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Vitalidad intrínseca de la materia

Materialidad que es fuerza y entidad

Por Rocío del Pilar Deheza / Jueves 16 de mayo de 2024

«¿Cómo sería nuestro pensamiento acerca de la naturaleza si tuviéramos otra mirada sobre y otra relación con la materia? ¿Qué características tendrían las políticas públicas si tuvieran en cuenta las trayectorias y el poder de las cosas?»: tales son las interrogantes que suscita Materia vibrante. Una ecología política de las cosas, de la filósofa Jane Bennett. 

¿Cómo sería nuestro pensamiento acerca de la naturaleza si tuviéramos otra mirada sobre y otra relación con la materia? ¿Qué características tendrían las políticas públicas si tuvieran en cuenta las trayectorias y el poder de las cosas? ¿Seguiría siendo tan violenta y temeraria nuestra producción y consumo capitalista si prestáramos atención a que somos parte de un mundo de materialidades humanas y no-humanas? ¿Cómo no situar a lo humano en el centro ontológico? ¿Ayudaría a despertar sensibilidades en torno a la sustentabilidad abandonar el discurso del ambientalismo y adoptar el discurso del materialismo vital?

Estas son sólo algunas de las múltiples preguntas que atraviesan el libro de Jane Bennett (2022), Materia vibrante. Una ecología política de las cosas (traducido por M. Gonnet), parte de la colección Futuros Próximos de la editorial Caja Negra. Cabe advertir que Bennett nos propone más interrogantes que certezas a lo largo de este texto, aspecto que lo convierte en un interesantísimo desafío. Por ello, Materia vibrante es una lectura que nos sacude intelectualmente y despierta la imaginación.

Jane Bennett es profesora del Departamento de Ciencia Política en la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos), especializada en Filosofía Política. En este libro, publicado originalmente en 2009 y el más citado de su trayectoria académica, Bennett parte de una hipótesis bien concreta:

Si estoy en lo cierto en cuanto a que una imagen de la materia como algo inerte alienta nuestra práctica actual de un consumo agresivamente dispendioso que pone en peligro al planeta, entonces una materialidad experimentada como una fuerza viva con capacidad agencial podría alentar el surgimiento de una sociedad más ecológicamente sustentable (pág. 123).

La hipótesis de Bennett se argumenta a partir de una sólida teorización sobre la vitalidad intrínseca de la materia, para quitarla del lugar de sustancia pasiva. Para ello, en Materia vibrante, Bennett nos propone adentrarnos en un proyecto filosófico y político; el materialismo vital. La autora nos invita a reflexionar y cuestionar la idea moderna según la cual existe una tajante división entre la materia y la vida, idea que promovió la persistencia de la ignorancia sobre la vitalidad de la materia y sobre la historia de la filosofía de la materia. Concomitantemente, este proyecto supone disolver binomios ontoteológicos como vida/materia, humano/animal, orgánico/inorgánico, voluntad/determinación. El materialismo vital propone también generar interacciones inteligentes y sustentables con la materia vibrante, con lo cual promueve una teoría política menos antropocéntrica, que considera la vitalidad de la materia, la agencia material y la efectividad de las cosas no-humanas.


Tradiciones y conceptos

Para desarrollar el proyecto filosófico y político del materialismo vital, Bennett se basa en distintas tradiciones filosóficas, entre ellas la epicúrea, spinozista, nietzscheana y vitalista. También bebe de la filosofía de la ciencia y de la ecología, a través de los aportes de Bruno Latour, Romand Coles, Val Plumwood, Freya Mathews, entre otras, así como en escritores de ciencia y literatura, como Charles Darwin, Henry David Thoreau, Franz Kafka y Walt Whitman. A su vez, el materialismo vital de Bennett se inscribe dentro del campo del conocimiento y reflexión de los nuevos materialismos. Para ahondar en el debate entre las distintas filosofías de la materia, que buscan responder a la interrogante de cómo la materialidad importa, Bennett abreva de la tradición de Demócrito, Epicuro, Spinoza, Diderot, Deleuze, antes que del materialismo de Hegel, Marx y Adorno. Bennett opta por esto ya que entiende que el materialismo histórico, al referir a las estructuras socioeconómicas humanas, pasa por alto la vitalidad de la materia y reduce la agencia a lo humano. Por su parte, el materialismo vital pone énfasis en las contribuciones de las fuerzas no humanas que operan en la naturaleza, en nuestros organismos y en los artefactos.

