera traducida y editada en español (Sexto Piso, 2022). Se trata de una historia sobre una antihéroe de clase trabajadora que, lejos de la redención, desnuda la crudeza y precariedad del mundo actual.


Giulia Caminito nunca había estado ni en Uruguay ni en Argentina. La semana pasada vino por una gira promocional por la traducción al español de su tercera novela, El agua del lago nunca es dulce (Sexto Piso, 2022), pero se quedará a escribir su cuarto libro en Córdoba, Argentina. Esa historia, a la que define como la antítesis del American dream fue rechazada por editoriales norteamericanas, pero finalmente será publicada: «Conseguí una pequeña editorial que quiere mostrar esa realidad en Estados Unidos, donde claramente el sueño americano no es algo para todos, sino bastante lejano: atraviesan una tremenda crisis económica y de adicciones generalizadas»Caminito ganó el premio Campiello y fue finalista del premio Strega, el más importante de Italia, y ahora llegó hasta el sur del sur para sumergirse en un universo al que encontró tan similar como distante.

¿Qué impresión te llevás de tu visita?

Son impresiones diferentes. Buenos Aires es una gran metrópoli, una gran capital del mundo, me recordó a Nueva York, a Roma, aunque está más repleta de gente y muy llena de vida cultural. Fui al Teatro Colón, a la Biblioteca Nacional, a bares, a eventos. Inclusive, en la Feria del Libro me sorprendió que me esperaban 300 personas para hablar con una autora que seguro no habían leído aún. Córdoba, por otro lado, es una ciudad universitaria, muy linda, joven y activa en ese sentido. Y en Uruguay llevo pocos días, pero noto la diferencia entre venir de una crisis económica terrible en Argentina y acá es distinto. Por otro lado, me parece increíble cómo viven allí, con el cambio de precios constante y que los salarios no alcanzan a equiparar esas subas permanentes. Incluso lo notamos en los menús que estaban en el alojamiento: cómo iban aumentando los precios en forma veloz.

Otra cosa que me sorprendió es la conciencia que tienen sobre la realidad italiana, a quién votar, qué situaciones están pasando; allá no hay un conocimiento tan claro de Argentina y Uruguay, no hay tanto interés en la situación económica, llegan algunas noticias nomás. La sociedad italiana es muy cerrada y después de la pandemia quedó aún más miedosa de lo que ya era. Tanto miedo de las personas del extranjero, tanto miedo en general de perder el trabajo, la propia posición, de la crisis económica; estamos muy concentrados en nuestras propias cosas.

¿Pero es un cierre colectivo como italianos o más bien individual?

En el medio. La discusión pública es importante y muestra las obsesiones de los medios, por ejemplo, con respecto a la inmigración. Se discute a favor o en contra, pero no se habla realmente de las cosas que han cambiado en el país y en las personas en los últimos diez años. Veo acá que hay mucha noción de la cultura italiana y del mundo, de la literatura en general, y pienso que en Italia no se da esa cuestión, somos muy italocéntricos.

¿Y conocías algo de literatura rioplatense?

Solo lo poco que se traduce en alguna editorial pequeña, pero muy poco. Estoy leyendo a Aurora Venturini, por ejemplo. Y las grandes editoriales publican solo los clásicos como Borges y Cortázar, que son ídolos en Italia. Pero contemporáneos, muy pocos.

¿De Uruguay habías leído algo?

Creo que no, pero me encantaría que me recomendaran.

Hay algo en El agua del lago nunca es dulce que es muy italiano, pero bastante generalizado en el mundo: la precariedad, la falta de perspectiva. ¿Lo veías local o universal?

Cuando escribía no pensaba en ninguna de las dos cosas, sino solamente en escribir esta historia que llevaba muchos años pensando cómo escribir. La idea inicial después de la segunda novela, que era política, sobre un activista anarquista, era hacer una novela de una activista anarquista mujer contemporánea. Pero no me funcionaba. Me quedaba muy artificial. Y luego pensé lo contrario: una mujer joven apolítica, desinteresada, pero de clase trabajadora. Que apareciera la violencia. Pero no pensaba que podría ser de interés en Italia, porque es un libro duro, en cierta forma tremendo, con un personaje difícil, y salió en 2021, en plena pandemia, en un momento en que la gente estaba inmersa en un trauma global y pensé que no querrían leer mi libro, pero se leyó muchísimo. Creo que el personaje de Gaia interpeló a mucha gente y no me lo esperaba.

Esta Gaia violenta y sin esperanza, ¿ya la tenías o llegó con la escritura?

No es que tuviera una finalidad antes de escribir la novela, pero estaba segura de que no iba hacia un final feliz, porque no lo sentía así. Quizás si un final más abierto. En la idea original, Gaia mataba a una persona de verdad, pero luego lo sentí forzado. Entonces tuve un sueño y pensé en un final más simbólico y sin un final tan definitivo y con una lectura cerrada. Pero la falta de esperanza que aparece sí estaba más pensada. No podía pensar en una vida de cosas positivas y una historia de redención. Y aunque uno va construyéndolo, no sabés cómo va a ser la lectura posterior, qué debates suscitará, qué lecturas, qué crítica. Hay gente que siente a Gaia como alguien cercano, hay gente que no, otros sienten pena.

Esta historia es de una heroína de la clase obrera, a la vez políticamente incorrecta, y sin embargo provoca empatía, uno logra comprender su violencia…

Yo siempre me sentí muy cercana a Gaia. En sus ataques de rabia. Yo misma, a veces presa de situaciones de mi propia vida, he sentido eso. Es cierto que es más común que la rabia sea canalizada en acciones de grupo en nuestro caso, pero noté mucho que, más que cercana a mi vida, fuera cercana a la vida de tantas mujeres que tienen que padecer situaciones de privación o dificultades desde siempre y acumulan rabia. Es un personaje incorrecto, que trata de cortar con tanta frustración.

