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Una serie, un libro y un EP

Es más de lo que puedo decir de ciertas series: «Porno y Helado», Ca7riel y Paco Amoroso, y «Las criaturas del pantano»

Por Patricia Turnes / Jueves 03 de abril de 2025
Ca7riel y Paco Amoroso en «Papota» (2025).

Hay un hilo conductor que atraviesa este texto de Patricia y une la segunda temporada de Porno y Helado, pasa por Papota, el nuevo EP de Ca7riel y Paco Amoroso, y desemboca en el libro Las criaturas del pantano, de Nelson Barceló. Cuál es el precio de la fama en la música, o también qué determina que una banda termine siendo conocida, y qué es lo que marca, musicalmente, una época.

La serie: Porno y Helado Temporada 2 

Porno y Helado es una serie creada por el cómico argentino Martín Piroyansky sobre un grupo de treintañeros que tienen una banda de rock falsa que se llama Los débiles mentales. Piroyansky encarna a Pablo, el típico músico loser, Ceci —interpretada por Sofía Morandi— es una estafadora y Ramón (Ignacio Saralegui) trabaja como vendedor en una casa de electrodomésticos. A los protagonistas de esta comedia de enredos los une la música y las aventuras que tienen en común. Esta tríada logra, a lo largo de las dos temporadas que tiene la serie, gran complicidad con el espectador. Más allá de lo inverosímil y disparatado de todo lo que les ocurre —y quizá justamente por eso— dan ganas de ser parte de la experiencia. 

Después del exitoso debut de Porno y Helado en 2022, en setiembre del año pasado se estrenaron seis nuevos episodios a través de Amazon Prime. Se trata de una serie en la que cualquier cosa puede pasar, sobre todo en la segunda temporada en la que —tal como define su director— se trata de cuentitos, historias, fábulas, relatos cerrados que viven estos personajes.

Tal como observó Tamara Tenembaum en su muy recomendable podcast Algo prestado, en esta última entrega de la serie hay tramas que recuerdan las viejas sitcoms, que se abren y se cierran en un capítulo solo. Un amigo de Tenembaum le comentó: «¡Lo que más me extraña es que se la hayan comprado!». A la escritora le llama la atención que exista una serie así, de autor, que no conecte con ningún punto de una agenda más grande y tampoco con un género concreto. Estoy de acuerdo con ella cuando dice que esta serie es un fenómeno muy extraño, no hay nada parecido en televisión en este momento en Argentina ni en otros lados. A la vez, ella se pregunta por algunos capítulos en particular que son bastante locales, como el de la comunidad rolinga: «¿Qué pensará cualquier persona que no sea argentina de los rolingas?». 

La primera temporada de la serie Porno y Helado tenía en el elenco a varios argentinos como Susana Giménez, y otros uruguayos como Humberto de Vargas o el músico Paul Higgs. En la segunda entrega de la serie hay actores uruguayos como Gabriela Iribarren o Nestor Guzzini y varios músicos del indie de acá: Federico Morosini de Julen y la Gente Sola como una de las víctimas de la secta de los rolingas, y también las integrantes de la banda Niña Lobo. Continúa el tono de comedia, aunque también se suman otros géneros como el terror y hasta el musical. Un ejemplo extremo de esta mixtura es el cuarto capítulo de la última temporada, guionado por Martín Piroyansky y Martina López Robol, en el cual los personajes ven que se viene una tormenta y se refugian en el «bar de los taxistas». Se produce casi un apocalipsis, con lucha por la supervivencia entre los miembros que están en el bar. Como dato curioso, el local en el que se protegen de la lluvia es un viejo bar de Montevideo, el Oxford, en Andes y Paysandú. Y es que gran parte de la tira se filmó en Uruguay con actores y técnicos locales.

