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Fantasmas

El melancólico glam de los fantasmas: Mariana Enríquez

Por Emmanuel  Sticchi / Domingo 24 de marzo de 2024
Detalle de portada de «Un lugar soleado para gente sombría», de Mariana Enríquez (Anagrama, 2024).

Un lugar soleado para gente sombría es el último libro de la autora argentina, quien ofrece doce cuentos de sacar el aliento: «Mariana Enríquez ocupa un lugar encumbrado en la tradición reciente del horror latinoamericano, y lo ocupa con honra ya que ha sido ella una de sus precursoras, ferviente divulgadora y es su exponente más importante en la actualidad».

Un lugar soleado para gente sombría, la nueva colección de cuentos de Mariana Enríquez, es su regreso a la ficción tras el éxito de la novela Nuestra parte de noche, publicada en 2019, ganadora del Premio Herralde ese mismo año y finalista del International Booker Prize en 2021. Estos relatos, siempre doce, un número mágico y poderoso, trabajan el horror, lo extraño y el humor mientras exploran temas recurrentes en la obra de la autora: la pobreza como una peste negra que Argentina no puede sacarse de encima, el terror en los barrios del conurbano donde crece exponencialmente la violencia, las leyendas y mitos populares de las provincias, propulsoras de lo maldito, los ecos genocidas en viejos espacios de tortura de la última dictadura cívico-militar y los cuerpos femeninos en permanente transformación monstruosa. Sin embargo, se suman obsesiones nuevas: la vejez, la enfermedad, el true crime, las leyendas de internet, los felinos y la devoción por la moda. Pero, sobre todo, lo que recorre de punta a punta este libro es una constante proliferación de fantasmas. 

«Mis muertos tristes», cuento inaugural y uno de los más extensos del libro, narra la historia de una médica de mediana edad que vive en un barrio del conurbano que ha sido cercado por la criminalidad. Cuando los muertos por la violencia empiezan a acumularse y sus fantasmas atormentan a todos los vecinos, es ella la única capaz de tranquilizarlos para que desaparezcan. Eso ocurre solo momentáneamente, porque es imposible calmar para siempre a los fantasmas. El cuento está plagado de imágenes fascinantes, como la de un grupo de chicas adolescentes fantasmas, muertas a tiros cuando volvían de un baile, que olvidan su condición de difuntas y se toman selfies sacando la lengua con un teléfono Samsung también fantasma. En «Julie» una joven tiene sexo con espíritus para el espanto de sus padres, que la torturan con tratamientos psiquiátricos. Julie es una chica obesa, desalineada y destruida por los medicamentos que encuentra un espacio para el goce y la aceptación en el plano sobrenatural. Un nuevo enfoque para el antiguo tópico en la tradición gótica de lo femenino en desacato por sus vínculos indebidos con lo paranormal. 

«Un lugar soleado para gente sombría», relato que da título al libro, transcurre en Los Ángeles, a donde una periodista viaja por trabajo y aprovecha la ocasión para visitar a viejas amigas. El cuento incorpora el caso de Elisa Lam, la estudiante canadiense que en 2013 apareció ahogada en el tanque de agua del Hotel Cecil, célebre por su galería de crímenes horribles, entre ellos los del asesino serial Richard Ramirez. No obstante, el corazón de la historia es en realidad un proceso de duelo inconcluso, los fantasmas emocionales que mortifican más que cualquier poltergeist. Abundan las imágenes decadentes de California, los homeless mugrientos, los adictos zombis por las calles de Skid Row, el deambular del puma P-22 por las colinas de Hollywood. También hay momentos glamorosos, de mujeres adultas con looks despampanantes, góticas, victorianas-chic. Esta inclinación por la indumentaria también se encuentra en «Diferentes colores hechos de lágrimas». Las chicas de una feria de ropa vintage se topan con vestidos de alta costura que arrastran con ellos una maldición que martiriza los cuerpos que los portan. Se desprende de este cuento la idea de la ropa usada como ropa fantasma que trae con ella el pasado y el trauma de quienes la usaron antes. 

Los mitos populares reaparecen en algunos de estos cuentos. Así como ha sabido trabajar la figura de San La Muerte o el Gauchito Gil en libros anteriores, Mariana Enríquez elige en esta oportunidad otras figuras de los bestiarios y santorales paganos regionales argentinos. En «Los pájaros de la noche», homenaje a la pintora surrealista Mildred Burton, la narradora, una niña que tiene una enfermedad que le pudre la piel del rostro, que se le llena de gusanos y que con frecuencia deja jirones de piel regados por ahí, enumera leyendas guaraníes sobre mujeres transformadas en pájaros y, en «La desgracia en la cara», se remite ambiguamente a la leyenda del pombero, duende de la región del Litoral que silba durante la siesta y tiene los pies al revés para despistar a sus perseguidores. En este cuento una maldición, que se pasa entre las mujeres de una familia, desfigura la cara de una joven tal como le ocurrió muchos años atrás a su madre y es utilizada como metáfora de la herencia, del temor a parecernos a nuestros padres o a repetir inevitablemente sus tragedias.

Al igual que en sus libros anteriores los ecos siniestros de la dictadura o del descalabro neoliberal de los 90 también resuenan en un par de estos cuentos. En «Cementerio de heladeras» una mujer decide entrar a una fábrica de electrodomésticos abandonada, donde se sospecha que funcionó un centro clandestino de tortura, para buscar, entre los miles de ataúdes blancos, uno en específico que aloja un crimen cometido en la infancia, un fantasma que la ha perseguido durante toda una vida. «Un artista local» aborda los pueblos del interior de la provincia de Buenos Aires que sucumbieron tras el cierre de muchos ramales del sistema ferroviario argentino, aislando a muchas comunidades, dejándolas al borde de la extinción. Enríquez encuentra en estos espacios abandonados por el Estado el lugar propicio para la germinación de un horror monstruoso, el lugar ideal para que determinados seres puedan esconderse.        

El libro concluye con «Ojos negros», un cuento verdaderamente terrorífico que sabe cómo manejar los engranajes del miedo. Reformula una leyenda norteamericana popularizada en internet mediante creepypastas y podcasts para narrar una historia ubicada en el corazón de la ciudad de Buenos Aires, donde un grupo de asistentes sociales, que reparten comida y frazadas a personas que viven en la calle, se topan con un mal inimaginable en la forma de niños con los ojos totalmente negros. 

De la misma manera que sucedía en Las cosas que perdimos en el fuego, de 2016, los relatos de esta nueva colección muestran una imaginación afiebrada y virtuosa para narrar los horrores sudamericanos. No todos los cuentos están al mismo nivel, pero cuando dan con la conjunción justa de elementos el resultado es muy poderoso. Mariana Enríquez ocupa un lugar encumbrado en la tradición reciente del horror latinoamericano, y lo ocupa con honra ya que ha sido ella una de sus precursoras, ferviente divulgadora y es su exponente más importante en la actualidad. Este nuevo libro da muestras de una férrea convicción estética y narrativa que la autora sostiene desde hace muchísimos años, cuando no la traducían a decenas de idiomas, el terror no estaba de moda y las editoriales no morían por publicar este tipo de literatura, mucho menos escrita por una mujer.

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