Inicialmente, Bennett nos introduce cuidadosa y pormenorizadamente al vocabulario necesario para recorrer los distintos onto-relatos que, a lo largo del libro, contornean el materialismo vital. El término actante, por ejemplo, fue desarrollado por Bruno Latour para designar a una fuente de acción que puede ser humana, no-humana o una combinación entre ambas. El concepto cuerpos conativos es aquel de Spinoza, que refiere a cuerpos (humanos y no-humanos) que cuentan con una peculiar vitalidad, un impulso activo, tendencia que aumenta y se potencia cuando los cuerpos se agrupan. La noción de poder-cosa propuesta por la propia Bennett nos invita a prestar atención a los actantes para visualizar cómo las cosas, la materia, lo no-humano, afectan a otros cuerpos al potenciar o debilitar su poder. El concepto ensamblaje de Deleuze y Guattari, es empleado para ampliar y distribuir la agencia de modo tal que ésta refiera a un grupo conformado por humanos y no-humanos, a un campo ontológicamente heterogéneo, a un ensamblaje de materialidades vibrantes.

En suma, se trata de un vocabulario que aporta a un objetivo concreto: «teorizar una materialidad que es fuerza tanto como entidad, energía tanto como materia, intensidad tanto como extensión» (pág. 69). Y un proyecto político que persigue fines muy claros: «experimentar más horizontalmente la relación entre las personas y otras materialidades» y también «dar un paso en dirección a una sensibilidad más ecológica» (pág. 46).


Ciertos experimentos

Al mismo tiempo, y a través de una serie de experimentos teóricos, Bennett pone en juego los conceptos previamente presentados. La autora teoriza acontecimientos para facilitar la comprensión y el uso del vocabulario propio del materialismo vital; de este modo, un apagón, una comida, una basura, dan lugar a reflexiones sobre encuentros entre actantes ontológicamente diversos, algunos humanos y otros no-humanos, pero todos materiales. Se trata de una serie de onto-relatos especulativos enfocados en la capacidad activa, terrenal, de la materia vibrante, en los que la autora da voz a una vitalidad inherente a la materialidad y evidencia la compleja red de conexiones que se generan entre distintos cuerpos.

Uno de estos experimentos teóricos centra su atención en la comida y las ideas sobre la alimentación. Bennett propone entender a la materia comestible como un actante que opera dentro de y junto a seres humanos, ya que influye en los estados de ánimo, el temperamento, las disposiciones cognitivas y las decisiones humanas. Desde la propuesta teórica de Bennett es posible estudiar al ensamblaje generado en la alimentación entre cuerpos humanos y no-humanos como un cuerpo conativo que puede llamarse «consumo estadounidense» o bien «crisis de la obesidad». Este experimento teórico en torno a la alimentación señala que la mayor parte de las investigaciones sobre la materia no-humana provienen de las ciencias biológicas, mientras que desde las ciencias sociales y las humanidades la cuestión de la materialidad suele ser abordada únicamente desde los actos humanos. Frente a esto, el materialismo vital de Bennett nos invita a científicos y científicas sociales y de las humanidades a entender la materia como una presencia ontológicamente real, viva y activa y, a partir de esto, prestar más atención a la fuerza de la materialidad.

