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Luz nueva para el cuerpo

Luz nueva para el cuerpo: Jazmines de otoño

Por Sebastián Míguez Conde / Miércoles 22 de junio de 2022

Sexo, dolor y un viaje hacia el pasado. En la segunda entrega de «Luz nueva para el cuerpo», Sebastián Miguez Conde sigue explorando lo carnal, ahora en torno al dolor físico y el poder de evocación que tiene el sufrimiento. Sin concesiones ni medias tintas, el protagonista de estos textos se mueve entre la «desesperación, lujuria, tristeza, diversión sin compromisos, desesperanza».

Pocas veces en la vida pude mantener una relación duradera con una mujer. Pensé mucho en eso después de que Gabriela, la enfermera con la que estuve saliendo un par de semanas, me dejó sin contemplaciones, según ella por machista, cruel y egoísta. Para mí, la discusión no ameritaba tanto enojo.

Me molestó que subiera fotos a las redes sociales con poca ropa. ¿Con qué cara me hacés planteos de novio cuando vos vivís con un tipo? Se cagó en mi argumento de que sí, yo vivo con un tipo, pero si ella se quiere acostar con alguna mina a mí no me importa. Lo que no me gusta es que otros varones vean en fotos una desnudez que, para mí, tiene que ser privativa de la pareja ¿Qué pareja? ¡Tu pareja es un hombre, no yo! Y bueno, yo no voy a discutir, así son las cosas, si querés estar conmigo esas son las condiciones. Luego otra vez lo de que soy un machista, de que no puede creer lo que escucha y, al final, el no me llames más que yo esperaba hacía días. Entonces ese llanto femenino que me fastidia y me pone de mal humor. Y que me vaya a la mierda, que no la busque y todo lo típico del final de las relaciones de este tipo. Estoy acostumbrado.

Volví a buscar sexo con gente desconocida por internet. Hay algo perversamente adictivo en las aplicaciones de encuentros. Seguramente tiene que ver con el morbo de estar todo el tiempo mirando un catálogo infinito de carne humana que ofrece el cuerpo, que ofrece amor, desesperación, lujuria, tristeza, diversión sin compromisos, desesperanza. La variedad de la oferta hace que uno se confunda y se meta en situaciones que no quiere, o que, por lo menos, no espera.

Hace unos días quedé en encontrarme con un médico. No leí el perfil. Me escribió directamente un mensaje, mandó foto de cara, de cuerpo, un par de audios, la ubicación y el horario que tenía disponible. Dije que sí.

Mi auto estaba en el taller, así que, ya acostumbrado a usar el celular para que me solucione la vida, me bajé una app parecida a Uber, pero que, según me dijeron en el laburo, con viajes más baratos y con menos espera.

La casa del médico quedaba a cuarenta kilómetros de mi trabajo. Cuando me subí al auto tuve que hacer un esfuerzo para que no se notara la impresión que me causó la persona que conducía. No puedo decir si era un varón o una mujer. Era una persona alta, flaquísima, calva, con los brazos, el cuello, el cráneo y parte de la cara completamente tatuados de algo así como una enredadera con flores de colores, arabescos, y dibujos hermosísimos y brillantes. Me hizo acordar a La Catrina, esa imagen pagana bellísima que tienen de la muerte en México: un esqueleto vestido de fiesta, adornado divinamente con dibujos idénticos a los que tenía en el cuerpo flaquísimo quien conducía.

Saludé a La Catrina y ella se dio vuelta y me hizo un gesto indicándome que no escuchaba. Era sorda. Me mostró el celular con sus manos enormes, tan coloridas y descarnadas como el resto del cuerpo, y señaló la dirección de destino para confirmar. Asentí y arrancamos.

Llegamos a la casa del médico, intenté darle una propina, pero La Catrina no aceptó. Entré a la casa del doctor, lo saludé con un apretón de manos y me senté en un sillón cerca de la estufa a leña, que estaba prendida. Algunas fotos colgadas en la pared, el médico en algún lugar con nieve, en un bar con amigo, en un ring recibiendo un premio, seguramente practicaba algún arte marcial. Era un hombre maduro, tal vez cuarenta y cinco años, alto, fuerte, atractivo. Apenas entré, él cerró la puerta con llave. Guardó el llavero en el bolsillo.

Yo soy de ir directamente a lo que fui a hacer y tiendo a manejar la situación para no perder el tiempo, pero me ganó de mano. Se sentó en el sillón frente a mí y cuando yo decía algo así como que qué bueno que estuviera la estufa prendida, me interrumpió serio, feroz. Esto es lo que va a pasar: Ahora me la vas a chupar hasta que esté bien dura, después te vas a poner en cuatro en el suelo, y te voy a romper el orto.

El comentario me agarró de sorpresa. El tono, sobre todo. No supe qué decir. Ya no sonreía, intuí algo malo. Abrí la boca para decir algo y el médico golpea la mesa que está al lado del brazo de su sillón mientras dice casi gritando, conteniendo la rabia: ¡¿Yo te di permiso para hablar?! Sigue en un tono más calmado que logra que se me hiele la sangre: Vos vas a hablar cuando yo te diga. Ahora vas a hacer lo que te mando, ¿entendés lo que te estoy diciendo?

