Borrarse para resistir

In-«sistir» como ex-«istir»: la re-«sist»-encia anónima

Por Santiago Cardozo / Martes 15 de junio de 2021

¿Qué relación puede existir entre el anonimato y la resistencia política? Santiago Cardozo reseña Foucault anonimato, un ensayo del filósofo canadiense Érik Bordeleau en el que, a partir del pensamiento foucaultiano, plantea el anonimato como práctica de oposición al repliegue individualista fagocitado e impulsado por el liberalismo.

Todo se borrará en un segundo. Ese diccionario acopiado desde la cuna hasta el lecho postrero se eliminará. Habrá silencio y ninguna palabra para decirlo. No saldrá nada de la boca abierta. Ni yo ni mí. La lengua seguirá convirtiendo el mundo en palabras. En las conversaciones en torno a una mesa de fiesta sólo seremos un nombre, y cada vez tendremos menos rostro, hasta desaparecer en la masa anónima de una generación remota.

Annie Ernaux, Los años



La tensión ética que atraviesa la obra de Foucault exige una relación íntima con el poder.

Érik Bordeleau, Foucault anonimato


  

0.

Al escribir, se puede experimentar en los dedos, en los brazos, en el sonido de las teclas de la computadora y, por extensión, en todo el cuerpo, la subsunción de «nuestra identidad» (o algo que percibimos de ese modo) en el vocabulario, la sintaxis, el tono, en suma, en el despliegue del discurso que estamos llevando a adelante, pero al que, también, interrumpimos, abandonamos definitivamente o retomamos un día, cuando menos lo pensábamos, para toparnos, de nuevo, con el espejo de lo que somos o de la falta que nos constituye. El ser del lenguaje parece saltarnos a la cara y, tomándonos del cuello, meternos de cabeza en sus profundidades. El sujeto hablante por un lado y el lenguaje por otro; o el lenguaje capturando, en su infinita red de signos o en las ventosas de sus tentáculos, al sujeto que se ha lanzado a decir algo y, sobre todo, a escribirlo.

 

1.

Digámoslo de entrada y sin ambages: en Foucault anonimato, Érik Bordeleau (Quebec, 1978) muestra las formas mediante las cuales Foucault quiere «borrarse», como individuo, en los fondos insondables del archivo, sobre el cual hay que tender diferentes principios de inteligibilidad; «Foucault», un nombre propio que se inscribe, en sordina o bajo el incesante murmullo de las palabras, en el eterno océano de los discursos, del que cada uno de nosotros es apenas una laguna (así comienza, hermosamente, «El orden del discurso», las palabras protocolares con las que Foucault ingresa al Collège de France). Una «fuerza superior» nos domina —precisamente, el orden discursivo— y a ella respondemos, sin embargo, buscando zafar de su sistema de prohibiciones, entre las cuales se halla el tabú del objeto y el ritual de las circunstancias que legitiman al sujeto para hablar. Así pues, el anonimato es una distancia abierta entre el ethos del sujeto y el lenguaje con y bajo el cual el primero inscribe su figura como una forma de vida que aúna la escritura con la práctica política (en las calles, en la universidad, en las obras teóricas, en los bares, en la noche profunda, etc.).

Una ética de la escritura emerge: el deseo de ser nadie, una singularidad que se desdibuje o quede entre paréntesis a pesar de la etiqueta de un apellido, identificable en el fárrago de apellidos que producen discursos. Pero este desdibujamiento, lejos de constituir el anonimato en el sentido más corriente, incluso más banal, es una postura política de resistencia, que rehúye las positividades de lo singular, de las identidades particulares que reclaman, aquí y allá, ser escuchadas en nombre de la diversidad óntica del origen de las voces (el lenguaje mismo es un común). Lo que parece un reclamo y un argumento que ponen el énfasis en la dimensión histórica de los procesos de subjetivación (cómo hemos llegado a ser lo que «somos», individual y colectivamente, es decir, bajo los efectos de qué dispositivos de poder), termina remitiendo los discursos a una especie de «abanico de existencias» situadas en el orden fenoménico, justificado en y por sí mismo, que, en opinión de Érick Bordeleau, no pueden reconocer lo común como una necesidad, como aquello en nombre de lo cual se debe resistir.

