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Naturalidad incuestionable

Moscas x el rabo: Jane Birkin, inolvidable

Por Alicia Migdal / Miércoles 26 de julio de 2023
Dirk Bogarde y Jane Birking en «Daddy Nostalgie» (Bertrand Tavernier, 1990).

No podría ser de otra manera: es Alicia Migdal quien recupera en este homenaje el inigualable estilo y talento de Jane Birkin, recientemente fallecida. «Angelical, sin que la tocara ningún síntoma perverso visible, angelical yo diría que hasta el final de su vida como muchacha veterana, un oxímoron que solo ella podía encarnar porque esa perenne espontaneidad sin explicaciones fue su naturaleza», declara.

Angelical, así era en los 60 y 70, la década de la revolución sexual en la que se construyó la más amplia variedad de iconos femeninos en estado de total libertad. Angelical, sin que la tocara ningún síntoma perverso visible, angelical yo diría que hasta el final de su vida como muchacha veterana, un oxímoron que solo ella podía encarnar porque esa perenne espontaneidad sin explicaciones fue su naturaleza, no la de la voluptuosa Brigitte Bardot, por ejemplo, ni la de la sobria Françoise Hardy. Hay una manera de transitar el tiempo con el cuerpo y la imagen propia, que es como un tatuaje, algo indeleble: Bardot se convirtió en una señora de maquillaje recargado, Hardy en una elegante francesa de pelo corto y blanco.

La súperminifalda, los inmensos ojos claros, la esbeltez, el pelo lacio, cuando apareció fugazmente en Blow up Antonioni mostró al barrer, casi sin mostrar, el pubis adolescente de Jane Birkin, en fenomenal contraste, toda ella, con la hermosura enorme y apabullante de Verushka. Algo de esa delicadeza inocente la persiguió y la salvó, hasta el final, vestida, desnuda o casi desnuda. Suspirando o gimiendo junto a Serge Gainsbourg en la famosa erótica canción que la hizo famosa, no dejó nunca de ser aquella muchacha tan hermosa, tan natural, tan feliz, que no podía ser medida con la vara común de la sensualidad evidente. De sus tres hijas, Charlotte Gainsbourg es la que representa más y mejor un tipo de personalidad perturbadora y ambigua, una atractiva oscuridad insondable, en las antípodas de la luminosidad de su madre. Otras épocas, otras imágenes, otras connotaciones.

Rodeada de hijas chicas, con la famosa canasta de mimbre como bolso (hasta que Hermès hizo en su honor la formal y lujosa cartera Birkin, que tan poco la representaba en ese momento), con el perro y Gainsbourg en la playa, inalterable en su felicidad familiar y, a pesar de su pareja, sin trazo ninguno del francés libertinaje que podía asociarse con su irrupción de inglesita en aquellos años tan sexualizados, Jane Birkin transitó sus amores, sus canciones y sus películas con una naturalidad incuestionable que ninguna otra estrella tuvo.

Su forma de envejecer es la prueba de esa naturalidad y de esa manera de ser feliz a pesar de las adversidades, que fueron muchas y la asomaron a la muerte de los más queridos. Hace unos años cantó en el Teatro Solís con su vocecita, su melena ya revuelta, vestida como de jogging y sin ninguna exhibición de sex appeal que no fuera el de una mujer crecida y dulce. Las europeas envejecen mejor que las norteamericas y ella mejor que ninguna: su sonrisa de dientes separados y sus chaquetas informales la mantenían en esa zona de autenticidad y de realidad que tanto les cuesta a las divas que no pueden adaptarse al paso del tiempo. Así la muestra su hija Charlotte en la película en la que la entrevista y la ama. Y Agnès Varda en un documental previo. Así también en las fotos abrazada con sus tres, dos hijas, un grupo de mujeres cómplices (una vez la vi en Paris cargando una valija por la calle, fue casi un saludo). 

La prensa ha estado llena, la semana pasada, hoy, mañana, de la hermosura de sus fotos. Quiero recordarla como actriz comprometida y sensible en una película de 1990 con Dirk Bogarde, Daddy Nostalgie, dirigida por Bertrand Tavernier. Y cantando Avec le temps, de Léo Ferre. Ambos momentos artísticos la representan a cabalidad. 

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