Se trata de una novela en la que la lucha de clases está muy a la vista, aunque no así el feminismo, pero termina siendo una novela sumamente feminista...

Sí, absolutamente, fue algo natural, pero que intenté que tuviera la menor bajada de línea posible. No tolero un feminismo retórico obvio, que te dice que el personaje femenino es valiente, y demás, prefiero que sea de otro modo. Pero se ve: la madre, Antonia, le da la libertad a su hijo varón, pero la hija mujer debe estudiar, trabajar, ayudar con la casa. Es una visión clásica italiana: el rol de ayudar a la madre. Y, a la vez, habla de la sexualidad de la mujer, se ve en el personaje de Carlotta, la libertad sexual y qué persecución y opiniones provoca. Y Carlotta acaba siendo víctima en la historia a pesar de haber tenido una actitud complicada con su amiga. Y luego Gaia se siente culpable. Siempre me interesan las posturas ambiguas, no es un panfleto.

En muchos libros se omite de qué viven los personajes, no tienen problemas económicos ni se menciona cómo pagan sus cuentas, pero acá está sumamente presente y se agradece…

Sí, para mí siempre es muy importante, y natural, pensar cómo vive el personaje. En qué situación se encuentra. Por ejemplo, en la novela Gaia no trabaja, porque estudia, que es algo normal en Italia, que la familia te banque, que debas estudiar y hacerlo bien porque la familia se sacrifica por eso. Pero me interesaba mucho la diferencia entre el padre y la madre, un padre que queda inhabilitado y se encierra en la casa y deja de ser fuente de ingresos; la mujer queda sola como sostén económico de cuatro hijos y un hombre inhabilitado. Y su esfuerzo funciona permanentemente, pero también el rol del Estado y la exigencia de ella: subsidio por discapacidad, para estudio de los hijos, para vivienda. Y quería también mostrar la dificilísima burocracia italiana. Mientras escribía, constantemente me cuestionaba cómo compra esto Gaia, cómo va al cine, cómo puede hacer esto u otro, constantemente me preguntaba: si Antonia tiene que mantener todo esto, entonces Gaia no puede hacer lo que sea y tener soltura económica. Entonces todo el tiempo tenía en la cabeza que no apareciese algo absurdo que no fuera propio de estos personajes.

¿Cuánto de tu propia experiencia de clase media profesional aparece en Gaia cuando se frustra tras graduarse en la universidad?

¡Mucho! Yo soy de una familia pequeña de clase media, de bibliotecarios, siempre tuve libros, no éramos ricos, pero como era hija única no me faltó nada y me podían ayudar. Y siempre pensé, ¿qué habría pasado si hubieran tenido cuatro hijos? ¿Qué vida habríamos podido vivir? Hubiera sido completamente diferente. Y el final es muy parecido a lo que me ocurrió cuando me gradué en Filosofía y debí salir a buscar trabajo y vi que era muy violento: no había trabajo en ninguna parte. Continuamente mandaba currículums a todos lados y no aparecía nada.

¿Ya escribías?

No, solo historia, ensayo. Más tarde apareció la literatura.

En la historia hay una madre que reclama al Estado, un hijo anarquista y una hija apolítica, no aparece la militancia colectiva, ¿vos militaste?

Milité durante la universidad, aunque desde atrás, porque siempre me costó la masa, la cosa de manifestarse en la calle, me da cierta ansiedad social. Pero siempre estuve muy interesada en el movimiento anarquista, en esos grupos de 1900 que tenían una militancia muy de poner el cuerpo, una cultura política que se ha perdido en Italia.

Has mencionado en alguna entrevista que nuestra generación, de 30, 40 años, es una generación sin esperanza, sin perspectiva, precarizada y que ha decidido, por ejemplo, no tener hijos; ¿por dónde encontrás vos la salida? ¿Es individual o colectiva?

No es fácil, y en Italia es muy difícil pensar en caminos colectivos y es uno de los grandes problemas. Por ejemplo, todo el mundo editorial está atomizado, no hay sindicato que represente, no hay unión.

¿Es algo del escritor o de que la industria disgrega?

De ambos. El debate de la necesidad común no crece, pero además las editoriales italianas están súpercomerciales, copadas por el marketing. Tenemos una tradición de editoriales políticas muy importante después de la Segunda Guerra Mundial, pero se ha ido perdiendo. Un poco está creciendo en la ultimísima generación, en todo el movimiento por el clima a nivel europeo e internacional. Ha movilizado muchos jóvenes de liceo. Mi generación al menos se ha concentrado demasiado en sí misma. Por ejemplo, dentro de los periodistas no hay ningún sindicato, por eso hay salarios tan bajos, contratos precarios, malas condiciones. Se ha perdido la capacidad de colectivizar. Esto cambió un poco con el movimiento feminista, que ha calado fuerte en Italia. Pero las épocas de represión social dejaron una sociedad muy miedosa que se ha ido alejando de la activación.

¿Y en la juventud? ¿Hay filiación partidaria?

No, ellos han ido perdiendo el miedo, se han ido rebelando, pero creo que no están alineados con ningún partido tradicional.

También aparece la migración en la novela...¿cómo afecta hoy?

En la novela es la migración de los ochenta y noventa, de Europa del este, inmigrantes que hoy están asimilados como italianos, pero que increíblemente son parte de los que ahora discriminan a los africanos que están intentando arribar a Italia. Y lo hacen con la mismísima propaganda y el discurso con que antes los atacaban a ellos.

¿Sobre qué es el libro en el que estás trabajando?

Es la historia de un joven treintañero con problemas laborales, cuándo no, a partir de una crisis de salud mental.

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