Otro experimento de Bennett para poner en práctica la teorización del materialismo vital se construye en torno a la red eléctrica de Estados Unidos y a un apagón que, en agosto de 2003, afectó a cincuenta millones de personas, más de cien centrales eléctricas y veintidós reactores nucleares. Desde el materialismo vital es posible, propone Bennett, pensar la red eléctrica como un ensamblaje de carbón, sudor, campos electromagnéticos, programas informáticos, flujos de electrones, afanes de lucro, calor, estilos de vida, combustible nuclear, plástico, fantasías de dominio, estática, legislación, agua, teoría económica, cable y madera, entre otros actantes entre los cuales siempre existe algún tipo de fricción. Así, el proyecto de Bennett adopta el compromiso de evitar tanto el antropocentrismo como el biocentrismo para centrarse en la materia. 

¿Cuál es el propósito de estos onto-relatos? Bennett lo explicita de la siguiente manera:

La intención aquí es sacudir la cadena diamantina que ha unido la materialidad con la sustancia inerte y ha situado lo orgánico al otro lado de un abismo que lo separa de lo inorgánico. La intención es articular la elusiva idea de una materialidad que es en sí misma heterogénea, en sí misma un diferencial de intensidades, en sí misma una vida. En este extraño y vital materialismo no hay ningún momento de pura inmovilidad, ningún átomo indivisible que no esté en sí mismo atravesado por una fuerza virtual (pág. 138).

Seguramente quien lea este libro podrá imaginar y componer otros onto-relatos a partir de la propuesta de Bennett. Otros experimentos teóricos que promuevan pensar en ensamblajes de materia vibrante formados por cuerpos humanos y no-humanos. Nuevos experimentos que nos conduzcan a terminar con el hábito conceptual de dividir el mundo entre vida orgánica y materia inorgánica.

Desde ya, el materialismo vital entiende que la frontera entre vida y materia es un asunto problemático y complejo. Para argumentar a favor de la disolución de estas tajantes fronteras, nuestra autora toma aportes del vitalismo crítico, que cuestionó el modelo mecanicista imperante sobre la naturaleza y abrió un debate entre la filosofía y la ciencia de principios del siglo XX. Propuestas conceptuales como el Bildungstrieb de Immanuel Kant, la entelequia de Hans Driesch y el elan vital de Henri Bergson son analizadas por Bennet para acercarnos a distintas propuestas que representan variadas formas de retratar la fuerza vital presente en toda materia. Así, su proyecto filosófico y político persigue la búsqueda de un materialismo en el que la materia es figurada como una vitalidad que actúa dentro y fuera de los yoes; una fuerza vital que debe tenerse en cuenta aún sin tener un sentido o una intención.


Teoría política

Concomitantemente, Bennett pone en diálogo el materialismo vital con la teoría política a través de la ecología política y, de este modo, aborda la cuestión de la capacidad política de los actantes. Así es como formula la idea de que la materia vibrante tiene efectos concretos en la teoría política, a través de una revisión de conceptos clave como público, participación política y lo político. Desde este marco, Bennet se vale de los aportes teóricos de John Dewey, Jacques Rancière y Bruno Latour para desarrollar una analogía entre un ecosistema y un sistema político y, de este modo, hilvanar elementos para la elaboración de una teoría de la acción política que admite que tanto humanos como no-humanos forman parte de un público capaz de modificar el reparto de lo sensible dentro de un orden político, de un ecosistema.

¿A qué aspira el materialismo vital en su diálogo con la teoría política? A ampliar el alcance de la democratización. A que la democracia se abra a otras voces, a que incorpore a aquellos cuerpos humanos y no-humanos que no han sido considerados. El materialismo vital no pretende lograr la igualdad entre los actantes sino abrir nuevos canales de comunicación entre los miembros de un cuerpo social. En palabras de Bennett:

Necesitamos no solo inventar o volver a invocar conceptos como conatus, actante, ensamblaje, pequeña agencia, operador, disrupción y otros por el estilo, sino también idear nuevos procedimientos, tecnologías y regímenes de percepción que nos permitan entrar más estrechamente en contacto con los no-humanos, o escuchar y responder más cuidadosamente a sus estallidos, objeciones, testimonios y proposiciones. Pues estas manifestaciones son profundamente importantes para la salud de las ecologías políticas de las que nosotros formamos parte (pág. 232).

