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Cine nacional

El cine como paisaje: «Bosco», de Alicia Cano

Por Irina Raffo / Martes 31 de mayo de 2022
Fotograma de «Bosco», de Alicia Cano.

Nuestra admirada Irina Raffo estrena columna sobre cuestiones ligadas a la imagen audiovisual. Y para seguir en los estrenos, se detiene en Bosco, hermoso largometraje de la cineasta Alicia Cano, que está en salas estos días. Con suma delicadeza, Irina analiza la poética de una película sumamente táctil con «un tono de fábula fantástica en el que la naturaleza tiene su lógica secreta».

La belleza del mundo es una «llamada» en el sentido más concreto de la palabra, 

y el hombre, ese ser de lenguaje, le responde con toda su alma. 

Todo sucede como si el universo, al pensarse, esperara al hombre para ser dicho.

Francois Cheng, Cinco meditaciones sobre la belleza.

Volver a la raíz es regresar a un paisaje de origen, real o imaginario. Volver para comprender de dónde venimos y armar así un mapa sensible de la historia personal. Bosco es, por un lado, un viaje al descubrimiento de un paisaje y, por otro, una geografía emocional en sí misma, en la que lo que sucede fuera funciona como un espejo donde se refleja el encuentro íntimo con la historia familiar.

Esta película filmada con un profundo compromiso a lo largo de trece años revela el paisaje interior de Orlando, abuelo de la directora, y las imágenes que se mantienen vivas en su imaginación y que, generación tras generación, han sobrevivido y marcado a los Menoni, familia de inmigrantes italianos afincados en Uruguay. Alicia viaja a la Toscana italiana para descubrir el pueblo del Bosco en un periplo definido por la necesidad de conectar con la identidad del lugar y, por ende, con la suya propia. Inmersa en un paisaje en continua transformación, donde las estaciones se suceden, se descubre en cada escena el origen de un pasado familiar que ha dejado huellas en el presente y que sigue vivo en la propia directora de la película. Con delicadeza, el largometraje reconstruye desde ese enclave secreto entre las montañas un mito de origen que toma cuerpo enraizándose en bosques tupidos y pequeños caminos serpenteantes que atraviesan este paraje mágico.

Fotograma de Bosco


Como afirma John Berger, muchas veces contamos historias que, si bien no nos han pasado directamente a nosotros, sentimos como propias, lo que nos da el impulso y la necesidad de contarlas. El escritor inglés se refiere a esta fuerza como una memoria atávica que nos atraviesa. Con la fuerza de haber sido elegida para contar esta historia, Cano mezcla materiales fílmicos diversos que dan cuenta del paso de los años y de la profunda conexión que desarrolló con el Bosco desde su primer encuentro: películas Super-8 de archivo filmadas en los años 70 por visitantes de aquella época, materiales de video filmados por la realizadora en sus primeras expediciones al pueblo y, finalmente, el registro fílmico contemporáneo que nos devuelve al presente de ese lugar. 

Fotograma de Bosco


Acompañando las actividades de los pocos pobladores que aún quedan en este pequeño pueblo entre las montañas devorado por una vegetación frondosa y salvaje, se trazará un vínculo entre la vida de aquellos que resisten en el secreto rincón de la provincia de Massa Carrara y la vida de la familia Menoni en Salto, la ciudad litoral a orillas del rio Uruguay. 

La memoria familiar que reconstruye Cano a partir de este largometraje no es sólo la memoria de los Menoni, sino que recoge a la vez un corte particular dentro de un momento histórico preciso: los movimientos migratorios que marcaron el siglo XX y, entre ellos, la masiva inmigración italiana que recibió Uruguay. Cano, como descendiente de aquellos pueblos de inmigrantes, construye un relato que sitúa al espectador en un espacio imaginario entre-mundos, un lugar que no es ni aquí ni allá, sino un lugar nuevo, que nace de la mezcla de ambas geografías. Salto no es sólo Salto, sino Salto atravesado por el Bosco. El Bosco no es sólo el Bosco, sino Bosco desde Uruguay, es decir, lo que de Uruguay hay en el Bosco. 

El abuelo de Alicia, con la vista ya diluyéndose, entre figuras borrosas y manchas de colores que se desvanecen, imagina cada vez con más detalle su Bosco. Como Borges, que seguía yendo al cine incluso tras la ceguera, el abuelo de Alicia ve más allá de sus ojos y continúa siendo un espectador que al salir de la sala cuenta a otros con ímpetu aquello que imaginó. Si pensamos al cine como una máquina de proyectar sueños, la película de Cano se transforma en una ofrenda; es la posibilidad de vislumbrar el sueño que su abuelo construyó a miles de kilómetros de aquel paisaje que lo marcó sin siquiera haberlo conocido.

Alicia Cano. Foto: Tali Kimelman.


Podríamos pensar que cada espectador tiene su Bosco. Su hogar. Un lugar real o imaginario donde todo tiene sentido. Detrás de cámara, Cano pregunta a Rita, la pastora, y a Gemma, la curandera del pueblo:

—¿Qué es la casa para vos?

—¿Cómo qué es la casa? —cuestiona una de las últimas habitantes del pueblo que nunca dejó el lugar. 

—La casa es todo —responde finalmente.

La abuela y el abuelo de Alicia se ven obligados a dejar su hogar en Salto. La cámara registra el momento de la despedida. Al final de la escena, la abuela de Alicia, antes de dejar su casa, se agacha con dificultad y besa el escalón del hall de entrada. Sí, la casa es todo. ¿Quién no se estremece al repasar el espacio de la casa de la infancia? ¿y el recuerdo de una casa que se dejó y que se añora? El tiempo lo devora todo. La distancia entre las imágenes filmadas hoy en el Bosco y las fotografías viejas del lugar revela que de aquel Bosco fulgurante sólo quedan rastros. Tal como en la propia casa del abuelo de Alicia, quedarán las marcas de las macetas en el patio, huellas de una vida pasada que no regresará.

Fotograma de Bosco.


La fotografía contemplativa y el tono del registro visual de Bosco acompaña la búsqueda de este paraíso perdido a través de planos y secuencias con matices pictóricos. Muchas secuencias, como la escena de la silueta del lobo a la luz de la luna, proponen un tono de fábula fantástica en el que la naturaleza tiene su lógica secreta. Por momentos se escucha el silencio del Bosco, la lluvia que cae, el peso y la textura de la nieve. La película tiene ese lenguaje táctil que nos hace sentir que estamos allí. Bosco es una película que se disfruta en sala: las dimensiones del bosque de castaños y pinos, sus valles nevados en invierno, la primavera incipiente sobre los árboles que abrazan las laderas de las montañas, todo cobra una dimensión onírica en la sala oscura. El trabajo del sonido construye también un ambiente inmersivo: nos sumergimos en un «baño de bosque» , sentimos los aromas y la temperatura del lugar. El paso de las estaciones marca la evolución de un relato que nunca pierde el ritmo de un cuento contado en voz baja, con la luz tenue, antes de dormir.

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