Piroyansky tiene una de esas caras que hacen reír con solo verlo. Comparte ese lugar en el podio con Adrián Suar, y Santiago Korovsky los sigue de cerca. La comedia estúpida es lo suyo. Su serie, aunque parezca fresca y espontánea, tiene momentos bastante refinados en cuanto al guion y la realización. Consultado para el medio argentino La Voz acerca de cómo nacen las historias para su serie, y cuáles son los límites, Piroyansky responde: 

La guita es el límite [risas]. Es una serie que no tiene límites porque lo que importa es la solidez de los personajes, los tres protagonistas tienen no solo su lógica, sino también su dinámica. Obviamente que a veces pasan cosas sorpresivas, como Ramón que en esta temporada se pone envidioso, pero en general uno ya los conoce y solo querés ver cómo se desenvuelven. [...] Me acuerdo de que un día Martina me dijo: «¿Y si aparece un fan de Pablo?», eso surgió ahí en medio de la escritura. Lo del granizo nació otro día, y lo de la granja de «rolingas» era una idea que yo tenía desde antes de que existiera Porno y Helado. Había imaginado esta reserva de «rolingas» que viven aislados y que por eso ya no existen más, están todos juntos en un campo. Las ideas se van reciclando a cada rato.

Para demostrar hasta qué punto va la relación que este director tiene con la música, basta con ver Papotael cortometraje que lleva su firma. Esta pieza acompaña el EP homónimo que editaron CA7RIEL & Paco Amoroso hace poco. Luego de la aclamada sesión que hicieron para Tiny Desk en 2024, el dúo argentino intenta en este corto de una estética descacharrante capitalizar con excelente timing el momentazo que vive. Entre el jazz, el virtuosismo, el hip hop, el rap, el trap, el pop, referencias a los Backstreet Boys, las cuatro canciones de Papota arrojan una mirada ácida con respecto a las imposiciones estéticas de las redes sociales, las exigencias de la industria de la música, la fama vs. la autenticidad y el uso de la IA. Estos rockeros unen fuerzas con Piroyansky con quien tienen en común el humor bizarro, el burlarse de ellos mismos, pero también un reconocido amor hacia todo lo ridículo y lo que les da cringe. El comediante argentino Martín Bossi es otra de las atracciones del corto de Piroyansky en el papel de mefistofélico manager.


El libro: Las criaturas del pantano

A mediados de los noventa, la movida del rock posdictadura encabezada por Los Estómagos, Los Traidores y Los Tontos estaba agotada. En 1994 el sello discográfico Perro Andaluz decidió editar un casete con doce canciones de bandas que en aquel momento compartían la misma escena musical en boliches y escenarios del under: Chicos Eléctricos, Buenos Muchachos, Trotsky Vengarán, La Hermana Menor, Neanderthal y Cadáveres Ilustres. Este compilado recibió el nombre de Las criaturas del pantano. 

La iniciativa de concretar aquella ensalada de rock nacional la tuvo Ángel Atienza, por aquel entonces un empleado bancario que en sus horas libres tenía un sello discográfico, y Gerardo Michelin, quien en los ochenta había sido uno de los impulsores de la revista subterránea GAS y mánager de Los Estómagos. La tirada fue de 500 ejemplares y se agotó. La presentación de aquel mítico casete —que hoy es objeto de colección— fue a lo grande con un recital en el pub Amarillo.

Treinta años después, el periodista Nelson Barceló da voz a los miembros de las bandas que tenían como epicentro el pub Juntacadáveres, a otros actores de aquella escena y a nuevas generaciones de músicos e incluso periodistas que recibieron aquella influencia y la resignificaron. En el libro Las criaturas del pantano (Ediciones B) se arma una conversación involuntaria entre todos ellos con una estructura coral que resultará muy valiosa a quienes quieran informarse sobre la historia del rock en Uruguay. Cómo era el clima que se vivía en aquellos años, de qué modo se llevó a cabo la selección de las canciones que terminarían por formar parte del compilado, qué significó aquel casete para el entorno y para ellos mismos, cómo se llevaban los integrantes de las bandas entre ellos y con los de los demás grupos, en qué condiciones se tocaba entonces, en qué boliches: de todo esto y más trata el libro. 

Según quién cuente la historia, será la luz —o en algunos casos la sombra— lo que se arroje sobre estos puntos y varios más. El cantante de la Hermana Menor —Gonzalo Tüssi Curbelo Dematteis, fallecido el año pasado— describió así aquellos años en las páginas de Las criaturas del pantano

Hablamos de una época en la que cerró todo, había pocos bares y esto se parecía mucho más a aquel paisaje gris y oscuro al que se le cantaba en los ochenta. Creo que fue un efecto de la depresión generalizada posterior al triunfo del voto amarillo y una gran oleada migratoria. 

