Leer a nuevo
La ley de Ida
Por Gabriela Borrelli Azara / Jueves 28 de agosto de 2025

Portada de «La ley de Heisenberg» (Ampersand, 2025) e Ida Vitale.
Gracias a la reciente publicación de La ley de Heisenberg, de Ida Vitale (Ampersand, 2025), Gabriela Borrelli indaga en ciertas formas de leer y en las poetas del «pequeño país vintage», es decir, Uruguay. Notas en torno al «principio de incertidumbre de toda lectura, sus inciertas e impredecibles conexiones, los mapas absolutamente personales y, a la vez, compartidos de las cosas que leemos, a veces, a nuevo».
La literatura es también su conversación. Vive en el regreso a los nombres que amamos o rechazamos, en los que pasaron como un viento lejano o en aquellos que marcaron un momento íntimo pero importante. Leer es una aventura porque la deriva de su acción es siempre incierta. Incluso toma diferentes formas a través del tiempo. Por eso volver a leer, o leer lo que otros leyeron, husmear en lecturas ajenas, implica una superposición temporal más fantástica que cualquier ficción. Leo hoy a quien escribió hace 200 años, por ejemplo, y estoy en esa intimidad del pensamiento más que con mis contemporáneos. Voy al futuro con los nombres del presente, me atraso, y me adelanto. La escritura enciende la maquinaria, la lectura son los rieles. En ese poderoso poema-ensayo de tiempos superpuestos, casi ensayo final, que Tamara Kamenzsain escribiera un año antes de su muerte, dice:
Cuando las poetisas uruguayas ya eran
puro nombre
cuando en Argentina no había divorcio
cuando en Argentina todavía ni hay aborto legal
Uruguay pequeño país vintage
se sigue adelantando a nosotras
porque las poetisas con nombre son
jóvenes viejas que si las leemos a nuevo
nos guiñaran el ojo más actual
Chicas en tiempos suspendidos (Eterna Cadencia, 2022) es un canto contra y al presente, un poema tierno que funciona como espejo invertido de los debates feministas y, a su vez, es una memoria de las chicas, poetas, poetisas, y políticas. Me recuesto sobre el verso que termina con «leemos a nuevo». Es una idea bella: leer a nuevo, ¿como recién publicado, como recién pensado? ¿como nunca antes leído? Se ha dicho que la poesía es presente porque en ella los tiempos convergen en el tiempo del poema: toda la poesía es presente. Sin embargo «leer a nuevo» reúne las inquietudes de este siglo que exige la novedad, cierto «empate» con la nueva vida tecnológica. Además, agrega en el mismo verso a las jóvenes viejas que guiñan su ojo más actual.
«En un tiempo de lectores impacientes, la creación poética permanece como un gozoso misterio que se resiste a ser resuelto» va a decir Ida Vitale, tal vez uno de los eslabones más vitales de esa cadena de jóvenes viejas, en el libro que publica ahora, con 102 años, La ley de Heisenberg. Ida Vitale, ganadora del premio Cervantes 2018, se sumó a la colección de Ampersand Lectores. La ley de Heisenberg reúne una serie de memorias lectoras que se transforman en ensayos sobre literatura latinoamericana: Nicanor Parra, Onetti, Macedonio Fernández, Armonía Somers, Sara Gallardo, César Aira. También aparecen Beckett y Flaubert; sin embargo, el recorrido lector de Ida Vitale va atrapando una forma de leer en castellano. Asisten los versos de Delmira Agustini, «Los pasados se cierran como ataúdes», para definir el género de memorias como memorialista, y allí Ida es implacable: entre el afán confesionario y cierto narcisismo literario vive el memorialismo, hoy, al parecer, poco practicado.
Tamara Kamenszain diferencia a las poetas uruguayas con sus nombres de pila como banderas (Juana, Idea, Marosa, o Circe); de las argentinas, que serían poetas de apellido (Storni, Bertolé, Orozco). Un poco más allá, Mistral. Ida Vitale, en cambio, nombre y apellido juntos, Ida Vitale inseparable, marca una tercera forma de nombrar. Ida Vitale, como una señal escondida de un viaje vital por el pensamiento poético de cien años.
