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Los huesos de los besos

Por Tabaré Couto / Jueves 14 de setiembre de 2023
«Les amants» (1928), de René Magritte.
Un viaje en metro atravesando Santiago es el escenario de una teoría disparatada, al menos al principio, sobre los besos. Pero la idea de que hay demasiados besos para pocas personas se va imponiendo estación tras estación, canción tras canción, con piezas que apoyan la teoría desde el más puro azar. 

ESTABA ayer en la esquina del último vagón del metro escuchando «Five Years» de David Bowie, cuando al llegar a la estación Baquedano ese símbolo del estallido social, una plaza, que ya no existe, sin lugar para pasear, fea, seca, triste, que ardió esperanzadora, inconsciente, manipulada, brillante, sangrienta, luego densa y ciega y triste y que, además, parte a Santiago en dos o incluso divide a Chile entre el ellos y el nosotros una mujer le dió un beso bien húmedo a un hombrón, miró su reloj y desapareció por la puerta sin mirar atrás. 

Él la despidió con una sonrisa que ella no regresó. «Mira tú», susurró un anciano a mi lado, mientras me daba un suave golpecito en el brazo derecho, como si fuera mi abuelo querido de toda la vida. Le devolví una mueca mezcla de amabilidad y asombro. En mi playlist ya sonaba «Loving Cup», de los Stones. Dos paradas más tarde, subió una señora que conocía a ese mismo hombrón y lo saludó con un beso en la mejilla. 

Un beso sobre otro. 

Entonces, el anciano me miró fijo y ante el gesto de que deseaba hablarme, tuve que quitarme los auriculares al mismo tiempo que exclamaba: «¡Y sí! ¿Lo vió? ¡La misma historia de siempre! Nunca falla». Y, sin que yo siquiera pudiera reaccionar, me hizo saber acerca de su particular teoría y estadística sobre el comportamiento humano, que hoy revelo: hay demasiados besos para tan pocas personas. Y si bien lo políticamente correcto sería decir que eso está bien, no me parece aquello, insistió el señor. Tanto beso repartido y tanto dolor. Tanto beso esparcido y tanta guerra. Tanto beso suelto, liberado sin control, es sinónimo de harta hipocresía. 

Quedé atónito. 

El viejo —que ya me parecía una especie de psicópata arrugado, en lugar de un abuelito cariñoso— prosiguió con su teoría: inevitablemente no existe una proporcionalidad correcta entre los besos y el amor; los besos y el respeto; los besos y el placer; los besos y la felicidad. 

«Ajá», expresé sin saber por qué. Una onomatopeya tan vaga como impúdicamente inútil y versátil, por cierto. Sin embargo, recordé esa canción que habla sobre el hecho de que los besos no tienen huesos. O, directamente, que los huesos de los besos no existen. Y la asocié a la teoría del viejito impertinente que seguía hablándome mientras yo escuchaba una versión de «I’m Wating For My Man» a cargo de Perrosky. No pude habérmelo imaginado, pero el viejo siguió. «La aparentemente inofensiva acción de besar al no dejar huellas queda impune. Si la imperdurable voluntad destructiva de la especie humana tiene alguna posibilidad de revertirse, no lo vamos a solucionar simplemente con un besito más», agregó, casi despidiéndose, al llegar a la estación Los Leones. El viejito dejó entrever sus dientes amarillos en una mueca condescendiente al mismo tiempo que me daba otra palmadita en el brazo derecho. Definitivamente, no se parecía en nada a mi querido abuelo Raúl. 

Cuando se alejaba pareció agregar a la distancia: no estoy diciendo con esto que los golpes sean mejores que los besos ni que cambiemos caricias por patadas, pero piénselo: no confiemos en todos los besos del mundo. Antes de cerrarse la puerta del vagón, una adolescente de pelo violeta besó a su amiga y saltó hacia afuera en el último instante. Y no pude evitar pensar que ese beso no dejaría rastros. Ninguna pista. Solo marcas emocionales. El roce de un instante. Un recuerdo perdido en la enormidad del día. Nada enjuiciable al momento de rendir cuentas. 

DETUVE mi playlist en «Never Let Me Down» de Depeche Mode. Me percaté que Joel y Ellie nunca se besan en The Last Of Us. Y busqué la canción «Los huesos de los besos» de Fito & Fitipaldis: «Para qué quererte tanto/ si después te vas», comienza diciendo. «Huesos de los besos enterrados / Toda la tristeza en un montón / Y entre tanto amor desordenado /Se confunden pena y perdón». Una tonada de amor desdichado. Empezó a sonar «Dreams», de Fleetwood Mac, en mi cabeza. Al menos sabemos qué esperar de aquel que nos dio un golpe doloroso, imaginé. ¿Sucede lo mismo con quien nos acaba de besar? ¿Cuál es la estrategia final de los besos perdidos? 

El viejo tal vez tenía razón: si ese beso que inauguró aquel amor o sesgó tantas vidas hubiera dejado un testamento óseo, tal vez el forense encargado de investigar el caso, los crímenes del desamor, y tantos otros dilemas, podría resolver algo. Es verdad que otros dejan miles de pruebas tras sus fechorías y nadie los castiga. Pero ese es un problema de la Justicia, no de los besos o de las patadas. Sin embargo, ahí están sus marcas. A la vista de todos, aunque no sean juzgadas ni castigadas. Con los besos uno nunca sabe en quién confiar, entre otras razones, porque los huesos de los besos no existen. Y así los ósculos pululan impunes y se multiplican. Y hay tantos y de tantas especies: los que te dan la vida y los de la despedida; los que te dan asco o placer infinito; los de dientes sucios y los de lengua; los calientes, los secos o los jugosos; los que tienen sabor a tabaco, a menta, a cerezas, a cerveza, a chocolate, a huevo podrido… O el beso más polémico de las últimas semanas, el beso incómodo y desubicado del expresidente de la Federación de Fútbol de España, Rubiales, a la jugadora Jenni Hermoso. Un beso que avergüenza a millones de besos.

COMO hay tanto besos como balas, hay más besos que personas y hay más besos que golpes y todo sigue igual de mal o peor en este mundo, no es de extrañar que a alguien se le ocurra prohibir los besos arguyendo que, al menos, el odio es más simple que el amor, una buena zurra más concluyente que un besazo profundo. No promulgo eso, lo aclaro. Solo que los besos no son tan santurrones, y descubrir cuáles son los buenos y cuáles los malos es cada día más difícil. Mientras tanto, el odio —sabio y antiguo zorro— trata de camuflarse de ajuste fiscal o de política de estado; de teoría económica o de ajuste de personal; de tortura y de abrazo fraterno; y hasta de amor incondicional. El odio incluso se disfraza como el más temible beso del mundo: el beso traidor. Podríamos recordar, por ejemplo, a Jesús y su discípulo Judas, y su último beso: el beso más famoso de los últimos dos mil años. 

LLEGO A MI DESTINO y suena «Heaven», de Talking Heads: «El cielo es un lugar donde nunca pasa nada». David Byrne me emociona: «Cuando este beso termine/ comenzará de nuevo/ No será diferente, será exactamente lo mismo/ Es difícil imaginar que nada en absoluto/ podría ser tan emocionante, podría ser tan divertido».

En casa me reciben con un gran beso.

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