La influencia básica de las bandas de Criaturas del pantano era superyanqui, según Curbelo. José Luis Jota Yabar, quien supo ser guitarrista de la Hermana Menor, recuerda: «Estábamos muy atentos a los discos de los Pixies, también a Dinosaur Jr. y toda esa camada que era la antesala de lo que después mutó en música alternativa». Gonzalo Curbelo explica que, por querer diferenciarse de los grupos posdictadura, una de las características que tenían en común muchas de las bandas de esta movida era que cantaban en inglés, aunque aclara que ellos nunca entraron «en la de cantar en inglés». Otra seña de identidad de las bandas que integraron el compilado era que escribían letras relacionadas con la cultura de las drogas. «Era todo mucho más falopero», concluye Curbelo. 

En cuanto a Juntacadáveres, el Tüssi lo describe como «un lugar muy falopa pero a la vez muy arty, con gente del teatro metida ahí». Según Gonzalo Curbelo, su banda ya no estaba activa para cuando Gerardo Michelin les propone sumarse a la obra: «No creo que las bandas del casete ni Gerardo lo hayan visto así, pero considero que la edición de Criaturas del pantano fue el cierre de todo eso; se lanzó pensando que era el comienzo de algo, pero fue el epitafio de esa generación que tuvo su año memorable en el 92. Fue como una coda, un cierre documental. Ya en el verano del 93 aquella primera formación de La Hermana Menor se desarma».

Con respecto a la competencia que existía en aquel entonces entre las bandas y en el ambiente musical en general, Gusteka Avigliano de Neanderthal declara: «

No había hermandad en los grupos, nada que ver con lo que ves ahora en los Feel de Agua. Capaz que se pasan para el otro lado, pero es mucho mejor así. Antes había una especie de boicot: igual el sonidista te bajaba el volumen, porque había una cosa de protagonismo y estrellato. Todo era a huevo y no te ayudaban […]. Éramos todos pijos, creo que no había ninguno de Maroñas o Camino Carrasco. 

Curbelo coincide: 

Las bandas eran muy competitivas y había un postureo de «me cago en los demás». No estaba bien visto el asunto cooperativo, era algo muy del discurso de Andy [Adler]. Cada uno en la suya y vamos a ver si les rompemos el culo a los demás cuando toquemos. No afectaba la amistad que podía existir entre algunos integrantes de las bandas, para los que era como un partido de fútbol universitario en que querés ganar y quebrarle las patas al otro.

Nico Barcia, quien fue cantante y guitarrista de los Chicos Eléctricos y en la actualidad está al frente del proyecto Service de Sound, reflexiona en el libro de Barceló: 

Había muchas cosas en juego, pibes bastante jóvenes midiéndosela entre sí. Ahora somos un conjunto de luces apagadas que en estas conversaciones tratamos de demostrar que tenemos un fosforito en algún lugar y es muy triste. Pienso que hubiese sido más lindo mantenernos encendidos entre todos que insistir en que no se prenda demasiado uno o el otro para opacar. Elegir ese camino fue como pegarse un tiro en el pie.

En todas aquellas bandas hubo un notorio autosabotaje según el Tüssi: «Pensábamos que nos podría ir bien, pero en retrospectiva no sé por qué, cuando nadie hacía nada de lo necesario para que te vaya bien. Además, creíamos tenerla más clara de lo que la teníamos». 

Aunque algunas bandas se sostuvieron en el tiempo como La Hermana Menor con sus distintas formaciones, e incluso Los Buenos Muchachos y Trosky llegaron ser mainstream, la mayoría de los proyectos musicales que integran Las criaturas del pantano quedaron perdidos en el tiempo. Sin embargo, el libro de Barceló realiza un justo rescate de toda aquella movida y permite medir el impacto que tuvo este eslabón subterráneo en la cultura rockera de entonces, incluso para las generaciones posteriores. 

Cada capítulo de del libro está precedido por un texto firmado por algún artista o periodista: Beto Quintans, uno de los propietarios de Juntacadáveres, el director de cine Manolo Nieto, la periodista Belén Fourment, entre otros. Estos ensayos brindan contexto, aportan información extra filtrada por experiencias personales y profundos análisis críticos de la música que integró aquel casete que pasaría a la historia.

El libro se lee como agua. Resultan muy divertidas las anécdotas que los músicos cuentan: excesos, bizarreadas, sucesos increíbles, y testimonios de personajes fundamentales para la consolidación de esta escena, como Andy Adler, hacen que valga la pena aventurarse en la lectura de este libro. 

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