La poeta empezará su viaje al pasado por el inicio: una isla, Sicilia, otra lengua, los objetos que la trasladaban al otro lado del océano. Una historia familiar, un mapa de la pasión literaria. Otro tiempo, dice la poeta, en que existían las cuatro estaciones y cada una llegaba con sus ventajas y sus molestias. Tira del hilo del pasado para pensar en el inicio de un país: el suyo. Sin sentir una única pertenencia lingüística ni tampoco atenerse a lo nacional, «una reducción más» como la llama, va a delinear en los primeros capítulos, casi sin proponerse, ese «adelantamiento» del que habla Kamenszain.
Al nombre de Rodó le seguirá el de Carlos Vaz Ferreira, filósofo solitario, autor de Los problemas de la libertad, La percepción métrica y Sobre feminismo, entre otras obras. La misma pregunta pero desde otro ángulo, ¿será este entusiasmo temprano por el feminismo en Uruguay el colchón para la aparición de obras como la de Delmira Agustini o, (y este nombre me entusiasma mucho) María Eugenia Vaz Ferreira, la que murió sin ver su obra publicada? Dice Vitale: «No sé si el feminismo influyó en el hecho de que la actividad de la mujer en el Uruguay estuvo libre desde bastante temprano del agobio y las trabas de una concepción exclusivamente masculina de la sociedad».
Desde esa duda piensa la aparición de algunas poéticas, recuerda la carita de «suiza asolada» de Storni y arma una escena personal fundante. Una maestra auxiliar, llena de buena voluntad, según Vitale, le hace aprender un poema de Mistral del cual no entiende nada. De ese momento pedagógico nace una pasión por la poesía. De ese no entender. Sin dar más explicaciones, declara: no entender algo es la forma en que esa cosa se transforma en pasión. Lo dado no genera pasión, y quizás haya ahí una clave para entender el presente. Recuerda a Mistral, especialmente su cabeza «de leona mansa» en ese verano interminable del que ya di cuenta en un ensayo anterior. Ese verano de 1938 en el que se reunieron Mistral, Storni e Ibarbourou. El género memorialista ya nos empieza a dar pistas del listado de asistentes: Idea Vilariño, Ida Vitale. No solo compartirán iniciales sino generación: las puedo ver en una foto. Una reunión de poetas por la visita a Uruguay de Juan Ramón Jimenez en la que se la ve junto a varios poetas, Monegal, Claps, Rama, y también Amanda Berenguer e Idea Vilariño. Ya habían estado las dos en ese mismo lugar, en ese mismo verano, escuchando a las tres grandes.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.
Ser humano y mujer, ni más ni menos.
Estos famosos versos de Vitale, que siempre tuvieron un diálogo con los de Rosario Castellanos «Debe haber otro modo que no se llame Safo/ ni Mesalina ni María Egipcíaca/ ni Magdalena ni Clemencia Isaura/ Otro modo de ser humano y libre/ Otro modo de ser», parece recorrer secretamente todo La ley de Heisenberg. El pequeño ensayito que le da título al libro nunca nombra esta ley, aunque la describe de modo singular: el encuentro en una biblioteca universitaria de un libro dedicado, Austin, las charlas con una especialista en Dante, una anécdota gatuna de Keats, una librería cuyo dueño antes vendía nafta. Los cuatro jinetes del Apocalipsis, los libros sobre las guerras, en fin, el principio de incertidumbre de toda lectura, sus inciertas e impredecibles conexiones, los mapas absolutamente personales y a la vez compartidos de las cosas que leemos, a veces, a nuevo.
Ida Vitale, escribe y habla (la escuché bien de cerca una vez, es decir, en una conversación casi privada) como declamando una ley, con el dejo de la sentencia y el aire de la narración, en el medio, eso que hace que algo sea poesía :
¿Qué puede ser más privado y aun secreto que el momento en que se da un verso, en que con ese primer coágulo misterioso, comienza el raro fenómeno de un poema? Aunque no siempre, claro, porque deben darse ciertas condiciones para que la iluminación no se disipe y una buena disposición momentánea la prolongue sin desmedro.