El esfuerzo reflexivo que se realiza en este libro para reconocer las materialidades no-humanas como participantes de una ecología política expone la preocupación del materialismo vital por indagar en formas más efectivas y sustentables de vincularnos con la materia. En este sentido, Bennett se pregunta si el ambientalismo es al día de hoy el modo más convincente para cuestionar la ecuación entre prosperidad y consumo, para construir economías políticas más sustentables al interior o en las adyacencias del capitalismo global. La autora nos recuerda que el ambientalismo considera a los animales, las plantas, los minerales, los no-humanos en general, como un medioambiente pasivo o bien como un contexto para la acción humana. Mientras tanto, el materialismo vital considera a los cuerpos humanos y no-humanos como parte del ensamblaje de actantes. El ambientalismo reclama por la protección y el manejo racional del ecosistema, al tiempo que el materialismo vital postula que debemos vincularnos más estratégicamente entre las distintas materialidades que formamos parte del ecosistema en tanto orden político.

En este sentido, Bennett destaca tres posibles ventajas del discurso del materialismo vital sobre el discurso del ambientalismo. En primer lugar, materialidad es un término que puede aplicarse tanto a humanos como a no-humanos, es una rúbrica que tiende a horizontalizar las relaciones entre unos y otros y que, de este modo, ayuda a prestar más atención a los complejos entrelazamientos que se generan en estos ensamblajes. En segundo lugar, la idea de una materia vibrante, viva, nos permite tomar distancia de la idea de la naturaleza como un proceso intencional y armónico y, al mismo tiempo, como un mecanismo ciego, con lo cual el materialismo vital irrumpe en los modos de concebir la naturaleza, tanto en el organicismo teleológico como en el mecanicismo. En tercer lugar, el materialismo vital nos recuerda a los humanos que somos una diversidad de cuerpos; nuestra propia carne está habitada y constituida por diferentes cuerpos.


A modo de cierre

Este interés por modos de producción y consumo más sustentables en nombre del encuentro entre una diversidad de materialidades vitales (en lugar del cuidado del medioambiente), cuenta con una tradición vasta. Para quienes quieran seguir transitando esta línea, ahí están Freya Matheus, Bruno Latour, Donna Haraway, Karen Barad, Sarah Whatmore, Félix Guattari, entre otras autoras y autores que dialogan con el proyecto filosófico y político de Jane Bennett. Por eso es innegable que se trata de un texto con una cierta dificultad, que por momentos puede resultar un poco áspero, ya que se vale de conceptos teóricos complejos y está cargado de mucha teoría y reflexión filosófica.

Si bien podremos disfrutar más de este libro al contar con lecturas previas en el campo de la Filosofía y la Ciencia Política, no hay que desesperar y abandonar la lectura por no ser una persona especializada en estas áreas del conocimiento. Bennett, como buena profesora, nos ayuda a comprender los conceptos clave para adentrarnos en el materialismo vital y, como ya mencioné, los ilustra magistralmente a través de sus experimentos teóricos. Y también nos regala muchos apartados para atesorar y leer una y otra vez, como el Credo Niceno para quienes aspiran a adherir al materialismo vital, con el que cierra este libro:

Creo en una materia-energía, la creadora de las cosas visibles e invisibles. Creo que este pluriverso está atravesado por heterogeneidades que están continuamente haciendo cosas. Creo que está mal negarle la vitalidad a los cuerpos, fuerzas y formas no-humanas, y que una prudente dosis de antropomorfización puede ayudar a mostrar esa vitalidad, aun cuando esta se resista a ser traducida por completo y exceda mi capacidad de comprensión. Creo que los encuentros con la materia viva pueden corregir mis fantasías de dominio humano, destacar la materialidad común a todo lo que existe, revelar una distribución más amplia de la agencia y darle una nueva forma al yo y a sus intereses. (pág. 257).

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