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en torno a la voz

La voz de una marioneta

Por Santiago Cardozo / Sábado 09 de julio de 2022

¿Quién no ha sentido, aunque sea por un segundo, el profundo automatismo del lenguaje y la extrañeza frente a lo recién proferido con la voz? Santiago Cardozo sigue explorando y meditando acerca de la familiaridad del sinsentido, así como de «la cuestión siniestra de la voz, del autómata que habla, que advertimos especial y notablemente en los balbuceos y los farfullos». 

Un cuerpo habla; es decir, en efecto, un cuerpo, un autómata, ya que no un sujeto, un hablante (un parlêtre o hablanteser). Al hablar, una anatomía, una fisiología y una física se ponen en movimiento (en suma, una mera biología, una mera evolución, y una mera física de los sonidos, de las ondas sonoras, del aire que vehicula los sonidos, que los transporta, que permite depositarlos en el oído del otro autómata), y ambas suspenden la dimensión propiamente humana del hablar, aunque, en rigor, la suspenden porque, en primer lugar, la «humanidad» del hablar es el lugar de una teoría sobre el automatismo mecánico de ese hablar. Luego, este automatismo se impone como lo más familiar de lo familiar, lo que nos pasa inadvertido e inadvertible precisamente por ser tan desapercibidamente familiar (heimlich). Pero, claro está, cuando reparamos, al menos por un segundo, en la dimensión mecánica del autómata que mueve ciertos músculos, ciertos órganos, ciertos elementos anatómicos para hablar (por ejemplo, los dientes, los labios, la nariz), quedamos sujetos, sin el sujeto, a la evidencia incontrastable y apabullante de lo siniestro (unheimlich). Porque, como escribió Freud en el extraordinario texto «Lo siniestro», de 1919: «lo siniestro sería aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas y familiares desde tiempo atrás».  

Desde este punto de vista, la mecánica de la voz, el hecho anatómico-fisiológico de(l) hablar, no tiene nada que ver, en ninguno de los puntos en que lo consideremos, con el sentido, aunque sea, ciertamente, el soporte material, digámoslo así, de las elocuciones que profiere cualquier hablante. Así, esta dimensión se nos aparece como «hecha» esencial y sustancialmente de sinsentido, porque forma parte de la vida misma, es decir, de la vida en tanto que mera ocurrencia (la zōé griega). Por lo tanto, es posible sostener que la lengua está constituida por una «base» material de sinsentido, cuya forma se inscribe como lo más familiar de lo familiar, lo más doméstico de lo doméstico, lo más heimlich de lo heimlich, lo que nos conduce directamente, de cabeza, al corazón de lo unheimlich

Ahora bien, la vuelta de tuerca hegeliana (vale decir, dialéctica) es que la posibilidad misma de pensar este nivel anatómico-fisiológico como tal proviene de esa otra dimensión en la que hablar pertenece al orden de la lengua como sistema de diferencias y oposiciones, es decir, al orden del sentido, que solo puede ocurrir si hay, en efecto, diferenciaciones, cortes, relaciones opositivas que determinan el valor de una palabra en el sistema lingüístico. Sin diferencias ni oposiciones, sin cortes simultáneos en el plano del sonido y en el plano de las ideas (para decirlo como lo explicaba Ferdinand de Saussure), no hay sentido, no hay significación y, por lo tanto, nada puede ser pensado. En consecuencia, la distinción entre el nivel anatómico-fisiológico de(l) hablar y el nivel en el que el hablar significa solo puede ser planteada desde y en este segundo nivel, que siempre ya constituye el lugar de la síntesis dialéctica que instaura la relación entre la tesis y la antítesis, la inteligibilidad misma de las oposiciones.

Recordemos que Saussure  (considerado el padre de la lingüística) representaba el aislamiento o la abstracción de la lengua en los fenómenos del lenguaje a partir de un dibujo de dos personas conversando (en rigor, el dibujo no lo hizo Saussure, sino que fue obra de quienes armaron el Curso de lingüística general, la obra fundacional de la ciencia del lenguaje), donde resumía el circuito del habla/la palabra, proceso en que el lingüista ginebrino distinguía la parte del circuito donde se hallaba la lengua en oposición a las otras partes en que nos topábamos con fenómenos de orden físico-fisiológico: aquí no había, en su opinión, lengua, aun cuando dichos fenómenos participaran de la comunicación considerada globalmente. 


 

En el dibujo, Saussure definía un nivel psíquico, en el que se asociaban una imagen verbal y un concepto (el significado y el significante, llegaría a reformular más adelante), un nivel fisiológico, en el que una orden del cerebro llegaba al aparato fonador a fin de producir ciertos sonidos y un nivel físico, donde el sonido producido viajaba como ondas sonoras hacia el oído del receptor. En este, ocurre el proceso inverso: recibido el sonido en su dimensión física, se activa una señal fisiológica que va del oído al cerebro, en el que tiene lugar, finalmente, la asociación psíquica entre la imagen acústica (la impresión que el sonido deja en el cerebro) y el concepto. De este modo, Saussure localizaba la lengua en el nivel psíquico, es decir, en el nivel de la asociación de dos elementos, cuya unión produce como resultado el signo lingüístico, al margen de los accidentes de la dimensión fisiológica y física del proceso (la cuestión fundamental radica en que las abstracciones que se realizan en la asociación en cuestión se mantengan ciertos rasgos o elementos que nos permitan hablar del mismo signo, o sea, que un signo no se confunda con otros). Es así que, cuando caemos fascinados ante el aspecto siniestro del hablar, quedamos adheridos a la dimensión esencialmente físico-fisiológica, mecánica, del acto de producir sonidos, como si se desactivara en nosotros la capacidad de realizar la asociación psíquica en la que se funda y produce la lengua como sistema de signos definidos por diferencia y oposición.   