Soy un hombre fuerte, él también. Lo medí un segundo, ¿puedo defenderme?, sí puedo, pero me puede lastimar, es más alto, a lo mejor más fuerte. Sin embargo, no tenía miedo, o al menos no me di cuenta de que estaba asustado. 

Me levanté despacio, temblando de rabia. Él creyó que iba a obedecer, pero me acerqué a la chimenea y agarré un atizador: Mirá flaco, o abrís la puerta o te parto el cráneo y te rompo toda la casa, la concha de tu hermana. 

Su expresión cambió, se suavizó de golpe. Parecía no entender. Se levantó sonriendo sin acercarse con las dos manos en señal de paz, mientras sacaba la llave del bolsillo. No, no, no, no, nos entendimos mal. No te pongas así, por favor. Mirá, abro la puerta, pero dejame explicar. Nos entendimos mal, repitió más veces de las que me acuerdo. Sacó el celular del bolsillo. Me mostró el perfil de la aplicación por la cual nos conocimos donde en la descripción decía «Macho dominante buscando sumiso». Sonrió otra vez. ¿Entendés? Es un juego. Rio más. Me calmé un poco, le saqué el celular de la mano y seguí leyendo. Era verdad, decía claramente lo que buscaba en la descripción que yo no había leído antes. 

Después de que me calmé, charlamos un rato. Nunca dejé el atizador ni me moví de al lado de la puerta, que estuvo siempre entornada, pese al frío. Me habló del asunto de la dominación, que a veces lo hacía solo, pero que la mayoría lo hacía en pareja con su mujer, que era mucho más meticulosa y sofisticada que él, y no tan bruta, rio, que invitaban a un tercero, que siempre gozaban todos. No podés morirte sin probar. Una foto de la mujer, hermosísima, sensual. Es psiquiatra. Animate. Es súper seguro. No sé si por curiosidad, o por el morbo alimentado por semanas de ver carne humana en exhibición, pero acepté.

Quedamos en encontrarnos al día siguiente, en el mismo lugar y a la misma hora.

Seguramente el servicio de la aplicación de transporte incluye que el mismo chofer siempre que se pueda, porque La Catrina me devolvió al trabajo ese día, inexpresiva y silenciosa, y me llevó a casa del médico y la psiquiatra al siguiente.

Fueron amables, me sirvieron café y pan casero. Era la primera vez que hacía algo así, y la psiquiatra insistió en que tenía que especificar las normas. Dije las mías más elementales: no me gusta que me insulten, que me metan nada en el culo ni que me lastimen. Debía, además, elegir una palabra de seguridad. Una palabra que, al decirla, detuviera todo inmediatamente. Pensé en una que no usara mucho, porque iba a quedar marcada para siempre.

Había en la cama una suerte de arnés que inmovilizaba las manos y las piernas. Vi que, en caso de quererlo, podía fácilmente arrancar las maderas de la cabecera de la cama y clavárselas a alguien en el cuello si la cosa no era como me la planteaban.

Yo boca arriba. Algún pinchazo, sebo de vela caliente. Mordidas. Sobre todo órdenes que daba el médico y ella ejecutaba con mi cuerpo. Se montaba, lamía, mordía, apretaba.

Ella tuvo varios orgasmos, pero cuando yo estaba por llegar al clímax, el médico ordenaba que se desmontara y, lejos, sin que yo pudiera moverme, se tocaban, me miraban, cogían. Yo en la cama, inmóvil, desesperado de deseo, sometido.

Ella volvió y se montó otra vez. Yo no disfrutaba, mi cuerpo tal vez sí, pero yo no podía, estaba en otro lado, no sé bien en dónde. Mientras tanto, él se acercó, me besó con violencia, ella le oprimió la cabeza contra mi cara. El médico bajó hasta el cuello, a los hombros, y mordió con fuerza. La pulsión de la mordida fue como una aguja que viajó desde la carne a un lugar lejano, muy, muy adentro, tomó velocidad y agrietó algo. 

Sentí que los músculos se me desinflaron, ya no tenía tatuajes, ni fuerza, era un niño, era un niño y alguien me tenía así de inmovilizado, y me tapaba la boca con la mano, acercaba una cara enorme, tenía barba, olor a vino y a comida en la boca. Quería liberarme, pero era muy chico y no tenía fuerza, le arañé los brazos, pero al hombre no le importaba, no sé qué estaba haciendo con la otra mano, algo con mi pantalón. Estaba aterrorizado, quería llorar, pero el terror era tan grande que no podía. El gigante de barba estaba muy cerca, me lamió el lóbulo de la oreja. Shhh. Yo quería pedir por favor que no, me estaba ahogando, necesitaba ayuda. Era un niño y creía que iba a morir. Entonces, el dolor imposible.

