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Lecturas lejos de las redes

Reposeras en la orilla: ensayo, poesía y ficción

Por Gera Ferreira / Jueves 12 de enero de 2023
Gera Ferreira comparte la primera entrega de una serie para sacarle el jugo a la reposera este verano. Y no son libros simplones, que conste. Ya sea en río, mar, patio o parque (o nada de eso, pero que valga el dato), dos pares de libros que inquieren, cuestionan y conmueven.

Contra el futuro. Resistencia ciudadana frente al cambio climático, de Marta Peirano (Debate, 2022), ensayo + Estado anterior, de Julieta Lopérgolo (Yaugurú, 2022), poesía

El futuro, desde Tiresias, pasando por el Génesis y Nostradamus, hasta llegar a Black Mirror o a los viajes de Elon Musk a Marte, ha sido un asunto interesante, oscuro y tentador para los humanos. El futuro en realidad es un relato, uno que ha incluido desastre y extinción en muchos casos y, en otros, tecnología y evolución: arquetipos que ayudan a pensar el devenir, o lo que representa en cada época esa noción, escurridiza, espuria, si se quiere.

Marta Peirano dice que todo tiene que ver con las historias que nos contamos a nosotros mismos desde el principio de los tiempos para sobrevivir: el futuro es un problema espiritual, dice, en este ensayo compacto, breve, documentado, en el que el adversario mítico no es un meteorito que acabará con la vida en la tierra, sino uno que cabe en tu bolsillo, en la palma de tu mano, en tu celular. Marta se ha dedicado a estudiar durante más de dos décadas lo que hoy se conoce como capitalismo de plataformas, con un relato del «progreso» que lo dictan las grandes compañías y los magnates de Silicon Valley.

Así, el metaverso es el escenario distractor donde ocurre ese futuro smart que nos quieren contar, en el que el spam, la adicción y la vigilancia consensuada ponen en jaque las libertades personales; donde los algoritmos premian el contenido tóxico y las fakes news conspiran a favor del fraude electoral, mientras la crisis climática —problema real, no virtual— amenaza con afectar la alimentación mundial. Ese futuro no suena prometedor, y mucho menos si la humanidad no aprende a cooperar. Un ensayo honesto y oportuno que seguro te arrancará del presente.

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Treinta y ocho poemas numerados, breves, concisos, blancos, hacen justicia a la coda, o clave de lectura en forma de advertencia, que propone el epígrafe inicial de Selva Casal a este bello poemario de Julieta Lopérgolo: «A cada paso yo tengo que golpear el mundo | recuperar algo». Algo a lo que tal vez haya que regresar a su Estado anterior, o restituirlo, restablecer su voz, darle palabra al fin y volver a perderse, «que me encuentre el perfume del fuego | grabado en la memoria de las hojas adultas».

Estado (cada una de las formas en que se presenta un cuerpo) anterior (¿otras vidas, otros saberes que sobreviven de ese traslado, la poesía misma de uno?), en el que la voz poética se retrotrae y desdobla para contestarse: «Un cuerpo dentro de otro quiere decir | testigo, | quiere decir: pasado, | deja tu nombre escrito | en un sitio seguro». La casa, la luna, el jardín, los espejos, lugares propios y de los que apropiarse a través de una nomenclatura íntima que los reclama para sí, no sin algo de melancolía, porque «escribir, pedir, hablar, | desnudan la estafa», de estar hablando de algo de lo que en realidad no se puede ser dueño, sino que es apenas «una trampa para engañar a las vistas». Para cierto estado de cosas, pronunciar un verso puede ser la mayor de las imprudencias. Que así sea.

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Transradio, de Maru Leonhard (Cía. Naviera Ilimitada, 2020), novela + ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, de Martín Kohan (Godot, 2022), ensayo 

A esta altura es probable que haya estudios que analicen la palpable obsesión por el agua que vuelve una y otra vez en la escritura de mujeres, sin importar el país, desde la última década hacia acá. Es que junto con la maternidad y el aborto, el agua parecería ser otro tema fetiche que sigue reclamando atención. En la literatura uruguaya reciente se me ocurren fácil cinco casos de escritoras que trabajan con el asunto: Cecilia Ríos (Crecida), Eugenia Ladra (La naturaleza de la muerte), Cecilia Lage (Llevame al agua), Laura Bianchi (Llueve adentro) y María Gueçaimburu (Raras). A quien le interese, recomiendo empezar por ahí.

Isabel, protagonista de Transradio, arranca la novela en una bañera junto a su madre. La escucha cantar mientras confiesa que una vez «casi se ahoga». Pero lo que casi la ahoga no fue el agua, ni el haber despertado tirada en una zanja sin saber cómo o cuándo, en «una especie de poblado […] a setenta kilómetros de Capital Federal» antes de cumplir seis; tampoco casi la ahoga el haber vuelto allí con su pareja Martín siendo adulta —en medio de una crisis—, para vivir en la casa de su infancia, donde: «siempre me obsesionaron esas fantasías infantiles que se confunden con recuerdos verdaderos», y que a la vez recibe como herencia de su padre, muerto hace dos años. Es apenas el comienzo.

En realidad lo que la ahoga a Isabel es el recuerdo, su incorporeidad fantasmal. De quién o qué, no lo diré, pero ese recuerdo la obliga a indagar sobre sí para encontrar un punto de origen, una herida, una salvación, una historia, que «si no entendés es porque nunca te pasó». La primera novela de Maru Leonhard fue escrita de pilot y a la intemperie, así que mejor ponerse muy a resguardo cuando alguien diga, así como al pasar, «se largó a llover».

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Cuando Alexander Graham Bell, a mediados del siglo xix, inventó el teléfono hizo posible que dos personas experimentaran una charla sincrónica sin movimiento, y dieran paso a una conversación que cambiaría para siempre las nociones de distancia y de presencialidad en los vínculos. En ¿Hola? Un réquiem para el teléfono, Martín Kohan analiza las implicancias que ha tenido en la vida social el surgimiento y caída del teléfono fijo, pero no solo eso, sino la llamada telefónica en sí como gesto de apropiación, como expresión de una voluntad (tangible, corporal, pero también metafórica, discursiva) en la instancia comunicacional.

Escrito a modo de popurrí reflexivo con chispas de ensayo, Kohan se vale de referencias culturales, literarias, televisivas, cinéfilas y del habla popular para reflexionar en torno a la relación entre la experiencia del usuario telefónico, los avances tecnológicos que lo han confinado a la decadencia y en torno al lenguaje, como una especie de nomenclatura afectiva vinculada a su antiguo y actual uso. Comparecen aquí Roman Jakobson, Roland Barthes, Walter Benjamin y Franz Kafka, entre otros, pero también Raffaella Carrá, Susana Giménez y el mismísimo Tangalanga.

Para quienes crecimos en un mundo con teléfono fijo, con la chance de controlar el flujo de llamados mediante un contestador, de buscar a alguien en la guía, de dejar el teléfono descolgado como estatement, del llamar y que dé ocupado, del esperar que llegue ESA llamada sin moverte, de la inevitable llegada del inalámbrico (primo segundo del móvil), del teléfono público en su esplendor de urbanidad, creo que este libro les causará una nostalgia estimulante. Y para quienes por una cuestión generacional hoy aborrecen la experiencia telefónica, creo que este recorrido les resultará divertido, y tal vez hasta me quede corto. Cualquier cosa me llaman.

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