En otras palabras, y sin perjuicio de la dialéctica que intento poner en funcionamiento y de lo que ella nos permite inteligir, esa dimensión física, fisiológica y mecánica puede sustraernos efectivamente al orden de la lengua cuando actúa sobre nosotros operando esa fascinación por medio de la cual quedamos clavados, en el extraño y familiar devenir de su ocurrencia, como autómatas, como algo que se mueve, que produce sonidos, que gesticula de diversas maneras, como un conjunto de músculos, tendones, órganos y huesos que carecen por completo de teleología significativa, a la mera materialidad de nuestro cuerpo.    

Física y biología de la voz 

Estamos aquí, entonces, ante diversos aspectos de la voz que emite ese cuerpo, voz capaz de producir un efecto de «des-significación» de la lengua, puesto que, en rigor, ya no habría lengua, ya no habría sentido, vale decir, juego de diferencias y oposiciones (sabemos, desde el Génesis bíblico, que «luz» significa/es en función de «oscuridad», términos que queda subsumido en la creación de la luz como sustancia/significante; sabemos que, si no hubiera «oscuridad», «luz» no sería nada), en la medida en que eso que profiere no es sino precisamente eso, un ruido, ya que no (más) signos, articulaciones lingüísticas definidas en el sintagma (en el eje de la sucesión de las palabras, una al lado y después de la otra) y en el paradigma (en el eje de la sustitución de palabras, en que la presencia de una excluye la presencia de otras). Entonces, leemos lo que escribe Mladen Dolar: «La voz está dotada de profundidad: al no significar nada, parece significar más que las meras palabras, se convierte en la portadora de algún insondable significado originario que, supuestamente, se perdió en el lenguaje» (Una voz y nada más).

El no significar nada es lo que precisamente se juega en la lengua, en el seno mismo de la significación (el sentido siempre está amenazado por el sinsentido; incluso, podemos decir que el sentido se apoya en el sinsentido y, a la vez, procura conjurarlo), allí donde cierta placidez semántica nos permite reposar en la tranquilidad y el equilibro de la denotación, de la relación apacible entre las palabras y las cosas.

Una vez más, pues, unheimlich: la mecánica y la física de la voz, de sus modulaciones sonoras, de sus timbres y tonos, de sus acentos: «El acento –ad cantum– es algo que aproxima la voz al canto, y un fuerte acento nos hace advertir el soporte material de la voz que tendemos de inmediato a descartar. Aparece como una distracción, o incluso un obstáculo, en el suave fluir de significantes y en la hermenéutica de la comprensión» (ib.).   

La voz, el ruido, el sonido, los timbres, los acentos, las cuerdas vocales, los dientes, los labios, el paladar, la lengua: «No hay voz sin cuerpo, pero aun así, nuevamente, esta relación está minada de escollos: parecería que la voz pertenece al cuerpo equivocado, o no encaja para nada con el cuerpo, o descoyunta el cuerpo de donde emana» (ib.). Llegamos así al punto crítico de la cuestión siniestra de la voz, del autómata que habla, que advertimos especial y notablemente en los balbuceos y los farfullos: «Es como si, en un único y mismo lugar, tuviéramos dos mecanismos: uno que se esfuerza en alcanzar el significado y la comprensión y en el camino no deja de captar la voz (aquello que no es cuestión de comprender), y por el otro lado un mecanismo que no tiene nada que ver con el significado sino más bien con el goce. Significado versus goce. Es un goce normalmente delineado por el significado, timoneado por el significado, enmarcado por el significado, y sólo cuando se divorcia del significado puede aparecer como el objeto en torno al cual pivota la pulsión» (ib.).

La voz, el cuerpo, la excrecencia 

Anota, otra vez, Dolar: «Esta es la propiedad que [la voz] comparte con todos los objetos de la pulsión: se hallan todos situados en un ámbito que excede al cuerpo, prolongan el cuerpo como una excrecencia, pero tampoco están fuera del cuerpo sin más» (ib.). Así, el carácter de excrecencia se interpone en la lengua como sistema de significación y, en cierto sentido, lo estropea, a condición de tener en cuenta que, a la vez, lo hace posible. En este sentido, el cuerpo es irreductible a la lengua, de forma que los balbuceos y los farfullos, en cierto nivel de su consideración, pueden experimentarse como el funcionamiento mismo de la máquina corporal, del autómata, es decir, como esa dimensión invisiblemente familiar que, más temprano que tarde, se nos revela como siniestra, hecha completamente de la familiaridad del sinsentido. 

Es entonces cuando, mal que nos pese, nos parecemos asombrosamente a una marioneta de ventrílocuo (una que nos emula a la perfección y, al hacerlo, nos empuja a la animalidad del zoon sin logos, sin politikón, o sea, a esa dimensión en que somos meramente), pero sin que nadie nos haga hablar, sin que nadie mueva los hilos de nuestro aparato fonador: ya solo mímica de la pronunciación, henos aquí como ese autómata que se mueve sin telos, sin historia, sin sentido, «acumulación organizada» de músculos, tendones, órganos y estructura ósea para producir sonidos. Unheimlich

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