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Leé un avance de «Apuntes», de Roberto Appratto

Por Roberto Appratto / Viernes 14 de junio de 2024
Portada de «Apuntes», de Roberto Appratto (Criatura Editora, 2024). Ilustración: Dani Scharf.

Compartimos las primeras páginas de Apuntes, de Roberto Appratto (1950), novedad de Criatura Editora. No hay intención moralizante en estas páginas, sino una ética, un llamado: «Lo que queda después de la pérdida son palabras que conozco muy bien, pero no me dicen nada, explosiones circunstanciales que tratan de volver a un centro, al del escritor que quiere seguir a pesar de todo». 

Parte uno. La escritura invisible


Lo que se ve nunca coincide con lo que se dice.

Gilles Deleuze


1

La situación es esta: quiero escribir, pero quedo trancado por la misma idea que me deslumbró, que me hizo pensar que tenía que escribir algo. La idea, alguna cualidad de la idea, es más grande que el hecho de escribir, lo hace parecer imposible por el momento; el texto no respira. Eso que vi, leí o recordé generó un zumbido interior sin palabras, las palabras no alcanzan. El intento de hacer las cosas bien, al menos cerca de la voz que reconoce en lo que le gusta, en lo que puede ser mejor que todo lo que escribí hasta ahora, se frena en seco.

Entonces siento que las cosas se desvanecen como si nunca hubieran estado, como un sueño que se recuerda apenas por la mención de algunas imágenes, que también desaparecen. La idea de escribir es un proyecto diferido hasta que la memoria de ese estímulo reaparezca por sus propios medios. Por eso trato de no repetirme, de advertir la llegada de signos que ya cubrieron, en su momento, el espacio vacío de una línea. Lo que queda después de la pérdida son palabras que conozco muy bien, pero no me dicen nada, explosiones circunstanciales que tratan de volver a un centro, al del escritor que quiere seguir a pesar de todo. Pero si miro bien, por detrás de ese movimiento hay un silencio profundo, no puedo escribir. Ese momento de gracia que estaba esperando se ha transformado en uno cualquiera; la escritura ha vuelto a su barro original de frases hechas con un sonido falso.

La acción general, impersonal, de ponerse a escribir con una familiaridad aprendida con el papel y la lapicera o con el teclado de la computadora no solo no alcanza, ni cerca, a dar el tono de lo que se me había ocurrido, sino que amenaza con producir monstruos verbales, parecidos a algunos con los que me he encontrado varias veces en los últimos años. Me van pasando frases por la cabeza y las descarto, una por una.


2

Pero ese es solo uno de los problemas. Imagino qué forma podría tener eso que no escribí y que se acumula junto a otros papeles similares que encuentro en una carpeta, al dorso de otras anotaciones, a mano, con una letra que apenas reconozco. Llegué a redactar al menos un par de párrafos en diferentes capas de pasado y ahora, salvados de la basura, están reducidos a la condición de resto involuntario. ¿Fue por esa forma imaginada que descarté esos restos? ¿Por qué, al no poder hacer nada, eché por la borda lo que supuestamente quería decir? Hay, sea como sea, un ideal de por medio, algo que tiene que ver con lo que quiero escribir, no esa vez ni aquella, sino siempre, una potencia que va más allá del formato que elija —prosa, poesía, ensayo, anotación, crítica, suposición de crítica, borrador de poema—, arrastrado por palabras inútiles y forzadas.

Los borradores, que nunca se pasaron en limpio, son la prueba de la sabiduría de su abandono. Si los releo, si simplemente paso por ahí un instante, veo los signos de la aspiración a otra cosa, a lo que podría valer la pena. Los signos confluyen en una imagen del pensamiento entero que está detrás de la mísera idea particular que apareció y que hizo creer que era posible escribir. Veo signos diseminados, distintos grados de balbuceo y torpeza y, por detrás, si tengo la paciencia suficiente, si tengo la memoria suficiente como para reconstruir las escenas, veo un patrón del fracaso. Ahí hay, se pueden ver, muchas cosas al mismo tiempo: cosas humanas, literarias, de conducta, políticas, éticas, que se juntan y en determinado momento producen un hervor, un hilito único, una hebra de sentimiento que presiono para que salga un texto.

