ensayo sobre la depresión

Filosofía de la «roca desnuda»: sobre «Los límites de mi lenguaje», de Eva Meijer

Por Santiago Cardozo / Jueves 31 de marzo de 2022

La depresión en tanto «imposibilidad de tratar con la tensión irreductible de la relación felicidad/muerte», ofrece el punto de partida para el análisis de la filósofa holandesa Eva Meijer. Santiago Cardozo reseña Los límites de mi lenguaje. Meditaciones sobre la depresión (Katz, 2021) y destaca el poder del tratar con la palabra, en todo sentido.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

La resaca de todo lo sufrido

Se empozara en el alma… Yo no sé!

César Vallejo


Los años marcados por la depresión son como un diario íntimo chamuscado del que solo pueden leerse fragmentos […].

Eva Meijer


Como ha escrito el filósofo italiano Giorgio Agamben, con particular locuacidad y desprevenida fineza, el hombre es un animal arrojado a la felicidad, lo que supone, en paralelo, la noción de muerte como algo propiamente humano. Así, la felicidad solo puede plantearse y pensarse con relación a la finitud histórica del hombre, cuya conciencia le proporciona al significante muerte el lugar central en la estructuración de la vida común. Si podemos pensar un «destino de felicidad», aun cuando determinar el sentido de esta noción sea harto complejo, si no imposible y hasta absurdo, es porque vamos a morir, porque no pertenecemos al orden estrictamente animal, marcado por la eternidad, por el devenir de la existencia hacia su cese. Aunque «no somos sino cuerpos», punto neurálgico de nuestra vulnerabilidad, como dice Eva Meijer en Los límites de mi lenguaje. Meditaciones sobre la depresión (Madrid: Katz, 2021), muerte es un significante que constituye la superación del cuerpo, esto es, nos permite pensarlo como cuerpo trascendido y, a la vez, como condición de posibilidad de la muerte como conciencia, historia, tradición, lenguaje. 

En este contexto se inscribe o se abre paso, se hace lugar, la depresión como la imposibilidad de tratar con la tensión irreductible de la relación felicidad/muerte, que es la relación entre el sentido y el sinsentido de la vida en cuanto tal, como «vida desnuda» (Agamben otra vez). Ahora bien, esa «desnudez» (la vida en tanto que mero suceder: la de un árbol, una piedra, una ameba; la nuestra) es el axioma y el hueso duro irreductibles del sentido, aquello sobre lo cual el hombre levanta el logos, en cuyo seno se aloja la depresión como ruptura de la conexión entre el yo y el mundo. Esta ruptura es la que experimentamos cuando vemos «más abajo» del lenguaje, allí donde el agua primigenia del universo se agita en la neutralidad de la existencia en cuanto tal: de ella, como del mundo, solo podemos decir que ocurre. 

*

Tratar (en todos los sentidos de la palabra, incluido el clínico) con las palabras: así puede resumirse la escritura, que no es sino la forma más elaborada de nuestro tratamiento general, cotidiano, con y de la lengua. Este es, si se quiere, el propósito de Eva Meijer en Los límites de mi lenguaje. Las palabras no dicen el goce, en la medida en que son la renuncia a él, pero, a la vez, ellas cargan con ese goce a modo de exceso, exuberancia, profusión, cuerpo. En consecuencia, la escritura es la actividad de luchar –a muerte– contra esa renuncia que inaugura el placer, que abre el lenguaje a una rasgadura permanente por la que vemos un vacío: allí abajo, allí adentro, no hay nada, solo el deseo de perderse y encontrarse del otro lado, con el fuego fatuo y fatal del goce consumado o, más anodinamente, con el tranquilo resultado de una coincidencia, una mansa adecuación: la de las palabras a las cosas, que se distancian permanentemente por los efectos que sobre y entre ellas produce la muerte y, sobre todo, la emergencia del sinsentido que perfora o agujerea la malla racional de la realidad. 

No hay sosiego posible: solo el nerviosismo perenne de la experiencia errática, de la palabra equívoca, que se equivoca. Los efectos de la depresión son diversos, particularmente, dice Meijer, conducen a la desligazón del mundo que afecta por igual a las relaciones personales, al trabajo, a los proyectos alguna vez pensados, incluso al propio lenguaje como estructura de comprensión del mundo, porque, desde el fondo del sinsentido en que se apoya, muere o se apaga, lenta o precipitadamente, el deseo. Así, en medio de una entusiasta conversación con amigos, encuadrada en una cena con vino, se instala el desinterés: lo que estoy escuchando ya no me llega, incluso preferiría irme, porque todo el abanico cromático que justificaba la tenida se ha disuelto en un gris inveterado que no se disipa, que ha venido conmigo desde antes y que, por desgracia, se proyectará mañana.

Esta escena amorosa es una referencia a una anécdota de Heidegger, uno de los autores recurrentes y fundamentales que, al lado de Sartre, Camus, Pessoa, Wittgenstein y Freud, es parte de la cantera de filósofos y escritores de la que Meijer se alimenta para pensar la depresión. 

*

Sin embargo, no todo en la depresión es negativo: en opinión de la autora, la depresión permite tomar distancia del mundo, contemplarlo y, con ello, elaborarse un juicio propio, que se fundamenta en una reflexión más crítica, más paradójicamente lúcido, hecho del dolor de la existencia, pero, a la vez, de la conciencia de su carácter absurdo, carácter del que debemos hacernos cargo como consecuencia de haber nacido seres humanos (seres de logos, es decir, de política, de conciencia, de historia; en suma, seres de la muerte).

Los límites de mi lenguaje. Meditaciones sobre la depresión aborda también la locura, la anorexia, la melancolía, el suicidio, las diversas terapias para enfrentar los males que se han apoderado de nosotros o que nos han salido al paso, saltado a la cara o al alma, y los aborda con un estilo siempre amable para y pendiente del lector, muy alejado de los tecnicismos de la filosofía y de las disciplinas específicas que se ocupan de cada uno de los problemas objeto de la reflexión o apenas referidos. No obstante, la lectura del texto siempre deja entrever o muestra, en innumerables intersticios de su composición, la profundidad y la complejidad del asunto, lo que impide que Los límites del lenguaje caiga en la autoayuda o en el discurso complaciente o burdamente romántico que ha hecho de la depresión una inagotable fuente creativa.


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