Un gemido de la psiquiatra me rescató del sueño, del recuerdo tal vez real, tal vez inventado. Exhalé la palabra de seguridad que se deshizo en el aire al pronunciarla y desapareció para siempre de mi vocabulario. El doctor me desató las manos y las piernas con una rapidez asombrosa. Ella me calmó, sonriendo, sin desmontarse, me llevó las manos a las tetas hermosas y la puede tocar por primera vez. La violencia se transformó en ternura, ella me besó, él también, despacio. El médico se acomodó detrás de la psiquiatra y la penetró, lento. Sentí el peso de los dos cuerpos, llegó el orgasmo, agotador. Tenía el espíritu roto.

Me levanté con dificultad, ellos estaban contentos, lo dijeron varias veces. Pasamos divino, ¿no es cierto? Mientras estaba en el baño del dormitorio escribí para pedir el transporte de regreso. Ella se puso una bata y él solamente una remera. Los escuchaba charlar en el living. Sonó un celular. Una videollamada de la hija.

Pá, me saqué doce en biología. La madre se acercó a la pantalla del teléfono. Te felicito mi amor, qué divino, con lo que estudiaste. Los veía desde el dormitorio. Se me ocurrió que eran una especie de monstruo deforme, tentacular, con rostro humano. Hasta luego, amor, en un rato ya llegamos a casa, hacé los mandados, te dejé la lista en la mesa de la cocina.

Me costaba caminar. Habían sido casi cuarenta minutos de inmovilidad tensa. Al salir del baño me choqué con un perchero y reculé como si alguien me hubiera tocado. La psiquiatra se dio cuenta. Él no. 

¿Todo bien? Aguantaste pila. No contesté. Estaba aturdido. El médico se acercó a la vez que la mujer trataba de agarrarlo del brazo diciendo un pará sin fuerza camuflado en una sonrisa nerviosa. Él siguió jugando. Ella se dio cuenta de que me pasaba algo, pero no tuvo tiempo de decírselo a su marido. Él se acercó rápido y, a la vez que me agarró del pelo con pretendida ternura viril, me bajó la cabeza y dijo acercado la boca a mi oído: Te gustó, ¿verdad? Mientras tanto, en el mismo momento, mi brazo subió y mi mano se le clavó en el cuello como un gancho.

Fueron tres segundos. Uno, él no entiende qué pasa, ella se lleva las manos a la cara y da un grito imperceptible. Dos, me sostiene el brazo con las dos manos, es fuerte, pero se da cuenta de que yo puedo partirle la tráquea antes de que pueda hacer algo. Tres, levanta las manos como si lo estuviera apuntando con un arma y yo lo suelto. 

El auto llegaba mientras yo salía. La psiquiatra balbuceaba algo al lado de su marido, que tosía en el suelo. Algo así como No se dio cuenta, pero no lo puedo asegurar. Él se excedió, la palabra de seguridad, aunque muerta, todavía surtía efecto, y el médico la ignoró.

La Catrina me miró con su cara sin gestos. Los colores de los tatuajes eran cada vez más luminosos. Me senté adelante. Había sobre el volante un ramo de jazmines. Quise preguntarle cómo había conseguido jazmines en otoño, pero recordé que era sorda, así que no tenía sentido. Abrí la ventanilla y prendí un cigarrillo. El olor a tabaco se mezcló con el de las flores. 

A mitad de camino, de la grieta nueva brotó una cascada incontenible, un llanto tan antiguo y tan profundo que me envolvió el razonamiento lo que quedaba del viaje. No recuerdo haber llorado así jamás en mi vida adulta. 

La Catrina siguió manejando en silencio. Cuando me iba a bajar, me detuvo con delicadeza y, sin decir nada, sostuvo entre sus dedos largos y espatulares el ramo de jazmines perfumados. Me los ofrecía. Negué, avergonzado, confuso.

Entré a casa y me tiré boca abajo en la cama, deseando que el llanto terminara de una vez. No sé cómo manejar lo que no entiendo. Por alguna razón pensé en Gabriela. Saqué el celular y le escribí: Perdoname. Solo eso.

Un rato después, cuando ya lo peor parecía haber pasado, me dormí. Desde algún lugar de la vigilia soñé a La Catrina volviendo en su auto y estacionando frente a casa. Se bajaba con el ramo de jazmines en la mano y, mientras caminaba hacia la puerta, la carne de la cara y los brazos desaparecían completamente en el blanco del esqueleto, la ropa deportiva se le transformaba en miles de velos de colores que crecían hasta el suelo y se movían apenas con el viento. Entraba al patio sin que los perros la detuvieran. En la puerta pedía permiso para entrar, yo la dejaba. Llegaba al cuarto. Apoyaba el ramo de jazmines en la mesa de luz y se sentaba cerca, en el borde de la cama. Me limpiaba las lágrimas con sus manos de esqueleto. Acariciaba mi pelo, como una madre. Me sumergí entonces en un nivel más profundo de sueño.

Ya de noche, desperté cuando mi compañero llegó de trabajar y prendió la luz sin darse cuenta de que yo estaba ahí. Me encandiló. Se acercó a la mesa de luz y me preguntó sonriendo de buen humor: ¿Dónde conseguiste jazmines en otoño? 

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