No está escrito, pero lo veo pasar y disolverse en el aire: imágenes de textos ajenos, versos, situaciones aisladas, toda una lista de ejemplos indudables de buena escritura, faros que se levantan desde el fondo para llamarme a escribir para cumplir; cuestión de ética más que de estética. Pero cuando lo intento de verdad, el fervor se va. Dejé todos esos intentos como cadáveres en el campo de batalla, como indicios de un pasado perdido que me obsesiona.


3

No es individual, no es culpa del pasado, de mi biografía, ni siquiera de mi falta de imaginación: la incapacidad está en la impersonalidad, en mi manera ridícula de aplicar fórmulas. En otros momentos, sin saberlo, el oficio me engañó, me enredó en la idea de poder. Ahora me convenzo de que aquello que se desea, lo que salta por encima de los juegos verbales, la intuición a la que voy, emocionado, no se puede decir. El texto no se deja ver. Puedo llegar a sentir cierta familiaridad con el asunto, con la historia, con la coincidencia de líneas que cada tanto reaparece como problema, como índice de belleza, pero por el momento acepto el fracaso del plan: es la escritura lo que falla.

A lo mejor está mal planteado. La situación es un punto alrededor del cual se puede ver el resto de su circunstancia, su complejidad, su fuerza, todo lo que no es escritura. Hay una energía en contra, la misma que me llevó ahí, que no me deja escribir. En ese vacío hablan unas voces espectrales que quieren ser convincentes, pero se complican con la redacción. Hago un gesto con la mano que significa que lo dejo para más tarde.


4

Es una historia conocida. En ese hueco se precipita lo que uno cree que sabe, una tendencia a ciertos temas, un tono que ya no ve porque se ha ido del lugar del hecho, con displicencia falsa, para hacer otras cosas. Si me pusiera a reescribir esos papeles abandonados, vería eso, pero detenido en una escena; sería una arqueología inútil. Eso que quise hacer, como lo de ahora, es la corrección estética de un vacío, un terreno seco que amenaza con expandirse. Lo mejor es el silencio. Esos textos fracasados, dispersos, olvidados son la prueba de que el oficio no lo arregla todo, solo devuelve una imagen de uno mismo en pedazos que prefiero no mirar.

Sucede, a veces, que sale algo bueno. Es casi un milagro. Uno piensa que las cosas son así, o están así, y de inmediato endereza la mirada, se mueve, respira y puede ser, solo puede ser, que se obtenga esa gracia, que raramente dura. «Escribir», me digo unas horas más tarde, es recuperar ese espacio, juntar una cosa con otra, acordarse de lo que se quería escribir y comportarse de manera coherente con uno mismo. Se me ocurre algo nuevo, pero resisto la tentación de volver, en realidad no es nada nuevo, ya lo hice, es un espejismo.

Sin embargo, el aspecto de todo eso, lo que tiene de espectáculo, me gusta.


5

En la trivialidad de los borradores, de la cocina del escritor, en la sinceridad de la confesión de un fracaso, miro fijo esos papeles y sé que algunas veces he intentado aumentar el número de páginas o de líneas de un texto para darle seriedad, para que no me sea tan fácil abandonarlo. Los fracasos iluminan las miserias por detrás de los errores. Por ejemplo, la ilusión de grandeza, la obsesión por mezclar texto con idea del mundo, una utopía que se mantiene hasta el siguiente intento. Una preocupación, un pensamiento sin forma, sin formulación verbal, cuando no hay palabras ni frases, pero sí ilusión del impacto en la página, que de pronto se pierde. Uno creía que era un gesto épico que tenía que terminar bien, pero era solo un desorden mental. Ahora, ya de noche, he decidido no volver a revisar nada; ya sé que el poema que debería haber salido a consecuencia del impacto de las ideas como imágenes o sonidos —o como la forma que adquiere una experiencia cuando sale de sí misma para ser escrita— es algo en lo que no creo porque, en el camino, perdió su fuerza.

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Apuntes se presenta el próximo 3 de julio, a las 21 hs en Escaramuza. Roberto Appratto conversará con Leonardo de León y Martín Arocena.



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