Difusión

Leé un fragmento de «Sita», de Kate Millet

Por Escaramuza / Jueves 23 de setiembre de 2021

Compartimos algunas páginas de Sita, la crónica de un amor prohibido y apasionado entre dos mujeres, la teórica feminista Kate Millet y Sita. Con traducción de Núria Molines, Sita (Alpha Decay, 2018) se convierte en el relato agónico de un amor que se desvanece, un experimento literario sobre la vulnerabilidad y el dolor de una relación evaporada.

Kate Millet (Minnesota, 1934- París, 2017) es una figura central del movimiento feminista americano. Conocida por su militancia política, en 1970 publicó una tesis fundamental para apuntalar la tercera ola del feminismo, Política sexual, escrita para su doctorado en la Universidad de Columbia y transformada al poco tiempo en un libro de éxito en los círculos contraculturales. En 1971 fundó una comuna de mujeres artistas, conocida como Women’s Art Colony Farm, e inició su carrera literaria con dos libros que abordan el tema de la emancipación sexual: Flying y Sita (publicado por primera vez en castellano por Alpha Decay en el 2018). En 1990 escribió Viaje al manicomio (Seix Barral, 2019), en el que habla sobre su trastorno bipolar y describe su experiencia en hospitales psiquiátricos.

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Perseguí aquel sueño hasta California. Pero fue un error. Un error incluso antes de que entráramos en casa. El fin de semana. Bajando por la rampa, la vi venir al encuentro de mi vuelo. Sita parada pacientemente tras la barrera. El golpe, pues siempre es un golpe darme cuenta de que estoy enamorada de una mujer de mediana edad. Un rostro plano, bastante intimidatorio tras sus gafas de concha. Su armadura. Solo cuando se la quita te das cuenta de que es hermosa. Solo cuando la conoces. Y sus maneras, su postura, un comportamiento disuasorio para el mundo anglosajón, América, vulnerable como su toque de debilidad, retraída, algo arrogante. La actitud a la defensiva del extranjero, la altivez. Siempre se mantiene así unos instantes. Luego se desliza de nuevo en su piel, su hechizo. Su ingenio, su ternura. El perfume de su exotismo.

Pasaríamos un fin de semana en Sausalito y luego volveríamos a la casa de Berkeley. Habría una pequeña transición antes de la nueva realidad. Pero el fin de semana fue deprimente. Dispar, fragmentado. Hacer el amor no era lo que había sido en Nueva York, un estremecimiento que había que recuperar, gimoteando en sus brazos tras una terrible ausencia. No hubo nada glorioso en aquellos días. Hasta tuvimos miedo de empezar. Ambas lo tuvimos. Salí con prisas y compré una botella de champán, lo pospuse. Su pasión por el champán. Como si aquello fuera a descorchar los acontecimientos, a hacerlos posibles, aquel talismán. Tuvo que ser igual de consciente que yo de que la necesidad no logró trascender aquella timidez, la incomodidad, la incertidumbre. Ambas lo veíamos: cómo podíamos esperar, cómo podíamos no tenernos la una a la otra. Me recordé a mí misma que ya había llegado el momento: menos presión; ese momento no serían cuatro días de nada. Pero lo vi como una grieta en un cuenco. Nosotras, con lo que habíamos sido, tan apasionadas, tan desmedidas.