Así, en palabras del filósofo canadiense: «Foucault observa que si el siglo XIX y una parte del XX se caracterizaron por las luchas contra la explotación, en lo sucesivo son las luchas contra las sujeciones identitarias las que prevalecen». La tesis destacada por Bordeleau va a contrapelo de las lecturas contemporáneas de las obras de Foucault, tanto de aquellas que se cimentan en la noción de sexualidad como de aquellas otras que toman como centro el tan caro tema del cuidado de sí. La «constricción identitaria» de la lectura norteamericana de Foucault «ha insistido sobre todo en el derecho a la diferencia, dejando de lado la crítica del apego a la identidad», tal es lo que plantea Bordeleau, distanciándose claramente de la política, en tanto que lecturas, críticas, interpretaciones, ejercida sobre los textos del filósofo francés. Una de las observaciones de la crítica desarrollada por Bordeleau es bien conocida: la insistencia en el reclamo identitario terminó siéndole funcional al capitalismo, que no demoró un segundo en segmentar el mercado en diversos nichos, incluso apoyando financieramente ciertas agendas que promovieran la lucha por la diversidad (se ha dicho que la diversidad mejora la productividad económica, aumentando, por consiguiente, el PBI). La consecuencia más notable de este proceso fue que la diferencia se convirtió en la herramienta principal de gestión del biopoder.

 

3.

La práctica de la escritura de Foucault es un paciente trabajo que desentierra las condiciones en las que se ha ejercido el poder sobre los cuerpos y las conciencias y en las que se ha abierto camino la resistencia o diversas formas de ella. La microfísica del poder descentra el juego entre el ejercicio del propio poder, muchas veces concretado como dominación explícita, y las distintas posibilidades de resistencia (el poder está por todas partes y, por ende, la resistencia debe aparecer acá o allá), siempre presupuestas en las prácticas de aquel, aunque no siempre llevadas adelante. Si, como ha dicho Foucault, se escribe para desaparecer, para dejar entrar el «pensamiento del afuera» en el discurso que se lleva delante, dando cabida a todos los efectos disruptivos que pueden suscitarse, la literatura ocupa un especialísimo lugar en la construcción de esta resistencia a los efectos narcotizantes del mercado sobre los discursos y sobre la lucha común desmembrada en múltiples individualidades que no pueden subjetivarse políticamente bajo una resistencia de lo común (de esto que haya existido una resistencia inversa a la lectura de ciertos textos literarios, como, por ejemplo, Los cantos de Maldoror, en la medida en que la obra de Ducasse introduce otra inteligibilidad del mundo, refractaria a las formas asentadas del lenguaje, entre ellas, la de los medios masivos de comunicación).

Por ello, pensar la cuestión del anonimato tiene que ver con hacerle frente a la escisión de la vida comunitaria, a todo lo que obliga al individuo a replegarse sobre sí mismo, atándolo a su propia identidad. Así, el anonimato está ligado a lo común o, al revés, se opone a las individualidades que reclaman para sí el espacio de visibilidad que merecen, revertido, enseguida, en nicho de mercado.

Una de las tesis puestas de relieve por Bordeleau concierne a la potencia del lenguaje como instancia de disolución del sujeto. Al respecto, señala: «la experiencia del lenguaje en cuanto tal, menoscaba al sujeto hablante: ella disuelve la unidad aparente y hace temblar la evidencia de una interioridad absoluta en la que el sujeto podría replegarse. Inversamente, el ser del lenguaje solo aparece por sí mismo en la desaparición del sujeto». En este sentido, la relación entre resistencia y anonimato en la práctica intelectual y escrituraria de Foucault implica una delimitación estricta entre la vida y el lenguaje, dos órdenes que, a decir verdad, son inseparables, al menos en cuanto al hecho de que la vida humana está signada como humana por la «posesión» de lenguaje.

En definitiva, en Foucault anonimato, Érik Bordeleau realiza una lectura del filósofo francés destacando la dimensión ética y práxica de su escritura y, como dije, a contrapelo de aquellas otras interpretaciones en las que el excelso y prolífico filósofo galo es aparentemente sorprendido en sus contradicciones y utilizado al servicio de ciertas causas que han sido funcionales al desarrollo del mercado. 

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