Casi superficial cuando sucedió. Había querido hacer el amor toda la tarde; esa había sido mi fantasía, una tarde entera, larga y pausada, con todas las variaciones y posibilidades exploradas, saboreadas, habernos rezagado en todas las sensaciones. Pero el cuarto parecía inerte; ruidos en el vestíbulo y en la puerta contigua. Y el cuarto tan pequeño, ni siquiera un baño, un cuarto en el que nunca habíamos estado en todas nuestras visitas; ese viejo hotel, nuestros encuentros tantas veces. Sausalito, las espléndidas noches de nuestro amor de antaño, el fuego crepitando en la habitación grande, nuestros cuerpos esparcidos ante la lumbre sobre una alfombra, antaño noches, tardes, largas mañanas tardías convirtiéndonos en cualquier clase de experimento en el enorme lecho de caoba. La propia cama del general Grant tallada a mano en el cuarto más lujoso de todos. Una habitación que recuerdo, que podría evocar. Cada momento en ella valiosísimo, irreparable, el dolor de su pasado tan cierto como un entierro. Incluso cómo lloraba y temblaba delante del fuego aquella noche, tan tierna con la desnuda piel morena de su cuerpo, llorando porque tenía una entrevista en Los Ángeles a la mañana siguiente y estaba asustada por el trabajo, asustada por si la contrataban, asustada por si no. Prefería Berkeley, pero en el otro sitio pagaban mejor. ¿Acaso era mayor? ¿Husmearían en sus credenciales? ¿Podría seguir adelante ella sola tras una vida de matrimonios? ¿Valían la pena esos trabajos que te matas por conseguir y luego aborreces? ¿Verían todo eso en la entrevista y la humillarían? Su cuerpo estremeciéndose entre mis brazos. Otra Sita de mis miles de Sitas. Nunca la había visto atemorizada, solo conocía la serena competencia de una rotunda gerente universitaria, la administradora, la luchadora por los derechos civiles, la feminista, la sutil y magnífica persona que provocaba cambios, mi Maquiavela. Su feminidad, su inteligencia, su arrojo. Su diplomacia latina, su finura, sus adorabilísimos ademanes, el encanto de su edad y su educación aun diciendo lo mismo que las posturas radicales, pero diciéndolo suave, con cabeza y concisión; mejor aún, haciéndolo. Durante una hora aquella mujer perdida y aterrorizada meciéndose desnuda ante la lumbre. La consolé, la escuché, la tranquilicé. Su imagen y la sensación que emanaba en aquella habitación aquella noche, una habitación al fondo del vestíbulo pero hace un millón de años. Recuerdo los miradores, su canasto de mimbre de viaje, el aroma de su perfume en un chal cuando se quedaba parada frente a las ventanas por la mañana. Resuena en mi mente el eco como el tacto de la seda. Como la carne suave de su nombre, Sita. Formalmente, Innocenza; solariego, casi pomposo; qué gracia y qué ironía —¿Innocenza di che?—. En Italia y en Brasil, donde creció, otros niños le suavizaron el nombre entre juegos, pasó a Sensita y luego, para hacerlo más práctico, se quedó en Sita, el nombre más privado de todos, el más querido, el más secreto. Pronunciarlo es como un beso, el sonido en la boca como los labios raspando la carne blanda.

Ahora, un cuarto decepcionantemente pequeño. Sus prisas, el confinamiento. Ha habido una desoladora falta de amor este fin de semana. Como el miedo que una tiene a veces al sexo, cuando se desea pero se tiene miedo de no poder, de no estar abierta, de no llegar al orgasmo. Echada en la cama veía cómo se disponía a vestirse el domingo por la mañana, dándome cuenta de que ya quería vestirse, marcharse. Mientras yo había estado esperando a que apurase el café, a que volviese a la cama, a empezar alguna especie de exploración deliciosa y pausada en esas dos preciosas horas antes del mediodía y la hora de salida del hotel. Ella está frente al espejo cepillándose la melena. El color plata del espejo, su extraña luz vacía. El gris mercurio de su cabello. Emana impaciencia, irritación. Y lo hermosa que es, en equilibrio al borde del acuoso espacio del espejo —la piel oscura del rostro, su pelo adorable, el cepillo—. Un rasgo tierno que contrasta con su exasperado «¿por qué has esperado hasta ahora para sugerirlo? Hace mucho que perdí el interés. Ya estoy lista para marcharme». Verla hacer la maleta, los ademanes resueltos y eficientes, algo se me encoge. Todo ha terminado. De repente, todo ha terminado. Como si ya fuese lunes. El fin de semana se despeña en las prosaicas aceras y el hormigón de un día entre semana. Un día laborable.

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Millet, Kate. Sita.Traducción de Núria Molines. Barcelona: Alpha Decay, 2018, pp. 22 a 25.

 

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